
Al mismo han acudido peregrinos desde hace no ya cientos, sino miles de años. Aunque es un templo budista, el lugar es también sagrado para los hindues, que son mayoría entre los nepalíes. En la actualidad, el templo rivaliza con el Himalaya como símbolo nacional de Nepal, y ha sido reconocido por
“Algo que hace a Svayambuhnath identificable al instante es la gran stupa, o sagrario, en la cima de la colina, desde la que los gigantescos Ojos de Buda observan el valle. Para acceder a la cumbre, mucha gente sube toda la colina, lo que en sí mismo limpia los pecados, según la creencia local. En la imagen, se puede observar la escena desde la base de la colina, donde grupos de creyentes se preparan para la ascensión. Al fondo, se puede ver la parte decorada a través de la que se accede a Svayambuhnath”.
Svayambuhnath es, con mucho, el monasterio más impresionante de los que conocí en el Lejano Oriente. Se accede a la explanada del templo por un arco muy estilizado y una cómoda y ancha escalinata con frondosos árboles a los lados. Los bolsos de las señoras y las cámaras fotográficas las dejamos en el autobús.
A medida que vamos subiendo la escalinata observo que abundan las ruedas de oración a ambos lados, así como pordioseros “profesionales” mutilados y debidamente caracterizados, exigiéndonos una rupia.
Una horda de changos con pelajes castaños, ojos güeros y vivarachos, atrevidos, rateros y cabrones, nos persiguen saltando de árbol en árbol como si fueran cirqueros que se saben de memoria las rutinas, o por las bardas que limitan la escalinata, que por el lado derecho da al precipicio.
Conforme se asciende por la escalinata,
poco a poco van apareciendo, de una manera impresionante, entre el follaje de los árboles, los enormes ojos de Buda y el santuario circundado por un barandal de cemento. Me detengo a examinar la “torre” del templo que consta de cuatro elementos fundamentales.
Voy a intentar describirla:
La enorme bóveda cubierta con una fina laminilla de oro de 24 kilates, que sobresale encima de la construcción del recinto sagrado, sirve de base a la “torre”, sobre la que se alza un cuadrado a manera de dado, en cuyos lados se dibujan más que enigmáticos, yo diría que hermosos los ojos de Buda oteando los cuatro puntos cardinales, con las cejas arqueadas separadas por algo así como una antorcha; y, la nariz, tiene el parecido de un signo de interrogación, muy enroscado, que se cierra. No tiene boca.
Remata el dado una plancha de cemento, que en lo alto, termina en un vértice trunco; este vértice (cono) se eleva dividido en secciones. Por último, remata la “torre” una esfera grande con una como estrella en la punta sostenida por tres contrafuertes de fierro a los lados. Penden de la esfera varios cordeles inclinados hacia abajo con pequeños plásticos multicolores colgados a lo largo del cordel. La “torre”, luce profusamente adornada.
En el lado Norte, se miran las montañas majestuosas con sus nieves perpetuas, y a los lados restantes, el inmenso valle de la capital de Nepal: Katmandú.
Al interior del templo se ingresa descalzo. Un par de jóvenes novicios, con vestimentas color azafrán (zanahoria), diligentes, se nos acercan para vigilar los zapatos de los méndigos changos que se los pueden carrancear.
Nos tocó la suerte de que los monjes y los novicios estaban haciendo oración, sentados en butacas colocadas en dos filas, de manera que los monjes y los novicios quedaban de frente.
Los monjes, traían en la cabeza un “sombrero” muy alto ligeramente enroscado el vértice. Los novicios, traían el pelo a rape. A ambos lados de los extremos de la fila de butacas, están sentados dos jóvenes, como de 18 años, con sendas y enormes trompetas. Parece que éstas se llaman sofar o sófar. Los rezos, son un monótono murmullo de graves voces, que no leen del libro que tienen en una especie de atril.
Cuando se termina la oración, dos jóvenes comienzan a tocar sus larguísimas trompetas con un sonido grave, liso y sin matices, algo así como un toooooo metálico, en un tono de do, bajo y profundo. Tan largas son las trompetas, que al extremo donde va la bocina, se apoya en un pequeño reclinatorio a manera de banquito. Uno de los novicios, como de 15 años, robusto, al ver que me le quedaba viendo con atención, a hurtadillas, le gusté para estar payaseando conmigo. ¡Bah pos éste –pensé-, mira qué cabrón tan cabrón!
La nave (recinto) del templo, sobre la que se eleva la “torre”, es una construcción relativamente pequeña, pero muy antigua y recargada en su decoración con grecas tridimensionales cubiertas con laminillas de oro de 24 kilates. El piso de madera, son tablones como de 30 centímetros de ancho, por 6 de grueso y 10 metros de largo, sucias, rechinadoras y deterioradas. Por todos lados se ven los chingos de cucarachas de las grandes. Al interior del santuario no dejan entrar a los changos, como en otros templos budistas de
Al salir del templo, aparte, redonda, está la stupa. Por todos lados hay ruedas de oración empotradas en los altos muros. Las ruedas de oración, consisten en cilindros pequeños o muy grandes, sostenidos por un eje en el centro, que los fieles voltean con la mano rezando, en voz alta, una monótona plegaria.
Vistos de cerca, llaman poderosamente la atención los enormes ojos de Buda, que mira el valle, Katmandú y las altísimas montañas.
Huelga decir, que este antiquísimo templo budista, permanentemente lo visita el turismo internacional. Los escaladores del Everest y otras montañas, encuentran, en la ciudad de Katmandú, absolutamente todo lo que se requiere para ejercer su deporte, incluso, provisiones. Todo de altísima calidad, pero extremadamente caro.
Rogelio

