Sigo en la sombra de tus pasos el fuego de tu rostro. Tan solo encuentro en el crepúsculo de tus ojos mi soledad reflejada en mil pedazos
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jueves, 17 de marzo de 2011

El Volcán Paricutín

El Paricutín, hizo erupción en 1943, hace 68 años, cuando yo apenas tenía 10 años. En la casa de Corregidora alcanzamos a sentir los movimientos telúricos, y todo Morelia se cubrió con un manto de cenizas.

Hay evidencias de que por las noches las erupciones del Paricutín eran dignas de verse, que era un espectáculo maravilloso. Muy probablemente, don Alfredo, llevó turistas al volcán, ya que en ese tiempo residía en Pátzcuaro y trabajaba en el hotel Posada de Don Vasco.

La primera vez que hice el intento de visitarlo (el Paricutín), fue con ustedes. Por cierto, cagué la chamarra perdiéndolos. ¡Qué mala pata!

Parece ser que en la casa de mis abuelos nadie lo fue a ver, pues los recursos económicos eran escasos. Las carreteras eran muy peligrosas: angostas, de dos carriles y con algunos puentes angostos. Pero desde luego en 1943 había mucho menos tránsito.

Por ejemplo, para ir al Paricutrín, desde Morelia, la ruta obligada era por Quiroga, Chupícuaro, Santa fe de la Laguna, las curvas muy peligrosas para llegar a Matugeo, Tiríndaro, Comanja, Naranja y Zacapu. A unos cuántos km de Zacapu, se ubica Carapan, de allí se entronca hacia los pueblos de la Meseta Tarasca: Cherán Aranza y Paracho. Y, como a 20 kilómetros de Paracho, rumbo a Uruapan, está la desviación a San Lorenzo.

A pocos km de San Lorenzo, se topa uno con Angahuan, pues a mano izquierda, a escasos 10 km está el volcán, y, un poco más allá, las ruinas, entre enormes piedras de lava, de San Juan Parangaricutiro. Entre las ruinas del templo y Angahuan, se sitúa el volcán.

El volcán Paricutín reventó en la parcela de un indígena de apellido Pulido, vecino de la aldea Paricutín. Esta aldea desapareció, pues la lava la cubrió por completo

Ahora este volcán está apagado.

*-*-*-*-*

Mi querida prima, Rosa Elena, me proporcionó la lista de las personas que fuimos al paseo del volcán, muy probablemente en el año del Señor de 1969, hace casi 42 años. Gracias, prima.

Bustos:

Ramón, Luis *y su hijo Salvador.

Ybarra:

Don Alfredo, Guille, Rosa, Clara, Fanny, Paty, Adriana, Hugo y el perro Apolo.

Osornio:

Margarita, Pedro, Ramón, May, Margarita, Adrián, Lulú y Daniel.

Salgado:

Laura, Laurita y Meche.

Bravo:

María, Roberto, y un encanto de niña llamada Judy.

Contreras

Amalia, Ramón, Silvia, Chito y Rosa Elena. (¿Yolanda, Victor y Pepe?)

Montaño:

Rosita, Ruth, Carlos, Chali y yo.

*Salvador, era un tipo muy especial, no les exagero, pero desde niño su madre lo vestía de traje y corbata. Se aficionó a la guitarra a los 14 años, según él. Salvador, siempre andaba elegantemente vestido, dormía con el traje y la corbata, pero, que yo sepa, nunca se bañó, pues repudiaba la regadera. Me cai.

La guitarra estaba muy sucia.

Salvador era extravertido, talentoso y bien parecido, pero le sudaban las manos. Sus máximos logros, según él, fueron los de trabajar como extra en varios programas de Televicentro.

Tocaba bien la guitarra, sabía muchas canciones y era entonado.

En una ocasión que llegó de México en el tren de las diez de la mañana, me fue a visitar a mi despacho, dándose el siguiente diálogo:

-Tío, Rogelio, aquí me tiene otra vez, vine a saludarlo, acabo de llegar de México.

-Ah, gracias, Salvador. Pues en qué te viniste.

-En el tren, tío; acabo de llegar, me vine a pie desde la estación, me sirve de ejercicio. A los pasajeros de Segunda Clase les vine cantando algunas canciones y me daban mi propinita; casi no he dormido, tío. Una señora me regaló una torta de huevo con frijolitos y una coca. Las propinas me sirven para comer y para regresarme a México, porque mi mamá, cuando viajo, siempre se queda con pendiente la pobrecilla.

