Capítulo 2
Isla de Pascua.
La Universidad Gabriela Mistral, donde ella, Mariana y Martín estudian, goza de un merecido prestigio nacional, tanto por la calidad de sus instalaciones, como por el alto grado de preparación de maestros y personal docente. Además, por la acabada formación académica de los alumnos graduados. De esa universidad salen los jóvenes más aventajados y cotizados del país en Biología Marina y otras especialidades.
La Dirección del Instituto, tradicionalmente los años nones, premia a los estudiantes más aplicados del segundo y tercer grado con una excursión de 15 días a los lugares más interesantes del país. Los han llevado, por ejemplo, a la isla Alejandro Selkirk; al desierto de Atacama para admirar los antiquísimos petroglifos; a Pichuncaví; a Viña del Mar; a la isla Robinson Crusoe; al Parque Nacional Bernardo O´Higgins y hasta la región de Magallanes, en la antártica chilena.
Este año se autorizó, a petición de los muchachos, la expedición a la volcánica Isla de Pascua (Rapa-Nui, en polinesio), en posesión de Chile, desde 1888, y descubierta en 1722, por el almirante holandés Jacob Roggeven. La Isla de Pascua, es la más oriental de las islas de la Polinesia y uno de los sitios habitados (cerca de 10.000 habitantes) más aislados del resto del planeta.
La dirección de la universidad, encomendó a los alumnos un relato histórico de la isla. A la mejor crónica se le va a conceder el honor de publicarla en el Suplemento Cultural de la Gaceta de La Universidad.
Tal honor, como era de suponer, lo recibió la joven Renata, pues según el criterio del jurado designado para el caso, su trabajo fue el mejor.
He aquí la crónica presentada por la jovencita.
ISLA DE PASCUA.
“Según las crónicas geológicas, hace 2 millones y medio de años, hizo erupción un volcán en medio del Pacífico, muy lejos de cualquier tierra habitada. Tal fenómeno formó lo que hoy se conoce como la Isla de Pascua la cual estuvo poblada por personas de origen desconocido quienes, en el más completo aislamiento geográfico, desarrollaron una cultura muy compleja y estratificada.
“Las tribus de la isla veneraban a sus ancestros, a quienes representaron en colosales moais o estatuas de piedra que las tribus de Rapa Nui –nombre original de la isla- tallaron y levantaron como gigantescas figuras de piedra.
“No obstante, destrozaron el sistema ecológico de la isla al talar los árboles para transportar los moais junto al mar, tal como están ahora. Es por ello que la isla tiene poca vegetación. Poco se sabe de dónde provenían tales tribus, la versión más aceptada concluye que los polinesios, al viajar en sus canoas de madera en el Pacífico, lograron llegar al territorio. Otras versiones, como las del navegante y arqueólogo noruego Thor Heyerdal –quien cruzó el Pacífico del sur en balsa-, afirman que fueron culturas preincaicas que llegaron en barcas de papiro, como las que surcan las aguas del lago Titicaca.
“En los siglos XVI y XVII, las tribus de la isla derribaron muchas estatuas más grandes. Pero fue hasta el domingo de Pascua de 1722 que un navío mercante holandés descubrió por azar el lugar y lo bautizó como Isla de Pascua. En los decenios subsecuentes, algunos barcos mercantes recalaron e hicieron escala en la isla. Hasta 1838, algunas de las estatuas caídas fueron levantadas de nuevo; sin embargo, la población de la isla fue diezmada cuando barcos peruanos llevaron a cientos de sus pobladores a Perú para trabajar en las minas de oro y plata. La mayoría de los habitantes nunca regresó a la isla y los pocos que volvieron formaron solamente una comunidad de 110 almas. No obstante, con anexión de la isla a Chile en 1888, la población aumentó gracias a que tenían alimentos, vivienda y auxilios médicos.
