Sigo en la sombra de tus pasos el fuego de tu rostro. Tan solo encuentro en el crepúsculo de tus ojos mi soledad reflejada en mil pedazos
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miércoles, 16 de marzo de 2011

Torito de Petate





Carnaval

Es el nombre del período de tres a cinco días que, para los católicos, precede al comienzo de la Cuaresma y, principalmente, el de la fiesta popular que se celebra en tales días, que consiste en bailes de máscaras, disfraces, comparsas y otros regocijos bulliciosos.

Algunos antropólogos han dicho que el Carnaval es una fiesta de inversión social, en la que los pobres se sienten ricos y los poderosos trabajan en esta fiesta al servicio de los habitantes de los barrios más pobres. De acuerdo con esta tesis, esta inversión funciona como una válvula de escape que alivia tensiones sociales y permite el mantenimiento del statu quo. Esto es particularmente verdadero en el Carnaval de Rio de Janeiro, donde no es raro ver un empresario o un diplomático empujando un carro alegórico, desde lo alto del cual un favelado saluda majestuosamente al público, vestido de emperador romano o de dios griego.

El origen de la fiesta se remonta, por lo menos, a las celebraciones orgiásticas que se realizaban en el Imperio romano en honor de Baco y de Saturno, conocidas como bacanales y saturnalias, respectivamente, pero aquí nos limitamos al origen de la palabra Carnaval, que se sitúa en la Edad Media en Italia, principalmente en Roma, Venecia, Florencia, Turín y Nápoles.

En español, Carnaval aparece ya en el diccionario de Nebrija, en el cual se define «Carnaval o carnes tollendas: carnis priuium 'privación de la carne'».

En cuanto al origen de la palabra, los autores coinciden en señalar la voz italiana carnevale, que proviene del antiguo carne levare 'quitar la carne' porque después del Carnaval los católicos inician el período de Cuaresma, cuarenta días durante los cuales no se come carne. Confirma este origen el sinónimo español carnestolendas, del latín tollere 'abandonar'. Actualmente, ha quedado descartada la seudoetimología fundada en el otro sentido de la palabra levare 'confortar', 'consolar', por la cual se había afirmado durante mucho tiempo que carnevale o carne levaresignificaba 'confortar al cuerpo para prepararlo para la austeridad de la Cuaresma'.

Yolanda


Rosa Elena dijo:

Para mi el carnaval significó una enorme alegría y un vuelco en el corazón, al escuchar a lo lejos el sonoro sonido de la tambora y su contagiosa musiquita del indefinible torito de petate; salíamos disparados Chito y yo a la calle para no perdérnoslo y alcanzar a acompañarlo unas cuantas calles. ¡Isabel generalmente ya venía incluída en la caravana!.

Esta peculiarísima ¿corrida de toros? incluía un delirante apache que, dicho sea de paso, un día se descubrirá que inspiró y dió origen nada menos que ¡al dadaísmo! Ahora que si se quiere entender lo que es el sincretismo de México, bastará un vistazo al momento del baile, en donde cualquier ritmo y pasos terminaban por conjugarse risiblemente: rock, twist, danzón de cachetito entre el apache y la maringuía (mari-guía); pero eso sí, en las mañanas, el torito era en aquellos tiempos clasificación A, pegaban solo el cachete, echando ridículamente todo el trasero hacia atrás ja ja.

El supuesto torito, con semejante barroquismo, solo era reconocible por los cuernos, ni a Disney se le ocurrió jamás semejante diseño.

Las mujeres, esposas o familia de los participantes, iban atrás de la banda, como buenas adelitas, con canastas de comida y alcohol para la caravana y por supuesto, vendiendo cascarones de confeti y harina. Hasta las gallinas contribuían con los cascarones con este descuajirrongue que se armaba en el barrio, digno de un cuento de Borola.

Si el torito era muy bueno, la caravana que le seguía podía ser enorme, los de Tarímbaro eran toros enormes y muy celebrados. Todo torito que se preciara de bueno y que incluyera un apache desmadroso, incluia a un titipuchal de escuincles, que los seguíamos y contribuíamos con los cascaronazos y gritos de horror cuando el méndigo apache, en su baile, se acercaba sudoroso a nosotros y con su horrenda rata en la boca ¡nos jalaba para sacarnos a bailar o , por lo menos, amenazarnos con su arco y flecha! Vaya contribución al jolgorio.

De tan absurda, alucinante, espontánea y alegre, esta celebración terminaba por tornarse maravillosamente inocente, risible y feliz. Hermosos y entrañables recuerdos conservo de Chito e Isabel, la cual, para variar, se atrevía a seguirlo más allá del tiempo y distancia reglamentaria, ja ja.

Ay Isabel, ¡vas a ver con mi mamaaaá!. ¿Me alcanzaría a escuchar?

martes, 23 de septiembre de 2008

Por qué me corrieron

El día que subí solo a llamar la misa de ocho, me trepé por la escalera al segundo piso, la vista de la ciudad, desde mero arriba, era sensacional.

