Por Rogelio Montaño
Me aficioné a la cacería por mi compadre, Roberto, el esposo de Laura. Siempre me procuraba y por fortuna nos llevábamos muy bien. Jamás tuvimos qué discutir acaloradamente por nada. Su trato hacia mí era educado.

Mi compadre era una persona a la que le gustaba nadar en el mar y en las albercas; nos llevaba al balneario de Zinapécuaro, donde las albercas son de aguas termales; a la alberca del padre Ibarrola; a la alberca Leticia y, sobre todo, a Cointzio. ¡Ah cómo gozamos esa alberca!
Le fascinaba la carretera y con frecuencia hacía unos viajes, que en aquel entonces, eran bastante largos y muy cansados. No había súper carreteras. Les voy a dar unos ejemplos:
Siempre viajaba los sábados por la noche por exigencias del trabajo, o los días festivos. Los trayectos que escogía eran muy matados, pues el lunes, a las 8 de la mañana teníamos que estar listos para trabajar. ¿Se imaginan eso? Para que lo entiendan, miren:

El sábado en la noche, de Morelia nos fuimos hasta San Blas, Nay. Manejaba casi toda la noche, dormíamos un rato, nos íbamos al mercado a almorzar, nos tomábamos unas cuantas cervezas y, a eso de las 11 de la mañana, nos acercábamos a la playa, para salir de juguetear y nadar entre 6 y 7 de la tarde. El regreso a Morelia era muy pesado. Desvelados nos íbamos a nuestros respectivos trabajos.
Lo mismo ocurría cuando decidía ir al puerto de Veracruz o a Manzanillo, Col. a comer en Matanchén o, a veces, en los restaurantes de la playa de la Ola Verde. Tomábamos copa antes de regresar a Morelia y en el coche también tomábamos. Los coches en ese entonces no tenían cinturón de seguridad. No sé por qué no nos accidentamos.
Mi compadre manejaba muy bien, borracho o sobrio. Era incansable para manejar, nomás no le daba sueño.

En materia de cacería me invitaba a las huilotas a la presa de Zicuirán, muy cerca de La Huacana; o a los panches a Parácuaro. Después de la cacería, nadábamos en las albercas de aquel lugar, comíamos y tomábamos cubas o cervezas. Le gustaba manejar en carretera tomando trago. A veces nos acompañaba Manuel Molina o un mecánico que le decíamos Picus. Con éste, el viaje era hasta Acapulco. ¿Verdad que sí estaba pesado?

Fui con mi compadre a una cacería de venado al cerro de la Nieve y del Burro, muy cerca de Tacámbaro, de donde era él. Los bosques en esos altísimos cerros, eran bellísimos. Casi toda la cordillera se llenaba de nieve en invierno, hasta el Tzirate, el cerro de Zanambo y el Tancítaro.
Una vez nos encaminamos a Melchor Ocampo, ahora puerto Lázaro Cárdenas. Allí había a lo más 6 chozas; eran puros plantíos de palmeras de cocos. Para que se formen una idea, de Morelia a Melchor, hicimos 12 horas en coche. Ahora se hacen 4 por la súper carretera.
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Al irme a trabajar en Uruapan, en 1959, más me aficioné a la cacería. Allí hay muchos buenos cazadores, cada año se van a Alaska de cacería o a Sonora al venado bura. También hay excelentes tiradores a las huilotas al vuelo. Pero como mi compadre, Rolando Torres (+), no había igual. Mataba las huilotas altísimas, como nadie, y tiraba muy bien en los eventos al pichón, al borrego o al chivo. Mi compadre estaba muy bien dotado. Pero también había muchos más como él.

En Uruapan, relativamente cerca, hay tirada en Tierra Caliente y en la Meseta Tarasca, en donde los bosques son muy hermoso, pero fríos, muy fríos.
Ahora ya no salen a cazar por el temor a los narcos.
Me unía un grupito que conocía muchos ranchos de Tierra Caliente, en los que se sembraba sorgo y ajonjolí, ventajosos para tirarle al vuelo a la huilota.
En la cacería de venado, a veces en arriadas y otras en la noche con lámpara, el grupo conocía lugares excelentes en Tierra Caliente y en los bosques de La Meseta Tarasca.
Como mi sentido de orientación es pésimo en la ciudad y en el monte, porque soy medio daltónico al rojo y al verde, siempre me hacía acompañar de un guía del rancho o de mis mismos compañeros.
La cacería del venado es en diciembre-enero, es decir, en tiempos de frío, cuando los machos andan en brama.