“La isla cubre un área de 116 kilómetros cuadrados, y tiene tres volcanes principales, uno de los cuales es el Rano Raraku, de donde se extrajo la piedra para construir las colosales estatuas. En los lugares costeros de la isla conocidos como Tahai, Ahu Akivi y Tongariki, se localiza la mayoría de las 600 estatuas que aún está de pie y que constituye la mejor atracción. Algunas de las estatuas que se yerguen sobre plataformas funerarias tienen ojos enigmáticos de alabastro blanco y negro y proceden del volcán Rano Raraku; las más altas miden casi 20 metros y pesan 300 toneladas.
“También son dignos de visitar la cantera de Rano Raraku y el centro ceremonial Orongo.
“La Isla de Pascua forma uno de los ángulos imaginarios del inmenso triángulo polinesio y algunos cruceros de lujo que hacen el circuito de Sudamérica y La Polinesia Francesa tienen como escala la isla. No obstante, es fundamentalmente en avión saliendo desde Santiago o desde Papeete como se accede a la isla”.
Se organizó una ceremonia para entregar el reconocimiento a la triunfadora. En presencia de sus padres Renata lo recibió llena de orgullo, expresó unas palabras de agradecimiento al señor director, a sus maestros y a sus compañeros en general. La maestra de Historia y Literatura de Renata, destacó el trabajo literario concerniente a La Isla de Pascua.
Terminada la breve ceremonia, los padres de Renata la abrazaron y la besaron. Enseguida, invitaron a Mariana a tomar una soda en la cafetería de la escuela. Las cuatro personas charlaron animadamente, y lamentaron que Mariana no hiciera el viaje a la isla, pues su padre se encuentra delicado de salud, y está programado para una operación la semana entrante en la que le implantarán un marcapasos.
***Llegó el día de la salida al puerto de Valparaíso, desde donde los chicos van a abordar el transbordador Lucero del Antártico. La cita en La Central de Autobuses, la fijaron para las 20:00 horas, ya que el autobús saldrá en punto de las 21:00 horas.
La algarabía, el ir y venir, y el bullicio de alumnos, maestros y familiares era indescriptible en los pasillos de la Central. Los padres, por ejemplo, comprando los boletos en el mostrador de la Línea; las madres, dando bendiciones e instrucciones de última hora a sus respectivos críos, y la maestra y el maestro, encargados de la disciplina de los jovencitos, les urgían para que abordaran el autobús y que los chicos estuviesen al pendiente de sus equipajes de mano. Animados los chicos no paraban de conversar con sus compañeros de viaje.
Cuando el autobús inició la marcha, algunas madres no pudieron contener el llanto. Sus hijos les mandaban besos y les decían adiós a sus padres desde las ventanillas.
La Dirección de la universidad les asignó a los alumnos viajeros la tarea de presentar un reporte de la fauna marina, de las estatuas moai en la isla, así como un relato sucinto de la enorme cantera y de los volcanes existentes en la lejana y enigmática Isla de Pascua.
Los excursionistas, por supuesto, tendrían suficiente tiempo para hacer turismo. Un guía les daría santo y seña de la isla, de los gigantescos monolitos.
Les diría, por ejemplo, que actualmente existen más de 800 estatuas, que algunas pesan más de 300 toneladas, que aún se ignora quién las esculpió, con qué fin y cómo lograron los nativos levantar las descomunales figuras con herramientas más que rudimentarias, pues en la isla no se conocía la rueda ni el metal.
El guía les informaría, también, que se explota una cantera muy apreciada por los escultores. Y, finalmente, que las estatuas están en la isla desde el siglo VII d. C.
Luego de una noche de canciones acompañadas por guitarras y organillos de boca, de porras a todo lo habido y por haber, y de arrumacos al amparo de la oscuridad, los muchachos cayeron rendidos por el sueño.
El autobús arribó al puerto de Valparaíso al día siguiente, con tiempo suficiente para comer y abordar el enorme barco, que entre otras cosas, transporta valijas del correo, mercancías diversas, las provisiones del trasbordador, pasajeros, turistas y vehículos.