No puedo explicar por qué hice lo que enseguida relato. Pero ahora sé que fue un atrevimiento que me pudo costar la vida. Iba de ventana en ventana, dentro de la torre, mirando hacia los cuatro puntos cardinales la bella ciudad de Morelia, siempre con la mirada atenta y penetrante de un tecolote acurrucado en una viga. Me volví a acercar al barandal de fierro de la ventana oriente, vi que la cornisa era muy ancha, como de 40 centímetros, tanteé que yo podría caminar cómodamente sin ningún riesgo; pero –pensé- y si alguna baldosa está floja y se desprende, me caigo y me mato. Me subí al barandal y, agarrado firmemente del mismo, me fui soltando poco a poco, hasta que me paré en la cornisa. Al tantear que no había problema, con un chingo de miedo, caminé despacito, di la vuelta a la torre hacia el lado sur y, a media torre, en la otra ventana, me senté a tomar el solecito con las patas colgando hacia el vacío. Qué maravilla de paisaje: las casas, la Plazuela de Carrillo, el río, la arboleda,Santa María y muy a lo lejos las montañas que se veían de un azul intenso. Estaba embelesado, pero tenía que ir a la casa, desayunar e ir a la escuela. Hice la maniobra de regreso sin ningún problema. Y, pensé, a ver que día me vuelvo a subir. Sin dejar de verme el tecolote, esponjando sus tupidas plumas en franca actitud ofensiva, movía la cabeza para donde yo me meneaba. Bajé las escaleras rápido, me salí del templo por la puerta poniente y me fui a la casa. Todo en paz, qué a toda madre.

La segunda vez, cuando yo ya tenía meses de ayudar misas, hice lo mismo, pero con tan mala suerte, que, desde la casa del padre Pardo, en la calle de García Obeso, a la otra cuadra del cine Rex, me vio el hermano del padre Pardo sentado en la cornisa con las patas colgando. Vi, que desde el corral de la casa, el señor me hacía señas para que me bajara, me enseñaba la palma de la mano como diciéndome: “vas a ver”. Pensé, ya me cargó la chingada. Me bajé inmediatamente. Me fui a la casa a desayunar, acudí a la escuela siempre con un ligero temorcillo todo el santo día.

Al siguiente día, me presenté en el templo como si nada, listo para ayudar la misa de seis. El hermano Cayo –así le decíamos todos, por Cayetano-, justamente enchilado, se me acercó, y delante del sacerdote que se estaba vistiendo y el otro monaguillo que me iba a sustituir, me increpó de esta manera:

-No, Rogelio, deja, no te vistas. Desde este mismo instante dejaste de ser acólito. ¡Pero qué pendejadas las tuyas, Rogelio! Ya me enteré de tu hazaña, y horita mismo te me largas de puntitas a la calle, no quiero volverte a ver por aquí.

Me quedé frío. La reprimenda fue durísima. Alcancé a recordar el “vas a ver” que le dio sentido al motivo más que justificado de mi baja, que, neta, francamente no me la esperaba. Y en un desesperado intento por enmendar el entuerto y en franca retirada, invoqué el perdón:

-Perdóneme, hermano, no lo vuelvo a hacer.

-No, Rogelio, no te voy perdonar, porque el padre Pardo está muy enojado contigo y me ordenó que te corriera de inmediato. ¡Qué ocurrencias las tuyas, te pudiste caer! Así que, vete, y no vuelvas más.

Acababa de cumplir los 9 años.

Confieso que estuve a punto de llorar. Qué desenlace tan inesperado. Con las manos en el bolsillo, atravesé el recinto sagrado del templo, sumamente avergonzado y mortificado. Jamás me reclamó nada mi madrina, Cholita. A las seis de la mañana me corrieron con justa razón. Desconsolado y con mucho frío, por la cerrada de San Agustín caminé hacia la Plaza de Armas, para hacer tiempo. Ni un alma se cruzó por mi camino. Oscura la mañana, nomás volteaba a ver la torre y, sí, miré que estaba muy alta. Si me hubiese caído, seguro, me mato. El zaguán, como de costumbre, lo cerré y no podía entrar a la casa. Me senté en una banca de la plaza a chillar. Anegado en llanto, vi que la plaza también estaba sola. Yo tenía la cabeza tan enredada que no podía pensar. ¿Ahora qué le digo a mi mamá, que me corrieron por pendejo? No, eso no. Tenía que urdir un plan medianamente creíble. Ya sé, le diría a mi jefa que me sustituyeron por un pariente del padre Pardo. Mi pobre madre, con dudas, me la creyó, no averiguó los motivos por los cuales me corrieron. Nomás me dijo: vas a extrañar los domingos y yo los centavitos que me dabas. Los siguientes días me los pasé muy triste. No entiendo por qué, pero no podía zurrar, nomás puros pujidos.

Llegó el Carnaval con sus toritos de petate. Me emocionaba seguirlos: la maringuía, con una pequeña bandera en la mano agitada de aquí para allá y su sombrero de paja con adornos de flores, el guanengo, el rollo (falda negra plisada) de huare, el mandil morado y un chingo de collares; el apache, con un tlacuache en las manos, asustando a la gente sin tener compasión de ella; el caporal, muy horondo en su caballito colgado de la cintura; el torito de petate de Tarímbaro, finamente adornado con papel de china y algunos alamares con papel de plata y, finalmente, la banda: una tambora, la corneta, una enorme tuba, un violín y un tambor colgado del sujeto que lo portaba, casi todos a medios chiles por el efecto del tequila con refresco. ¡Qué agasajo!

Volví al templo de San Agustín, el Miércoles de Carnaval, a tomar ceniza. Era un mundo de gente tomando ceniza. Por supuesto que nadie me reconoció. Pronto se olvidaron de mí.

Iba a la plaza al jolgorio. La banda, en el quiosco, dirigida por el maestro Sotomayor, vecino nuestro, que tenía preferencia por las marchas o la música clásica que alegraban a la muchedumbre. Yo no podía comprar cascarones, ni confeti, ni nada, porque andaba de can. Todo se me antojaba. Sobre todo las enchiladas placeras de la cerrada de San Agustín, o los buñuelos acaramelados con atole blanco que sacaba doña Chagua, madre de mi compañerita de salón en la Primaria. ¡Qué delicia de olores, válgame Dios! Me faltaron nomás doce centavos, que puso mi papá Ramón, para comprar mis botas mineras.

¡Qué tristeza tan grande me causó el haberme sentado en la cornisa de la torre!