-Salvador, te espero a comer en la casa.

-Sí, tío, muchas gracias, pero antes déjeme cantarle ópera, la canción se llama La Dona Inmovible. Me la sé en italiano, tío.

-No, Salvador, mejor en la casa me la cantas, porque aquí hay más oficinas y se pueden molestar.

-Ándele pues, tío, allá se la canto. ¿Me puede dejar dormir un ratito en su casa?

-Sí, Salvador, nomás déjame darte un recadito para mi señora.

-Gracias, tío. Ah, tío, póngale ahí que me dé un taco, porque ando ladrando de hambre.

Salvador me comentaba que en México tenía un benefactor, llamado don Agapito Melorques, que siempre fue muy dadivoso con él.

Seguido nos visitaba en la casa, ya hasta mis hijos lo conocían. Pero de repente se nos desapareció. Si es que ya murió, que en paz descanse.

*No sé quién le enjaretó, a este inocente, el mote de “Fuchimán”, pero una cosa sí les digo, el apodito le quedó al puro chingadazo, me cai.

*-*-*-*-*

De Morelia, en la madrugada, todos, menos nosotros, viajaron a Los Reyes para visitar a la familia que aún teníamos allá. De regreso llegaron a Uruapan con nosotros.

Estuvimos muy contentos en la casa echando relajo y cantando. No les ofrecimos de comer, porque ya habían comido. Nos fotografiaron en la puerta de la casa. A Ramón se le ocurrió preguntarle a Roberto Bravo, que era el propietario del camión urbano, lo siguiente:

-¿A dónde nos vas a llevar de paseo mañana, tú Roberto?

-A donde ustedes me digan, don Ramón.

Roberto era lo contrario de Salvador, introvertido, pero excelente doncel. Con María formaban una pareja mucho muy bonita; y si a esto le agregamos que Dios los bendijo con Judi-la-lo-ca, pues se acabaló el hermoso cuadro.

-Vamos al volcán –a coro:

-¡Sí, al volcán, vamos al volcán! –En ese instante hagan de cuenta que me cayó un rayo en seco, pues yo no conocía la ruta para ir al méndigo volcán.

Ramón me preguntó:

-¿Sabes el camino?

-Sí, Ramón, es rumbo a Zirosto, como quien va a Peribán –irresponsablemente agregué-. La desviación a San Lorenzo está aquí cerquita, antes de llegar a Capacuaro.

Como les dije al principio, yo jamás había ido al volcán y no sabía que de la desviación hasta Los Reyes ¡¡¡era pura brecha!!! De manera que me aventé como el gorras, de culo y a lo pendejo. Ahí estuvo la falla.

Al siguiente día, que no sé en dónde pasaron la noche más de 30 personas, llegaron como a las 11. Rosita ya les tenía lista una canasta de taquitos y unas tortas de jamón, de queso amarillo y queso de puerco; se compraron refrescos y todo lo necesario para el paseo. A Margarita y su prole, Rosita les hizo Chilpachole de jaiba… jajajajaja.

Justo es reconocer que, Roberto, manejaba muy bien y era muy precavido, para tranquilidad de nosotros.

Llegó el momento de mi prueba suprema. Yo pensé: por ay preguntamos.

Cogimos la carretera que va a Paracho. Antes de Capacuaro, está la desviación al volcán. Estábamos a unas cuantas horas de conocer nuestra triste realidad, jeje, y de llevarme la rechifla de mi vida. Como es lógico, todos íbamos muy quitados de la pena: unos cantando, otros riendo, los más contando chistes y plantillas, los niños payaseando “u” peleando, en fin, era un grupo familiar de paseo en fin de semana.

A los pocos minutos de recorrer la carretera, por fin llegamos a la desviación, sí, a la que va hasta Cotija, pasando por Peribán y Los Reyes. Cuando de repente vi con justo espanto, que la carretera no era carretera, sino pura pinche brecha: ¡Ay, en la madre! -Dije para mí-, Ramón me va a echar la aburridora. Me asusté tanto que, les juro, me comenzó a palpitar el jundillo, ya que a Angahuan, eran como 60 km, es decir, como de Morelia a Pátzcuaro. Que sea lo que Dios diga –pensé.