La salida del barco está anunciada para las seis de la tarde.
Auxiliados por la tripulación de la nave, los pasajeros lo abordan por la escalinata que conduce a la cubierta número tres. Luego de recogerles el pase de abordar, les asignan sus respectivos camarotes y les proporcionan la llave de la cerradura.
Los alumnos lo abordaron al último. Después de cerciorarse que los muchachos estaban completos, los maestros revisaron que los jóvenes tuviesen a la mano sus respectivos pases de abordar y les exigieron que cuidasen sus pertenencias.
Les informaron, asimismo, que las maletas les serían entregadas en los camarotes que les fueron asignados.
Una vez que se cerró la puerta de ingreso de pasajeros, el contramaestre de tierra recibió la orden de destrabar la escalinata de ingreso y de soltar las amarras que sujetan al barco firmemente al muelle. El oficial de máquinas en la proa, a una orden del Práctico, leva las anclas de estribor y de babor por medio del winche. Después de esto el Práctico pide máquinas y el gigante se mueva lentamente en un burbujeante remolino provocado por la enorme propela. Fija el rumbo hacia la estrecha bocana del puerto y, a dos millas de distancia, le cede el mando al Capitán del barco. Éste, a su vez, tal como lo exige el Protocolo Marítimo, da los tres silbatazos de rigor: largos, graves y ensordecedores.
Zarpa el barco del puerto de Valparaíso en una singladura hasta el puerto de Hanga Roa, de La Isla de Pascua.
El Práctico abandona el barco por la enorme puerta de aprovisionamiento, aborda el remolque que ha seguido al barco muy de cerca y se pierde en la lejanía de regreso al puerto de Valparaíso.
Los muchachos, nerviosos, ya suben y bajan buscando sus respectivos camarotes. Las señoritas se alojan por parejas en la cubierta 2; los jóvenes también por parejas, pero hasta el fondo en la cubierta número 6 junto al enorme y ruidoso cuarto de máquinas.
Les espera un largo recorrido de 2045 millas náuticas, rumbo al Oeste, pues al Sur del Trópico de Capricornio, en el paralelo 35, se ubica la misteriosa Isla de Pascua.
Se inicia, pues, una experiencia maravillosa e inolvidable para los alumnos de la universidad.
Atracaron en la isla al tercer día de la salida del industrioso puerto de Valparaíso; se instalaron en el hotel previamente reservado y, a la mañana siguiente, después de un abundante desayuno, se disponen a caminar hacia las 7 estatuas más cercanas ubicadas junto a la playa.
Los maestros les piden que se agrupen porque el guía les va a tomar una foto. El día está fresco y soleado. Las estatuas de caras grotescamente achatadas, sin cuello, con narices y orejas tan prominentes como desproporcionadas, y con algunas cabezas coronadas con una especie de ribete rojo cilíndrico, a manera de bonete, son un motivo excepcional para la fotografía. El mar Pacífico, de un azul intenso, les servirá de telón de fondo.
Antes de tomarles la foto a los jovencitos, el guía aprovecha la reunión para informarles que los monolitos se esculpieron con las canteras extraídas del cráter del volcán Rano Raraku, situado en la parte oriental de la isla, al que mañana le harán una visita.
Fue precisamente ahí, en esa lejana isla, junto a los gigantescos megalitos, a menos de cien metros de un misterioso cementerio, que Renata y Martín tuvieron su primer contacto. Allí surgió en el corazón de la chica por primera vez, la chispa irresistible del amor... del casto amor.
Capítulo 3
Renata desvela su secreto
Es hasta esa tarde soleada de verano, pero fresca por la suave brisa del Pacífico, que Renata se decidió. Mientras escucha desde la ventana abierta de par en par —la única que hay en su habitación— a Chabuca, el rumor de la calle y los chicos jugando al fútbol, resuelve que su secreto ya es impostergable. Decide que antes de decirle nada a sus padres, va a informar a Mariana en primer lugar. Enseguida le llamaría por teléfono para darle la feliz noticia.