Una vez organizamos una cacería a Chihuahua a un rancho cerca de Nuevo Casas Grandes. Mis dos compañeros y yo, con los encargados de las labores del inmenso rancho, campeamos a caballo el primer día de cacería. Luego de caminar un largo tramo en lo alto de una loma, el guía vio una venada echada, grande la venada. Yo me resistí a tirarle, pero el ranchero, Celso, me dio sus razones:
-Don Rogelio, las mujeres sólo tienen tortillas, frijoles y queso para comer, no tenemos carne, hay usted verá si le tira a la venada, creo que todavía no le monta el macho. En el campamento se nos van a juntar los demás rancheros, mujeres y una zarracuatera de chiquillos. Y esa comida no nos va a alcanzar para nada.
Nos apeamos del los caballos y, con la mira telescópica de mi rifle calibre .270, que es muy veloz, miré la venada como a 300 metros ladera abajo:
-Me parece que sí debo tirarle, si es que no tenemos carne suficiente para comer.
-Pues acomódese de mampuesto en esa piedra, porque si le jierra, no la volvemos a ver. Además, sus compañeros no han tirado.
Al primer tiro le pegué en el lomo. La venada pesaba como 60 kilos. Con el cuchillo el guía le sacó los dentros, dejando para nosotros el hígado, los riñones y el menudo. Nos costó mucho trabajo subirla a donde estaban apesorgados los caballos. Resultó que el caballo de Celso no consentía la venada, de manera que la tuvimos que subir, amarrada, en las ancas de mi caballo.
El buen cazador jamás le tira a una venada, la deja ir. Ahora le tiré por las razones expuestas.
Cuando llegamos al campamento, uno de los guías colgó la venada a las sombras de una higuera; la abrió, le quitó el cuero, la destazó, lavó los dentros, les dio a las señoras el hígado y los riñones para cenar. Ellas, después de volver a lavar los riñones y el hígado, lo filetearon, los orearon para después guisarlos en una cazuela muy grande. Al guiso le pusieron un sope de manteca de puerco, un chile muy sabroso, jitomate, cebolla y dos dientes de ajos, todo molido en molcajete. Además, sal y queso seco espolvoreado. En lo que estaba la cena, nos servimos unos tequilitas con limón y sal.

La demás carne, que era mucha, la asesinaron y la pusieron a orear. El cuero lo salaran muy bien para que no se apestara. Me lo llevé para la casa.
Al siguiente día, nos levantamos a las 5 de la mañana con un frío quecalaba los huesos. Las señoras ya se habían levantado a ordeñar las vacas. Una niña nos dijo que nos fuéramos a la ordeña para tomarnos un vaso de leche recién ordeñada. Tres de los guías ya se estaban tomando su vaso de leche, pero la leche estaba preparada, ¿cómo? Horita les cuento: era un vaso medianito con leche, media tablilla de chocolate espolvoreado y una cucharada de alcohol. Sabía muy sabroso, pero a mí medio me mareó. En Tierra Caliente le llaman palomas.
Salimos a echar arriadas en la sierra, nos dieron un morral con tacos de frijoles con queso para almorzar en el bosque.
Ese día tampoco tuvimos suerte, pues no vimos nada y caminamos mucho, esta vez no llevamos los caballos. Se alcanzaron a echar 3 arriadas en todo el santo día. Los rancheros hicieron una fogata para calentar los tacos. Yo quería una cerveza, pero no había más que tequila. Me tomé un trago de agua de la cantimplora.
Ya en la tardecita, acordamos vernos abajo del cerro para ir campeando. Yo le pedí a mi compañero, Octavio, que no me dejara solo, porque, además de que no conocía la sierra, yo no me sabía orientar, Octavio me contestó con optimismo:
-No te apures, Montaño, vete tú por la ladera derecha y yo te voy vigilando por la otra ladera. Además, los tres arreadores conocen a la perfección el monte. No te preocupes, no te vamos a dejar.Acepté más a fuerza que de ganas. Yo quería bajar la ladera campeando con él, pero no quiso. Yo soy un niño en el bosque, nomás no me oriento.
No llaveábamos ni 100 metros recorridos, cuando Octavio se me perdió. Opté por no alejarme del lugar donde me dejó, estaba con el pendiente de que me fueran a dejar ahí, por aquello de las heladas tan fuertes en el bosque. Yo no traía ropa de invierno, por lo que tuve que juntar harta leña. Con unos troncos hice lo que parecía un refugio muy bajito en donde me pudiera resguardar del frío; yo no fumo, pero traía cerillos.

