Carmelita Chávez de Barrera, qepd, reprendía a su hijo, Sergio, mi gran amigo, de esta manera:
-Nomás andas de vago, ni de la escuela te acuerdas.
-No, mamá, no ando de vago –le contestaba Sergio-, ando con Rogelio.
Bonita cosa, y Rogelio quién es, si no un vago como tú.
Con mi caro amigo, Sergio, tenemos 70 años de amistad. Es un titipuchal de años, ni cómo negarlo, porque primero hay que vivirlos… para después presumirlos. ¿O qué? ¿Es así? ¡Sí, así merito es!
No sé si por causa de mis vagancias me convertí en un viajero empedernido, pero les aseguro que no me arrepiento, esas experiencias me las llevo a ultratumba, pues mis caminos fueron tan diversos que, Gracias a Dios, jamás tuve qué lamentar ningún accidente.
Mi primer viaje en tren, siendo apenas un niño de 2 años, lo hice de México a Morelia, a la casa de mis abuelos, en donde los primeros 14 años los viví con la familia Bustos de recuerdos mucho muy gratos. En esa familia éramos 11.
*-*-*-*-*
Yo tendría como 6 años, cuando con mi mamá Chucha, Ramón, Rodolfo, Laura y yo viajamos al aserradero, a la cabaña de la familia Solorio.
He aquí el singular itinerario:
De Morelia, en tren, por los llanos y las canteras que van rodeando el cerro del Águila, en poco más de una hora nos bajamos del tren en la estación Tiripetío, un caserío apenas. No supe si ya estaba la Normal de Maestros, pero sí la Universidad de San Nicolás de Hidalgo.
En seguida tuvimos que esperar la llegada de la flecha para abordarla con dirección hacia Villa Madero, un pueblo ya más en forma. En el trayecto pasamos por Acuitzio del Canje, una aldehuela amontonada al pie de la sierra. De allí en adelante valles y montañas, pinos, encinos y cedros formaban bosques inmensos y estupendos.


Dos horas después, llegamos al pueblo de Villa Madero, como no habían llegado los arrieros que nos iban a llevar al aserradero a lomo de caballo, mi mamá Chucha, Laura y yo, entramos al templo a rezar un padre nuestro y un ave María. Al salir Ramón reprendió a mi mamá de esta manera:
-¡Ándale, mujer, pos qué tanto rezan! Los arrieros ya tienen rato esperándolos.
Mi mamá le contestó:
-Debiste mandar a Rodolfo por nosotros, el templo está muy bonito.
-Trépense ya a los caballos y deja de estar alegando.
Al llegar a la casa de nuestros anfitriones, molidos por las andaduras de los caballos, nos recibieron con sincero cariño: don Gabriel Solorio y su señora esposa, doña Elenita, Chepa y una niña, un poco mayor que Laura, nieta del matrimonio. La niña se llamaba Ma. Antonia, pero de cariño le decían Toña.
Estábamos ante la presencia de una familia, cuya amistad con mis abuelos, se remontaba al siglo XIX.
Los otros hijos de don Gabriel: Antonio, Pancho y Salvador se encontraban trabajando en el aserradero.
Nos recibieron con gran alborozo. Chepa nos hizo carantoñas a Laura y a mí.
El mayor de los hijos del matrimonio, Jesús, trabajaba en México, y era el padre de Toña, nuestra amiguita.
La casa, toda de madera, se ubicaba justo al entrar a la arboleda tupida de pinos y cedros. De manera que la cabaña tenía un fondo natural extraordinario.
A mí me dieron de cenar frijoles, tortillas recalentadas, un vaso de leche y calabaza en tacha. Nos aluzábamos con dos o tres quinqués. A mi mamá Chucha y a mí, nos dejaron uno de los cuartos de arriba, con ventana y toda la cosa. Yo estaba muy sorprendido; pero el sueño me venció escuchando cantar a Ramón y a los muchachos que ya habían llegado del aserradero, canciones de aquella época: Noche de ronda, que triste pasas, qué triste cruzas, por mi balcón. Noche de ronda, cómo me hieres, cómo lastimas mi corazón… Allá tras de la montaña donde temprano se oculta el sol… Pobre del calaverón, ya se le acabó su fama, ya lo llevan a enterrar, el lunes por la mañana…
Nos levantamos muy de mañana a juntar bellotas y a almorzar. El almuerzo: un sope de frijolitos chinitos con tortilla, un vaso de leche, una rebanada de pan de rancho y un polvorón. El polvorón jamás lo olvidé, pues hasta la fecha lo compro en la panadería La Jarochita, de don Aurelio, qepd.