Pero el silbato del trasbordador, apenas audible por la lejanía, interrumpen sus pensamientos. Y en una sucesión de escenas vertiginosas le traen a la mente los sucesos ocurridos en la isla, así como su desdichado encuentro con Martín.
En efecto, los tres silbatazos que anuncian la salida del barco de pasajeros hacia el Sur, al industrioso e importante puerto de Valparaíso, ubicado casi a la mitad de la franja chilena, y punto de enlace con algunas islas del Pacífico del Sur y del Lejano Oriente, por sí solos le traen, cada quince días, tristes e imborrables recuerdos. Pues precisamente en el Lucero del Antártico, navegando de regreso de La Isla de Pascua hacia el continente, ella y Martín sellaron sus destinos: Renata fue flechada por el impacto instantáneo del sincero amor; cree en las promesas de matrimonio inmediato y cede a las necias y desconsideradas solicitudes de la prueba del amor. Reconoce que con base en estos sentimientos y promesas, que rebasan los linderos de un noviazgo decente, y abusando Martín de la ingenuidad de Renata, no obstante su probada inteligencia y sus 19 años cumplidos, ésta se le entrega completa y sin reservas, provocando que sus vidas, desde ese preciso instante, den un vuelco inesperado y dramático.
Sentada en el alféizar de la ventana, acompañada por las cadencias musicales de La Flor de la Canela, y sintiendo los ligeros y persistentes movimientos en su seno materno, Renata acepta su gravísimo error; comprende que se dejó engañar como una tonta y los tres silbatazos del trasbordador periódicamente se lo recuerdan.
No olvida que siendo apenas una niña de doce años, su madre le dio ciertos consejos que le golpean el cerebro:
—Ahora que experimentas eso —le dijo su madre—, que no tiene por qué preocuparte, debes saber, que del contacto sexual con un hombre, provienen los niños, ¿comprendes lo que te quiero decir?
—Sí, mamá —fue la respuesta de la niña Renata—, lo comprendo.
—Bueno, pues de ahora en adelante cuídate tú misma. A tu padre y a mí no nos gustaría vigilarte, porque confiamos plenamente en ti. La honra de una niña como tú, depende en mucho de cómo te hagas respetar en el trato habitual con tus compañeritos, de la educación que has recibido de nosotros y de tus maestros. Así que ten mucho cuidado, respeta y exige respeto hacia tu persona. ¿Me entiendes, o prefieres que te dé explicaciones más claras y precisas? En tal caso, yo lo haría con mucho gusto.
—No, mamá, no es necesario que me des más explicaciones, entiendo muy bien lo que me quieres decir.
—¡Excelente! —Sentenció la madre, le dio un beso en la mejilla y dio por concluido su consejo. Nunca más se volvió a mencionar el tema.
En sus continuas reflexiones, Renata se hace preguntas sin encontrar lógicas respuestas:
¿Por qué el sincero amor suele ser objeto de traiciones tan infames como la perpetrada por Martín hacia mí?
¿Cómo es posible que no haya sido capaz de aquilatar el profundo y sincero amor que yo sentí por él?
¿Por qué me ocultó que tenía compromiso formal con una chica, en el momento de exigirme la prueba del amor?
¿Es que el común de los hombres de una manera cruda, vulgar y obscena, sólo persiguen satisfacer sus apetitos sexuales sin considerar las graves consecuencias futuras?
La hipocrecía de Martín, mientras duró la excursión en La Isla de Pascua, estaba claro que obedecía a una perversa idea preconcebida: violar por violar, dañar por dañar sin miramientos.
Pero Renata reconocía que fue tan ciega y tan necia que su instinto de mujer, echa y derecha, quedó bloqueado, a tal grado, que fue incapaz de prevenirla del monumental engaño, de la cruel artimaña urdida por un sinvergüenza ocurrida a su regreso de La Isla de Pascua al puerto de Valparaíso, que fue donde tuvieron en repetidas ocasiones contacto sexual. Se reprochaba que ella misma bajaba hasta la cubierta 6, donde estaba el camarote de Martín, éste cerraba la puerta con pasador y se entregaban a un apasionado romance sin freno.