Limpié el suelo, dejando la fogata en un lugar limpio, no fuera a ser que me ganara el sueño e hiciera una quemazón de la chingada. Las horas se me hicieron eternas. Al ver que mi reloj marcaba las 11 de la noche, me preocupe muchísimo, pensando que mis compañeros ya me habían dejado. Casi no sentía el frío por la fogata, pero ya estaba con muchísimo pendiente. La ropa de invierno la dejé en el campamento. Tiré un balazo hacia abajo donde pensaba que estuvieran mis compañeros con la camioneta. El balazo los orientó, pues al poco rato vi los faros de la camioneta subir la ladera, pitándome; le eché más leña a la fogata para que la humareda los guiara. Cuando de repente los vi entrar en el planito donde yo estaba, me dio mucho gusto y le di gracias a Dios.
Rodolfo (Fitos), me dio, en un vaso, un macho prieto: tequila, coca cola y unas gotitas de limón, que me supo a gloria. En esos bosques habita el oso negro.
Me cai que sí me asusté.
Nos fuimos al campamento a seguir chupando, a cenar carne de venado, tortillas de harina, un pedazo de queso seco con frijoles de la olla.
Uno de los arrieros, sabía tocar la guitarra; ya verán que nos pasamos la noche con una buena fogata, porque arreció el frío, cantando y tomando tequila, hasta que, borrachos, nos venció el sueño.
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Trataré de reproducirles el diálogo que tuvimos con mi compadre Rosendo, un criminal empedernido. Esto ya fue en Michoacán.

Conocí a Rosendo (Chendo), en un pueblo cerca de Uruapan, pero ya enclavado en Tierra Caliente, llamado El Capire; en donde, en las siembras de ajonjolí y de sorgo, llegaban las parvadas de huilotas a las 6 de la mañana y, en la tarde, bajaban a beber agua. En esos sembradíos (les llaman tablas) el tiro es al vuelo.
Chendo y su hijo, Nacho, me recogían las huilotas. Fue así como conocí a su familia. Y con el paso del tiempo le llevé a bautizar a J. Guadalupe (Lupito), el más pequeño de sus hijos, haciéndonos, de esta manera, compadres.
Rosendo, era de complexión robusta, de mediana estatura, moreno, de pelos parados pero abundantes, muy ocurrente, de fácil carcajada y, en términos generales, carismático; tendría unos 40 años cuando trabamos el compadrazgo.
Me alejé de él por un tiempo (cuando no había cacería principalmente), porque cometió la indiscreción de comentarme que ya había asesinado 21 sujetos:

-Mira compa –me decía orgulloso-, con esta pistola (.38 Súper), que nunca me ha fallado, les di crán. Pero mira compa, eran ellos o yo.
-¿Quieres ver cómo pajuelea esta ancheta, compa?
-No compadre, no es necesario, pueden venir los judiciales y entonces sí la amolamos.
-En este rancho los judiciales me dan 3 pelones.
-No te creas, compadre, si te llega la camioneta con 5 judiciales, no los vas a matar a todos. Además, me pones en peligro.
-Tienes mucha razón compadre –guardando la pistola.
Yo le escuchaba su charla de crímenes espeluznantes como si tal cosa, pero le agarré no miedo, sino pánico. Pensé a qué horas me mata este cabrón. Estaba equivocado, porque en el tiempo que conviví con él y con su familia, siempre me respetaron.
Antes de su macabra confesión, yo tomaba con él como con cualquier otro amigo. Cuando ya estábamos a medios chiles, en la noche invitaba a mi compadre con su familia a cenar morisqueta con frijoles de la olla, queso seco y chile de molcajete. Con mi compadre (mi comadre no tomaba), acompañábamos la cena con 2 o 3 Modelos bien frías.

