miércoles, 24 de junio de 2009
martes, 16 de junio de 2009
Machu Pichu
El recorrido del tren es maravilloso. Para salir de la ciudad de Cusco, discurre por barrios muy pobres y laderas muy empinadas, a tal grado, que algunos nativos lo abordan cuando el tren va caminando, así es de lenta la subida.
Una vez sorteados estos obstáculos, el pequeño tren coge velocidad, siempre moderada. Se aprecian pequeñas aldehuelas asentadas en suaves y frías laderas, y el trenecito comienza a correr a la vera de un riachuelo cristalino y hondo que nace en la Cordillera Oriental.
Dos horas más tarde, llegamos a la estación Quillabamba que está en la planicie, pero el tren no entra a la población. La gente se nos acerca en tropel, ofreciéndonos comida, choclo (elote) y prendas de vestir.
Las
mujeres visten ropas típicas, sombreros tejidos y enaguas vistosas de la región; y, los hombres, se destacan por sus gorros de lana tejidos con dos agujas, y enormes orejeras.
Conforme el trenecito sale de Quillabamba y se acerca a la estación de Machu Picchu (montaña alta), que pertenece al departamento de Cusco, el riachuelo de aguas frías y cristalinas se va convirtiendo, como por arte de magia, en un río angosto, caudaloso, embravecido y con rocas enormes en su cauce. Pienso que es el deleite de los deportistas del remo y el cayac.
Llegamos a la estación de Machu Picchu a eso de las 11:00. La estación es un bullicio de gente, fonditas y negocios de curiosidades diversas. No alcanzamos a comprar nada, porque el cobrador del autobús nos estaba andaleando para abordar el vehículo y comenzar a ascender la muy sinuosa terracería, hasta el restaurante aledaño a las ruinas.
En el restaurante internacional, nos ofrecieron un coctel de bienvenida: Pisco sauer, cacahuates, galletas embarradas de jamón endiablado y nueces. La señorita aprovechó para repartirnos la carta de la comida, todo carísimo.
Luego del refrigerio, caminamos hacia las ruinas, en un entorno de montañas de ensueño. Nos acercamos al borde del precipicio, como de 500 metros de altura y contemplamos el río Urubamba que desemboca en el río Negro que es tributario del río Amazonas, muy cerca de la ciudad de Manaus, Brasil.
Yo estaba feliz tomando fotos a los torreones, los observatorios y el reloj solar. Caminamos por las calles en medio de bardas con piedras encimadas como en la ciudad de Cusco. Olvidaba decir que la ciudad de Machu Picchu fue descubierta, en 1911, por el aventurero inglés (¿norteamericano?), Hiram Bingham.
Realmente maravilla la arquitectura de Machu Picchu, pues está dotado de acueductos y plazuelas, todo muy bien alineado. Pero lo que realmente fascina, es el entorno del cañón del Urubamba. Los Incas no pudieron escoger un lugar más encantador.
Corrimos con suerte porque el día fue muy soleado y no se presentó la neblina que lo oscurece todo.
La meseta en donde se erige la ciudad de Machu Picchu no es muy grande, puesto que la recorrimos, mi señora y yo, casi toda, sin sentir los estragos de la altura.
Este viaje lo hicimos en el año de 1980. Yo andaba en mis meros tejocotes, pues estaba por cumplir 47 años.
No comimos en el restaurante, nos esperamos a que bajara el autobús, para comer en las fonditas de la estación: mi cheve, sopa de arroz con salsa, carne seca asada y de postre, duraznos en almíbar. Todo, por el equivalente a 6 dolarucos, las dos comidas.
El trenecito llegó puntual de la población de Urubamba. Esta vez sí se llenaron los tres vagones. Llegamos a Cusco en medio de una lluvia pertinaz. El taxista nos condujo hasta el portal, para tomarnos nuestro cafecito con una copa de brandy.
Una combi va a pasar por nosotros a las 6 de la mañana, para ir al aeropuerto, pues tenemos reservado el vuelo para Buenos Aires, Argentina.
Con honda nostalgia dejamos Perú. Fue una experiencia maravillosa.
Rogelio Montaño
viernes, 17 de octubre de 2008
Machu Pichu



Entonces en la escala de la tierra he subido entre
Alta ciudad de piedras escalares,
Madre de piedra, espuma de los cóndores.
Alto arrecife de la aurora humana.
Pala perdida en la primera arena.
Aquí la hebra dorada salió de la vicuña
Aquí los pies del hombre descansaron de noche
Miro las vestiduras y las manos,
Y el aire entró con dedos
Pablo Neruda
Del Canto General, 1950