Fue de esta manera que Renata echó a la basura los consejos de su madre, y ahora se sentía sucia y despreciable, no obstante el bebé en su vientre. Vivía atormentada sin poder definir con transparencia el giro que le daría a su vida, o era el destino el que se encargaría de fijar el rumbo que debería andar. ¡Estaba confundida, muy confundida!
Antes de llamar a Mariana para participarle su decisión, Renata contempla la foto con nostalgia, aquella inolvidable fotografía donde está al costado de Martín con las manos entrelazadas; observó que los monolitos lucen enormes, y que el océano Pacífico muestra un azul tan intenso, como profundo. Recuerda, además, que frente a los gigantes, en una explanada como de dos hectáreas, había un cementerio a cielo abierto con blancas cruces perfectamente alineadas. No puede precisar por qué recuerda ese cementerio, pero sabe que lo tiene gravado en su memoria.
***
Un chico carismático, vivaracho, de 22 años, alto (1.85 de estatura), inteligente y líder natural de su grupo, llamado Martín, de inmediato se colocó al lado de Renata para la foto.
La verdad es que no se había fijado en la serena belleza de la chica, en sus rasgos ligeramente polinesios, en su esbelta y muy bien formada figura y en su pelo negro sutilmente ondulado.
Ahora, atrevido, la coge de la mano entrelazando sus dedos con los de ella; Renata sintió su calor y, apretándola, acusó recibo del mensaje.
Durante el tiempo de la excursión, con el consentimiento de ella, Martín no la dejó ni a sol ni a sombra.
En las comidas, era su acompañante obligado; en el autobús, para visitar los lugares turísticos de la isla, se sentaba a su lado; en la playa, la apartaba del grupo para abrazarla y besarla con pasión, dejando que las olas los trajeran al garete; en la discoteca, bailaban incansables hasta que los maestros les ordenaban regresar al hotel, esto es, a la una de la mañana; los domingos en
la iglesia, en Misa de 12, Martín y Renata juntos,... siempre se les vio juntos. Trabaron un estrecho vínculo punto menos que increíble, pero sin formalizar jamás la relación de noviazgo. Formalidad que Renata, por supuesto, no advirtió.
Ella se mostró incapaz de reconocer, que su comportamiento con aquel chico, casi desconocido, desbordaba los límites de la amistad, y que por ningún motivo debió permitirle las libertades que se tomó. Estaba consciente que actuó con ligereza, y que creyó en las absurdas promesas de su fortuito acompañante, de llevarla al altar. En vez de rechazarlas, como era su deber, Renata volaba en las nubes transportada al país de las ilusiones.
La feliz pareja ignoraba, por supuesto, que la amistad iniciado con tan buenos augurios en aquella lejana isla en medio del Pacífico inmenso, provocaría extraños, dolorosos y extravagantes sucesos. Jamás imaginaron el desenlace de su febril romance.
Sentada junto a la ventana de su habitación, aquellos felices momentos en la isla y en el trasbordador, le arrancaron un hondo
suspiro que se desvaneció tan pronto como cerró las hojas de la ventana.
Poco después de su regreso de La Isla de Pascua, la maestra citó a Renata en la cafetería de la escuela. Le preguntó que si seguía viéndose con Martín, Renata le dijo que sí, pero que lo notaba muy distante, y que no comprendía el por qué de su inexplicable proceder. La maestra no se anduvo con rodeos. De sopetón le dijo que se alejara de él, que ella sabía, de muy buena fuente, que él mantenía una relación muy estrecha con una chibola llamada Yolanda, de la ciudad de Antofagasta; que lo terminara cuanto antes, porque ese noviazgo no tenía futuro; que era preferible hacerlo ahora mismo antes de que se dañaran aún más sus sentimientos; que, finalmente, Martín no le podía ofrecer nada y que era probable que estuviera jugando con sus emociones.