Pues así, borracho, subía las curvas de la Tzaráracua en la camioneta para llegar a Uruapan.
Cierto domingo, estando tomando cubas de Presidente, me contó cómo había matado “al último cabrón”.
-Y no vayas a creer, compa, que lo maté nomás porque sí, no, compa, cómo crees,¡él mató a mi hermana el muy felón! Quedándose con tres de familia: 2 mujercitas y un varoncito.
-¿Quieres que te cuente cómo estuvo la chingadera, compa?”.
-Sí, compa. Como tú quieras:
-Mi cuñado Fidencio (Fide), vive por allá en las lomas con rumbo al rancho del Huaco. De aquí a huarache queda muy lejos y yo soy pero reguevón para caminar. Tomé la flecha que va a Apatzingán y me bajé en el mero Huaco, dirigiéndome a la casa de mi carnalito Jacinto (Chinto).
-¿Pos a dónde te encaminas, carnal, vas en busca de un entierro, o qué?
-Voy a darle crán a un cabrón.
-¿Pos hora a quién? Digo, si me lo puedes decir.
-Pos a quién ha de ser, pos el carajo de Fide.
-No te enredes en ese asunto, carnal, ya deja esas rencillas por la paz, no traen nada bueno. Eso ya pasó hace un chingo de tiempo, olvídalo, a ver, pa qué te comprometes ¡Tienes familia, Chendo!
-Carnal, cómo me pides que lo deje si mató a nuestra sagrada hermana. No, no puedo dejarlo. Tengo esa carcoma metida en la cabeza desde que la mató. Ya no me puedo aguantar más, Carnal: el Fidencio se muere hoy, déjame darle en toda su madre, ¿sí?
-Pos yo te digo que no le buigas, carnalito, esa muerte te va a traer puros quebraderos de cabeza. Fide está tranquilo atendiendo la milpa. Las muchachas ya aprendieron hacer letras. Yo te aconsejo que mejor lo pienses.
-No me acobardes, Chinto, ya lo tengo decidido.
-Si ya lo decidites, entonces pela el ojo, Rosendo, no se te vaya a adelantar el cuñao.
-Qué me crees muy pendejo, o qué. Lo voy a agarrar dormidito pa que no sienta.
-Bueno, pues, que el Cristito de Carácuaro te saque con bien. Aquí te voy a esperar, por si se te ofrece algo.
Me encaminé pal rancho pardeando la noche. La Súper la empeñé pa tragar en la casa; pero aquí traigo este cuchillo con qué quererlo. Llegué al lomerío oscura la noche, creo que nadie me vio caminar. Por ay maté un pinche pájaro para enlevar al perro. Alcancé a ver la choza de Fide y a las muchachas echando tortillas para cenar. El aparato de tractolina estaba prendido haciendo mucha jumata. Al poco rato llegó Fide con su hijo José, ya labregón. Alcancé a ver que se sentaban a la mesa a cenar. Prendí un cigarro de mariguana para no aburrirme, en cuanto prendí el cerillo el perro ladró. “Pinche perro, a lo mejor no me deja chambiar a gusto”.
Me bajé pal arroyo, me escondí en un matorral y allí mero me estuve muy quietecito, no fuera que el perro siguiera ladrando. Pero desde la barranquilla ni parado podía ver cuando apagaran el aparato. Me subí a la loma pa ver cómo andaba la cosa, y el méndigo perro volvió a ladrar. Seguro me venteó. José salió y le dio una patada. El perro se fue chillando.
Por fin, apagaron el aparato, esperé un buen rato pa que agarraran sueño. Yo traía una chingaderita asinita de cocaína y con ella forjé otro cigarro de mariguana. Ay cabrón, compa, me hizo un efecto de la chintola, de manera que me dormí un buen rato. ¿Sabes quién me despertó, compa? El méndigo perro olisqueándome. Le di el pájaro apestoso pa que se lo tragara, me bajé al arroyo para enjuagarme la cara para estar a toda madre. Esperé a que el perro se tragara el pájaro y que se sacara, pero no se sacó y él mismo me acompañó hasta la choza muy mansito el güey.
