El día que subí solo a llamar la misa de ocho, me trepé por la escalera al segundo piso, la vista de la ciudad, desde mero arriba, era sensacional.
No puedo explicar por qué hice lo que enseguida relato. Pero ahora sé que fue un atrevimiento que me pudo costar la vida. Iba de ventana en ventana, dentro de la torre, mirando hacia los cuatro puntos cardinales la bella ciudad de Morelia, siempre con la mirada atenta y penetrante de un tecolote acurrucado en una viga. Me volví a acercar al barandal de fierro de la ventana oriente, vi que la cornisa era muy ancha, como de 40 centímetros, tanteé que yo podría caminar cómodamente sin ningún riesgo; pero –pensé- y si alguna baldosa está floja y se desprende, me caigo y me mato. Me subí al barandal y, agarrado firmemente del mismo, me fui soltando poco a poco, hasta que me paré en la cornisa. Al tantear que no había problema, con un chingo de miedo, caminé despacito, di la vuelta a la torre hacia el lado sur y, a media torre, en la otra ventana, me senté a tomar el solecito con las patas colgando hacia el vacío. Qué maravilla de paisaje: las casas, la Plazuela de Carrillo, el río, la arboleda,Santa María y muy a lo lejos las montañas que se veían de un azul intenso. Estaba embelesado, pero tenía que ir a la casa, desayunar e ir a la escuela. Hice la maniobra de regreso sin ningún problema. Y, pensé, a ver que día me vuelvo a subir. Sin dejar de verme el tecolote, esponjando sus tupidas plumas en franca actitud ofensiva, movía la cabeza para donde yo me meneaba. Bajé las escaleras rápido, me salí del templo por la puerta poniente y me fui a la casa. Todo en paz, qué a toda madre.
La segunda vez, cuando yo ya tenía meses de ayudar misas, hice lo mismo, pero con tan mala suerte, que, desde la casa del padre Pardo, en la calle de García Obeso, a la otra cuadra del cine Rex, me vio el hermano del padre Pardo sentado en la cornisa con las patas colgando. Vi, que desde el corral de la casa, el señor me hacía señas para que me bajara, me enseñaba la palma de la mano como diciéndome: “vas a ver”. Pensé, ya me cargó la chingada. Me bajé inmediatamente. Me fui a la casa a desayunar, acudí a la escuela siempre con un ligero temorcillo todo el santo día.
Al siguiente día, me presenté en el templo como si nada, listo para ayudar la misa de seis. El hermano Cayo –así le decíamos todos, por Cayetano-, justamente enchilado, se me acercó, y delante del sacerdote que se estaba vistiendo y el otro monaguillo que me iba a sustituir, me increpó de esta manera:
-No, Rogelio, deja, no te vistas. Desde este mismo instante dejaste de ser acólito. ¡Pero qué pendejadas las tuyas, Rogelio! Ya me enteré de tu hazaña, y horita mismo te me largas de puntitas a la calle, no quiero volverte a ver por aquí.
Me quedé frío. La reprimenda fue durísima. Alcancé a recordar el “vas a ver” que le dio sentido al motivo más que justificado de mi baja, que, neta, francamente no me la esperaba. Y en un desesperado intento por enmendar el entuerto y en franca retirada, invoqué el perdón:
-Perdóneme, hermano, no lo vuelvo a hacer.
-No, Rogelio, no te voy perdonar, porque el padre Pardo está muy enojado contigo y me ordenó que te corriera de inmediato. ¡Qué ocurrencias las tuyas, te pudiste caer! Así que, vete, y no vuelvas más.
Acababa de cumplir los 9 años.
Confieso que estuve a punto de llorar. Qué desenlace tan inesperado. Con las manos en el bolsillo, atravesé el recinto sagrado del templo, sumamente avergonzado y mortificado. Jamás me reclamó nada mi madrina, Cholita. A las seis de la mañana me corrieron con justa razón. Desconsolado y con mucho frío, por la cerrada de San Agustín caminé hacia la Plaza de Armas, para hacer tiempo. Ni un alma se cruzó por mi camino. Oscura la mañana, nomás volteaba a ver la torre y, sí, miré que estaba muy alta. Si me hubiese caído, seguro, me mato. El zaguán, como de costumbre, lo cerré y no podía entrar a la casa. Me senté en una banca de la plaza a chillar. Anegado en llanto, vi que la plaza también estaba sola. Yo tenía la cabeza tan enredada que no podía pensar. ¿Ahora qué le digo a mi mamá, que me corrieron por pendejo? No, eso no. Tenía que urdir un plan medianamente creíble. Ya sé, le diría a mi jefa que me sustituyeron por un pariente del padre Pardo. Mi pobre madre, con dudas, me la creyó, no averiguó los motivos por los cuales me corrieron. Nomás me dijo: vas a extrañar los domingos y yo los centavitos que me dabas. Los siguientes días me los pasé muy triste. No entiendo por qué, pero no podía zurrar, nomás puros pujidos.
Llegó el Carnaval con sus toritos de petate. Me emocionaba seguirlos: la maringuía, con una pequeña bandera en la mano agitada de aquí para allá y su sombrero de paja con adornos de flores, el guanengo, el rollo (falda negra plisada) de huare, el mandil morado y un chingo de collares; el apache, con un tlacuache en las manos, asustando a la gente sin tener compasión de ella; el caporal, muy horondo en su caballito colgado de la cintura; el torito de petate de Tarímbaro, finamente adornado con papel de china y algunos alamares con papel de plata y, finalmente, la banda: una tambora, la corneta, una enorme tuba, un violín y un tambor colgado del sujeto que lo portaba, casi todos a medios chiles por el efecto del tequila con refresco. ¡Qué agasajo!
Volví al templo de San Agustín, el Miércoles de Carnaval, a tomar ceniza. Era un mundo de gente tomando ceniza. Por supuesto que nadie me reconoció. Pronto se olvidaron de mí.
Iba a la plaza al jolgorio. La banda, en el quiosco, dirigida por el maestro Sotomayor, vecino nuestro, que tenía preferencia por las marchas o la música clásica que alegraban a la muchedumbre. Yo no podía comprar cascarones, ni confeti, ni nada, porque andaba de can. Todo se me antojaba. Sobre todo las enchiladas placeras de la cerrada de San Agustín, o los buñuelos acaramelados con atole blanco que sacaba doña Chagua, madre de mi compañerita de salón en la Primaria. ¡Qué delicia de olores, válgame Dios! Me faltaron nomás doce centavos, que puso mi papá Ramón, para comprar mis botas mineras.
¡Qué tristeza tan grande me causó el haberme sentado en la cornisa de la torre!