Esta recomendación, tan inoportuna como sorpresiva, la dejó algo así como muda, pues la maestra ignoraba que nunca hubo ningún noviazgo, que fue tan inmensamente bruta que se le entregó sin reservas y que para colmo de males presentía que ya estaba embarazada. El tiempo le daría la razón.
Siguió viéndose con Martín por unos cuantos días más, no le comentó las advertencias que le hizo la maestra, y aprovechó para decirle que era muy probable que estuviera esperando un hijo suyo, que era obligado hacer algo, tomar una decisión antes de que fura demasiado tarde.
Martín siguió engañándola con toda soltura. Le dijo que no se preocupara, que ya su madre sabía que los dos se estaban conociendo, que era prudente que aceptara una invitación para comer con ella, con el objeto de que se fueran tratando; que todo se arreglaría convenientemente, y que él le diría cuando iría con su madre a su casa para pedir su mano y formalizar, de una vez por todas y para siempre, la relación y, de paso, fijar la fecha de la boda.
Al ver Renata que él seguía mintiéndole con total descaro, le preguntó:
—¿Y qué vas a hacer con Yolanda?
Martín no perdió la compostura e insistió en la mentira:
—¿Cuál Yolanda? Con ella terminé desde hace tres meses. Mi noviazgo con ella está totalmente olvidado. ¿No ves que todo mi amor lo vuelco hacia ti? —Y le dio un beso en la mejilla.
—Deja de mentirme, Martín y no seas caradura. Sé que estás a punto de contraer nupcias con la chibola de Antofagasta. ¿Acaso crees que no me doy cuenta?
Martín calló, dio la media vuelta y se marchó. Renata quedó rabiando de coraje. Desolada no supo que hacer ni a donde refugiarse. Muy contrariada se fue al salón de clases.
Al día siguiente, Martín desapareció de su vida. Jamás lo volvió a ver.
Segura de que ya Martín no iba a la facultad, se armó de valor y le preguntó a la maestra si tenía noticias de él. Ella le dijo que en la Dirección ya le habían cancelado la matrícula, porque su madre avisó que se iba a casar.
Esta noticia acabó de destrozarla e inexplicablemente sintió un extraño odio hacia su bebé. Sin saber qué hacer, acudió a su paño de lágrimas: Mariana.
Luego de narrarle todo lo ocurrido en la isla y en el barco a su regreso al puerto de Valparaíso, su amiga le dijo:
—¿Pero por qué lo hiciste, Renata? No debiste hacerlo ¿Estás embarazada?
—Sí, creo que sí.
—Y ahora qué vas a hacer.
—No sé, estoy muy confundida, y tengo mucho miedo.
—¿Lo saben tus padres?
—No, aún no se los digo.
—Pues pide ayuda.
—A quién. ¿Me puedes decir a quién?
—No sé, pero algo debes hacer. ¿Estás segura que Martín se va a casar?
—Sí, la madre avisó a la Dirección que cancelaran la matrícula de Martín, porque se iba a casar. Ése fue el motivo que dio su madre. Sonó el timbre de entrada a clases, cortando la conversación de las dos amigas, pero de cualquier manera, como era de esperar, Mariana no la hubiese podido orientar. En realidad, ¿quién pudiera orientarla? Nadie.
Renata no contaba mas que con dos alternativas: abortar o dejar que el bebé se desarrolle en el útero con normalidad.
El cielo sabía que ella anhelaba seguir siendo una señorita, pero los leves mareos y ascos le notificaban que ya era demasiado tarde.
Una cosa sí le queda clara, y es que nadie es más culpable que ella misma: se dejó seducir como una boba por un sujeto perverso, embustero y abusivo. Jamás debió acostarse con él ni con nadie.
Como una ráfaga en el cerebro recordó los breves consejos de su madre. Si le hubiera hecho caso... Qué tarde comprendió que el hubiera no existe.