Con todo y huaraches me metí a la choza, Fide y José, estaban en el mismo catre durmiendo, no hurgué en el otro cuarto porque ahí estaban mis sobrinas, el perro estaba echado como si nada. Saqué el cuchillo de carnicero diciendo para mí: “Ay güey, está muy grandote. Pos que sea lo que Diosito quiera”. Le puse salivita al filo, yo no había matado con cuchillo. Y, por fin, se lo hundí todo en el pecho a mi cuñao Fide, el cuchillo le entró como mantequita. Dio un reparo, saliendo chingos de sangre, le remolinee el cuchillo a mi cuñado pa que no sufrira. José se despertó sin saber qué pedo, pero de todas maneras se me echó encima, pero ya era demasiado tarde. Fide, el felón, el que mató a mi sagrada hermana, estaba bien riel en un charco de sangre. A los gritos de José, despertaron las muchachas. Yo le advertí: “No se me arrimen porque los mato”. Los tres estaban berreando justamente asustados, viendo a su padre muerto.
Me salí de la choza. Alcancé a oir el ladrerío de perros. No se despertó nadie de las otras 4 chozas. Me fui corriendo pal Huaco, mi carnalito me hizo toda clase de preguntas, aconsejándome:
-Pélate pa Uruapan, carnalito, aquí te pepena la judicial.
Él me hizo el paro, me quité la ropa que traía un sangrerío, mi carnalito me regaló un cambio de ropa y me dio 500 pesos pal pasaje.
En la flecha ronqué a pierna suelta. La coca y la mariguana es cabrona. Llegamos a Uruapan a las tres de la madrugada con un friyaso del carajo. Busqué en dónde dormirme; pensé en irme pal estación, pero el frío me calaba los huesos. Por fin agarré un taxi que me llevó a un hotelucho de paso.
Hacía mis sagrados alimentos en el mercado y me la pasaba en el hotel por puro miedo a los judiciales. Fui a dar gracias al templo de Nuestra Santísima Virgen de Guadalupe, que está pal rumbo del estación del tren.
Un día, como a las 4 de la madrugada, a puros culatazos tres judiciales me abrieron el cuarto. Ni pa dónde hacerme, compa. Pensé: “Aquí chingué a mi madre”. Me metieron al penal. El puto taxista me delató, seguro, estos cabrones nomás andan husmeando. Un año después, sin yo conocer la sentencia, con otros cabrones me llevaron con rumbo a Tepic, y en un guardacostas nos refundieron en el penal de las Islas Marías.
EPÍLOGO
Yendo de cacería al venado en Las Carámicuas, cerca de Tumbiscatío, pasé a saludar a mi compadre al Capire. No había nadie en la casa. Una vecina me informó que la señora no tardaba en llegar, que fue al molino a comprar masa, que si yo quería la esperara.
En efecto, la comadre no tardó en llegar.
-Compadre, ¿qué anda usted haciendo con la probitud?
-Nomás vine a saludarlos, a saber de ustedes, no sé qué fin tuvo mi compadre.
-Mire, compadre, mis santos padres ya están en el cielo con Diosito.
A Rosendo, lo mataron en el penal de las Islas Marías, por no sé qué amores y enredos.
La cabrona de Amparo, se juyó con un cabrón que siembra mariguana, por ella yo no voy a llorar gustos ajenos, que se los cargue la chingada a los dos.
Su ahijado está de polecía en Uruapan.
Y, Nacho, se fue pa California, no me ha mandado ni un centavo, pueque y ya hasta lo haigan matado por allá.
Yo ahora vendo morisqueta, compadre, soy la morisquetera más chingona de todo El Capire.
Esta fue la última vez que vi a mi comadre. Enterarme de este cruel desenlace, hizo que me alejara de esa familia por completo. Ya no sé si mi comadre vive o muere.
La madera fina que se colocó al entrar a la casa de Uruapan, es tan dura como el fierro. La escalera para subir a la segunda planta de la cabaña grande de La Quinta Chingada, es igual de fina y de dura. Mi compadre Rosendo me la regaló.
Rogelio Montaño Bustos, Morelia, Mich., a 20 de febrero de 2011.