Sólo un día, Salvador y mi tío Rodolfo, nos llevaron a conocer el aserradero que, por cierto era muy importante para la región; pero acabó con gran parte de los bosques por causa de la tala inmoderada.

-Yo me quiero bañar en el arroyito –le exigía a mi mamá Chucha.
-No, Roge -me instruía Chepa-, esas aguas son caparrosas, te sale buche.
Al arroyo lo adornaban hartos árboles de tejocotes grandes y chapiados. Juntamos muchos para que Chepa nos hiciera conserva. Chepa vivió 100 años y murió en Uruapan.
-No se vayan muy lejos porque se pueden perder, además, hay muchos coyotes y los pueden morder. Ándense por aquí, por donde los podamos ver. Tú, Toña, no se vayan a desvalagar, ¿eh? Ten mucho cuidado con el niño.
A la niña le gustó nuestra compañía y a nosotros la de ella; por las tardes nos llevaba al bosque en donde veíamos ardillas, madrigueras, nidos, pájaros carpinteros, palomas moradas y, una vez, un conejito. Nuestra amistad con la niña, se fortalecía a medida que pasaba el tiempo. Cogíamos bellotas, piñas de los pinos y flores llamadas andanes. ¡La pura felicidad!
Tres fabulosos días pasamos con la encantadora familia Solorio. Yo quería quedarme allí a vivir, pero era imposible. Regresamos a Morelia con la nostalgia de no ver ya más a Toña.
Miren lo que es la vida: cuando fui Tesorero Municipal, me visitaba en la oficina Antonio, entonces sastre, en la última etapa del alcoholismo, pidiéndome dinero, seguro para beber. Nunca se lo negué y lo recibí en la oficina del Tesorero.
Al llegar a Uruapan, mientras encontraba casa para mi mamá y para mí, mientras tanto, para no pagar hotel o casa de huéspedes (yo fui a Uruapan, con 20 pesos diarios de sueldo), viví con don Gabriel, doña Elenita y Chepa. Lamentablemente, allí me enteré de la muerte de Toña, de parto. Créanme que me dolió en el alma su anticipado fallecimiento.
Yo no me explico cómo es que he durado tantísimos años, tan atrabancado como fui. A mi recordada amiguita, Toña, le he sobrevivido 52 años. Así es la vida de canija.
*-*-*-*-*
Toda la vida cargué con la pinta de vago y bien que me la merecía. No les sé decir por qué, pero desde niño me fascinaba (hipnotizaba) viajar.
Tendría como 8 o 9 años cuando, desde Corregidora 516, nos llevaron a Pátzcuaro a visitar a la familia de mi tía Guille. Recuerdo que, Esmeralda, empezaba a caminar y mi tía estaba esperando. Don Alfredo, que hablaba el inglés a la perfección, trabajaba en el hotel Posada de Don Vasco.
Yo estaba que se me quemaban las habas por conocer Pátzcuaro. Le preguntaba a la señorita Cecilia Salmerón, mi maestra en 4to. Año, de la escuela Esther Tapia qué tan lejos quedaba Pátzcuaro.
-Uh, Roge, queda muy lejos, como a 60 kilómetros de aquí. ¿Vas a ir?
-A ver si me llevan.
-¿Con quién vas?
-Con mi familia.
-Sí te van a llevar, ya verás.
Llegamos el Puerto del Tigre y sus peligrosas curvas; Quiroga sus ricas carnitas, chicharrón y sus artesanías, Patambicho, Tzintzuntzan , Zurumútaro y Pátzcuaro.Cogimos por Corregidora, pasamos la gloriosa escuela Esther Tapia. El Santo Niño, la Pila del Soldado, en la calle de Cuautla, la calle Michelena, la tienda de abarrotes Las Quince Letras, para entroncar con la Calle Real; de esta manera, pasamos la Garita de los 3 Puentes, hasta allí se terminaba Morelia. De modo que en lo que te lo cuento, ya estábamos en la carretera 15 con rumbo a La Quemada, San Juanito Itzícuaro, Capula e Iratzio con su quesos, crema y jocoque famosísimos; al lado izquierdo de este pueblo, majestuoso y boscoso: el cerro del Águila, que se mira desde Morelia.
La “playa” de Chupícuaro, no existía, estaba inundada.
Imagínense conocer el lago de Pátzcuaro en el año 1941 ó 42, hace casi 70 años, cuando el lago y sus alrededores rebuznaban de agua. Era realmente maravilloso.
Ramón, quisquilloso como siempre, en la comida entabló un diálogo con mi abuelo Ramón, de la siguiente manera:
-¿Quién los va a llevar?
-Gilberto Villanueva, papá, en la troca de la fábrica de refrescos La Polar. (Con mi padrino Gregorio, en esa fábrica, gané mi primer salario: 5 pesos a la semana).
-¿Maneja bien?
-No, qué bah, es muy loco, me dicen que cuando va a Atapaneo, agarra las curvas a 60. Pero yo me iré con él en la cabina para traérmelo a mecate corto.
-No se vayan a desbarrancar por ahí. Te advierto que para ese rumbo hay muchas curvas.
-No tengas pendiente, papá, yo lo voy a vigilar.
No me acuerdo las personas que fuimos a Pátzcuaro, creo que Tere Barragán, mi tía Margarita, aún soltera, Ramón, Gilberto, Mipor, Laura, dos o tres muchachos y yo.
Ramón iba cantando una canción que en ese tiempo estaba de moda: Ladrón de amores me llaman por robarme tu cariño, como un juguete que a un niño se le antojaba al pasar. Con él me robé sus besos y un rizo de sus cabellos, pero me he enredado en ellos y no me pude escapar.
Ésa misma canción yo la cantaba mucho, pues me gustaba el: tipitipitín, tipitín, tipitipitón, tipitón, todas las mañanas junto a su ventana canto esta canción.
Llegamos a Pátcuaro, subimos la calzada que es bellísima, pasamos la Posada de Don Vasco, llegamos a la plaza de Don Vasco de Quiroga, Ramón preguntó por la calle Ahumada. Mi tía Guille, cariñosa como siempre, nos recibió encantada y se mostró dispuesta a todo lo que Ramón dispusiera. Pero…
-Qué no vas a dar de comer, Guillerma.
-No me vengas con exigencias, porque vete al restaurante a comer pescado y caldo michi. Les hice un tambache de taquitos, sopa de arroz y carne de puerco con chile. Ándale caite con la coperacha.
-¡Estaba yo loco de remate!
Gilbrto nos llevó al Estribo, que se ubica a unos cuantos kms. de la plaza Vasco de Quiroga. Llegamos al cenador, construido todo de cemento, desde donde se aprecia el lago, la isla de Janitzio, Yunuen y Urandén. Una extraordinaria postal para presumir.