***
Por fin se atrevió. Temblando de miedo marcó el número telefónico de Mariana. Supo que esta comunicación sellaba su destino imprudentemente labrado por ella misma. La atrapó un ligero temorcillo que presagiaba groseros cambios.
—Aló. ¿Quién habla? —Contestó Mariana.
—Soy yo, Renata. ¿Sabes? te tengo buenas noticias, felicítame.
—Anda, primero dímelas que me muero por conocerlas, y ya luego veremos.
—Pues nada, que hoy es el día. Mis padres se fueron de compras, y a su regreso se los voy a contar todo.
Deséame suerte, Mariana, y reza por mí. ¿Lo harás?
—¡Claro que voy a rezar por ti, lo juro! Te felicito por ser tan valiente. Ya verás cómo después te vas a sentir muy bien; tú y el guagua se van a librar de la terrible tensión. Suerte, Renata, mañana hablamos. Adiós.
—Adiós, Mariana. —Colgó.
Temblando, admitió que ya no había reversa, y que este era el momento de confesarles a sus padres su vergonzoso secreto; narrarles con valor y con toda franqueza que se dejó engañar como una imbécil por un joven abusivo del que se enamoró como una loca; en fin, decirles que traicionó la confianza que depositaron en ella. Eso era todo. O, ¿acaso había algo más?
***
Cuando regresaron sus padres de hacer las compras, don Eduardo se fue a la cocina, dejó su periódico encima de la mesa, se preparó una taza de café y se sentó a leer.
Doña Sofía, por su lado, entusiasmada subió a la recámara de su hija, y, con toda calma, empezó a abrir los paquetes para enseñarle lo que le habían comprado.
Pero, Renata, visiblemente nerviosa, y restándole importancia a los obsequios, con firmeza la interrumpe:
—Espera, mamá, olvida eso, no sigas por favor. Primero déjame decirte que estoy embarazada. Hace tres meses que no reglo.
—¿¡Qué!?
La madre, lentamente se incorporó, gira su cuerpo para quedar cara a cara frente a su hija; al instante sintió que la noticia le desorbita los ojos y le crispa los nervios y que una oleada de sangre le inunda el cerebro. Pero con un esfuerzo inaudito se contiene para no voltearle la cara de una bofetada. Demudada y casi en secreto la enfrenta, la sacude violentamente de los hombros y con una mueca de asombro reflejada en el rostro doña Sofía furiosa le suelta una ensarta de preguntas:
—¿Me estás diciendo que te metiste a la cama con un sujeto? ¡Con quién, anda, dime con quién! ¿Dime cómo le vas a explicar a tu padre esta barbaridad? ¿Dime en dónde dejaste la educación y el ejemplo que te dimos? ¡¡¡Los echaste por el desagüe, Renata!!! No, no lo puedo creer... esto tiene que ser un error de tu parte... ¿Acaso ignorabas las consecuencias de irte a la cama con un hombre? ¿A dónde fueron a dar mis consejos? ¡Le abriste la puerta al primero que encontraste! ¡Qué lamentable! ¿Nomás a eso fuiste a La Isla de Pascua? ¿De modo que mis fundadas sospechas se confirman ahora? Yo estuve a punto de decírtelo, pero... —abruptamente corta la frase para tupirla a preguntas—: ¿has visto al ginecólogo? ¿Te ha revisado alguien? ¿Te has vitaminado? ¿Haz hecho ejercicio? ¿Lo saben en la facultad? ¿Tu novio está al pendiente de tu embarazo? ¿Quién es él? ¿Por qué nunca nos lo presentaste? ¿Estás segura que tienes tres meses de embarazo...? ¡Por Dios, Renata, no debiste hacerlo! Pero en fin, ya está hecho y ahora hay que decírselo a tu padre; será una sorpresa muy dura para él, pero juntos debemos encarar el problema y darle solución, está de por medio la salud del guagua. Sentenció doña Sofía que no atinaba cómo empezar; estaba descontrolada y no sabía cómo decírselo a don Eduardo, pero sabía que era forzoso darle la noticia, ahora.