Pasamos San Lorenzo, sus bosques tupidos de pinos y encinos y sus huertas de aguacates inmensas. Pero yo iba con el pendiente de que a qué horas íbamos a ver el volcán. Alguien por ahí, gritó:

-Que cante Ramón.

Todos a coro exigieron- ¡Sí, que cante!

Éste se hizo del rogar, pero como iba muy contento, ajeno por completo al berrinche que le iba a propinar sin querer, aceptó, informándonos:

-Voy a cantarles, pues; una canción de Lorenzo Barcelata: María Elena, a ver si todavía me acuerdo de la letra. Pero si yo no sé cantar a capela, ¡cómo quieren que se las cante!.

-Sí, Monchi, cántanos ésa.

Ramón estaba que ni los peditos le olían, estaba en sus meros tejocotes, tenía 56 años, y le quedaban por vivir, 36.

Quiero cantarte, mujer, mi más hermosa canción, porque eres tú mi querer, reina de mi corazón; no me abandones, mi bien, porque eres tú mi querer…

La cantó tan bien, que todos le aplaudimos… hasta Luis.

Llegamos a Angahuan y ni madre de volcán. ¡Qué pinche preocupación!

Este pueblo era un rancho (Angahuan). Ahora hay unas cabañas para rentar, de absoluta poca madre, y lo que es “pior”, las rentan a 500 pesos, ¿en coperacha? ¡Baratísimo!

El volcán no se ve de ningún lado, está cerca del Parque Nacional del Cerro de Tancítaro, pero en 1969, que realizamos el paseo, yo no lo sabía.

Unos se bajaron a hacer sus necesidades, otros a comprar cigarros, y los niños a comprar golosinas; Rosita y yo nos bajamos a estirar las piernas, pues la tirada por la brecha había sido muy sangoloteada. Por increíble que parezca, a ninguno se nos ocurrió preguntar en dónde estaba el puto volcán, y nos seguimos de frente hasta Zirosto.

Si alguno de nosotros discurre preguntarle a la guarecita de la tiendita, nos hubiera informado de la desviación al volcán, y yo me hubiera salvado de la méndiga rechifla. Pero bien dicen por ahí que pa pendejo no se estudia, nomás crecen.

Ramón, con justicia molesto, me preguntó:

-¡Pos en dónde está el volcán, condenado, Rogelio!

-Ya mero llegamos, Ramón.

-¡¿Sabes o no sabes en dónde está?!

Y yo seguía aguantando vara. Le contesté:

-Cerca de Zirosto. –Yo con la esperanza de ver el volcán desde la brecha, pero ni maíz paloma.

A las claras vi que la familia ya se me estaba alborotando. Ya íbamos hacia Peribán y no aparecía el re méndigo volcán.

Pasamos Zirosto sin darnos cuenta, porque era una aldehuela esparcida en las faldas de una loma. Ya teníamos caminando por la brecha más de 3 horas.

En eso vimos una indita y un indito arreando una recua de mulas con leña. Roberto abrió la puerta y les pregunto (para esto que les cuento, ya iban a dar las 3 de la tarde, y la tripa ya estaba con harta hambrosia):

-¿En dónde queda el volcán Paricutín?

-¡Uy patroncito, ya se pasaron reti harto. La desviación les queda hasta Angahuan!

¡¡¡Trágame tierra!!! Me empezaron a dar vahídos con sudores y temblorinas. No me la acabé con Ramón, me sermoneó hasta el cansancio. Todos en bola me vituperaron hasta decir basta.

Sin compadecerse de mi situación, alguien gritó por ahí:

-¡¿Quieren a Rogelio?!

Todos a coro:

¡¡¡No, denle pamba con picahielo!!!

Con todo el dolor de mi corazón, nos tuvimos qué regresar y, para acabarla de amolar (la subieron al tapanco), ya estaba cayendo la tarde. Tragamos de carrerita. Todos jetones.

A todos nos entró el desánimo, estábamos apachurrados, ya no se escuchaban canciones, plantillas, ni nada, sólo algunas risas y comentarios adversos hacia mi lastimada persona. Reclamaban cuchichiando que qué pendejo era, que cómo se me había ocurrido traernos sin saber el camino, que me iban a aplicar la ley del hielo, que a la buena si nos perdíamos por esos andurriales y nos desviábamos a otra parte etc., y yo… nomás escuchando.