Para hacer hambre, a Ramón se le ocurrió la puntada de subir los escalones, como 300, hacia la cima de la montaña. Yo llegué con las piernas que me temblaban de cansancio, pero estaba feliz de admirar ese paisaje tan bonito: tupido de árboles en una sucesión de lomas hasta donde se perdía la vista, encinos, cedros y enormes y gruesos pinos.

La bajada también fue muy fatigosa; pero estaba presente la esperanza de la comida. Gilberto llevó los refrescos de la fábrica La Polar. Comimos muy a gusto. Cuando de repente nos amenazó una llovizna con sol y un arco iris hacia el lago, fabuloso. ¡Qué espectáculo, Dios mío!
Muchos años después, con mi familia y mis compadres de Mazatlán, subimos los escalones. ¡Oh decepción, los montes talados. ¡Qué horror!

Don Alfredo no nos pudo acompañar por exigencias de su trabajo. Lo saludamos en la puerta de su casa para regresar a Morelia. Como les llevo dicho, su casa está en la calle Ahumada, cerca de la plaza de Don Vasco de Quiroga, precisamente la calle que sube al santuario de Nuestra Señora de la Concepción.
Regresamos a Morelia pardeando la tarde, felices. Sin nada que enturbiara el paseo.
Esta fue la primera vez que conocí Pátzcuaro, es decir, en mi tercer viaje en mi vida.
Rogelio Montaño Bustos.
Morelia, Mich., a de 2011










