No entiendo por qué, pero empecé a alucinar; pero aún consciente estaba orinándome de la risa.

Acostado en el hombro de Rosita, en mis tontos desvaríos, alcancé a ver que una señora de bello rostro blanco coco, de pelo negro endrino, de ojos grandes ligeramente rasgados, de cejas arqueadas, de senos turgentes pa beber, de cuerpo esbelto torneado, se acercaba a mí cantoneándose y reprendiéndome:

-Rocher, no mames, hay leche en polvo.

-Má, pos esta pinche vieja de dónde salió, hora sí que pos má.

En eso, Rosita me despertó con un codazo en el costado, para decirme que ya habíamos pasado San Lorenzo.

Al entroncar con la carretera que va a Uruapan, todos respiramos relajándonos. Al poco rato estábamos en la casa, indemnes. Y comenzó el relajo. No sé cómo, pero cenamos.

Al siguiente día, domingo, los llevé a comer y a nadar al arroyo de Barranca Honda, que está un poco después de Oropóndiro. En ese pueblito, ya de Tierra Caliente, hay un restaurante típico, allí comía Don Lázaro y su comitiva.

Ahí sirven un mole de gallina de rechupete, unas tostadas en los fogones para los frijoles con adobera y chilito de molcajete… de pocas tuercas.

Pues, enseguida de este pueblito, está Barranca Honda.

Al bode de la barranca, carretera de por medio, estaba una tiendita, los dueños, una pareja como de 50 años, don Elías y doña Carmelita, eran mis amigos, ya que seguido los visitaba con mi familia; comíamos a la sombra de un guayabo y un verde mezquite. Después de comer, nos bajábamos al arroyo a nadar, a refrescarnos del calorón. En la nochecita, ya medios pedos Rosita y yo, subía a mis muchachitos a la camioneta, y a trepar las curvas de la Tzararáracua.

Pues a ese arroyo los llevé. Creo que con ese paseo me purifiqué. Ramón, de traje y corbata, con rezongos y toda la cosa, bajó al arroyo, sentándose en una piedra boloncha muy grande y, yo le dije:

-Métete, Ramón, el agua está muy rica. –A lo que me replicó:

-¡Chocas, no estoy loco! ¡Y no me tienes tan contento, infeliz!

Bendito sea Dios que convivimos con nuestros ancestros, que en las buenas y en las malas probamos el pan y la sal en santa paz con ellos, que jamás les faltamos el respeto, no, Dios guarde la hora, y, lo más importante, que los quisimos entrañablemente. Cada uno tenía su carácter, su personalidad y sus altas y bajas; pero, díganme ustedes por el amor de Dios, quién no las tiene. Yo tuve la dicha de conocerlos a todos y me consta que eran gente educada, respetuosa con sus padres y afectuosa con sus hermanos. Don Alfredo se incrustó en la casa de mis abuelos por sus propios méritos, les puedo decir que era muy estimado en la familia de los Bustos.

Guille y don Alfredo vivieron un romance como de película, yo nunca los vi tener discusiones violentas.

A los dos los quise muchísimo, frecuentemente los visitaba, a veces me quedaba a comer con ellos, jamás los dejé de invitar a las fiestas de La Quinta Chingada. Para mí era un lujo tener a Ramón, Amalia, don Alfredo y a Guille. Me esmeraba en atenderlos.

Nacho y yo les cantábamos una canción que dice:

Cuando estás lejos de mí, me acuerdo de titiriti (en do), cuando estás lejos de mí yo me acuerdo de titiriti (en re), cuando estás lejos de mí, me acuerdo de titiriti (en mi); y como ya no la alcanzábamos en el tono de fa, comenzaban las carcajadas y los reclamos de la concurrencia.

También les cantábamos ésta, pero ahora sí en serio:

Nunca, nuca, nunca pensé que me amaras cómo iba a pensarlo, tan pobre que soy, cómo iba a pensarlo si eres tan bonita, si eres tan hermosa, si eres tan gentil…

No cabe duda, las horas felices se fueron para no volver, la dicha de ser ha pasado, cosas del ayer, quisiera tenerte, volver a quererte…

Rogelio Montaño Bustos.

Morelia, Mich., a 10 de marzo de 2011.