Si ella estaba pasmada por el sofocón, Renata gemía nerviosa con el pelo suelto en la cara, al borde del llanto.
—Serénate —le ordena—. Voy a llamar a tu padre y necesitas calmarte. —La madre le exige calma sin advertir que ella misma está hecha un manojo de nervios:
—¡Eduaaardo! ¿Puedes subir un momentico?
—Sí, enseguida subo.
El señor está leyendo el periódico en la mesa de la cocina plácidamente sentado en una silla saborea una taza de café. Al terminárselo, con toda calma se quita las gafas y las deja encima
del periódico, sube a la planta alta hacia la recámara de su hija, y, boquiabierto, mira a su mujer afligida y a Renata lloriqueando. Los regalos, en desorden, están encima de la cama.
—Pero, ¿qué es lo que está pasando aquí?
Inquiere don Eduardo, ignorando que la noticia que está a punto de recibir lo va a electrocutar. Continua:
—¿Ocurre algo? ¿Por qué llora Renata? ¿Me pueden decir cuál es el argumento del drama?
—Sí, cómo no. Renata tiene tres meses de embarazo.
En un acto reflejo don Eduardo se cogió del respaldo de la silla para no caer. Aturdido por el impacto de la noticia alcanzó a exclamar:
—¡¿Queeé?!
—¡Que Renata está encinta! ¿Eres sordo o te haces?
Doña Sofía casi le grita. Admite al instante que jamás lo había tratado así. De corridito, atropellada, nerviosa, autoritaria y con fingida entereza, le rinde un detalle pormenorizado del presente y del porvenir:
—Que dentro de seis meses Renata va a ser madre; que vamos a ser abuelos tú y yo; que desde este momento es nuestro deber apoyarla, comprenderla y darle amor para que el nene nazca bien sin el trauma de lo ocurrido; que rechazarla o reñirla agrava la situación y no se remedia nada; que desde ahora estamos involucrados los tres; que Renata debe abandonar de inmediato sus estudios; que hay que llevarla cuanto antes con el ginecólogo, y, por último, que es así como debemos entenderlo.
Visiblemente perturbado, y haciendo un gran esfuerzo, don Eduardo reclama:
—¿Cómo,... pero,... Renata,... cómo pudiste hacernos esto? —Trágico, con las dos manos mesándose los cabellos y con el rostro desencajado sigue enfrentando a su ofuscada hija:
—¿Te das cuenta? ¡Tú nuestra única hija! A la que educamos con esmero, con sólidos principios morales, cristianamente, y predicando siempre con el ejemplo; te inscribimos en el mejor colegio del puerto para que recibieras una educación de calidad; hasta ahora nuestro hogar, a ti te consta, lo he guiado por el sendero de la decencia y la honradez, hemos sido felices... Y, ¿ahora nos sales con esto?... No puede ser.
Al percatarse doña Sofía que su esposo está al borde del colapso, interviene conciliadora para atemperar los ánimos:
—Hijita,... Renata,... nos puedes decir,... ¿quién es el padre del guagua? —Renata ataja a su madre segura de que Martín ya está a un año luz de distancia:
—¡No, mamá, no se los voy a decir. Eso es lo que menos importa!
Por su parte don Eduardo, para sosegar sus propias emociones, y con la obligación de conseguir más información, con enfado la interroga:
—¿Pero cómo no va a importar, Renata? ¡Claro que importa! Hay qué exigirle a ese bribón que te cumpla, que se case contigo y que registre al niño a su nombre. De lo contrario, me veré obligado a proceder judicialmente, aprehenderlo si fuese necesario. —Don Eduardo dicta sentencia—: Tú eres menor de edad y él, sin duda, abusó de ti. ¿Te violó? Anda, dime, ¿este sujeto te violó?
Con enojo Renata le reclama a su padre, pero a la vez le ofrece sus razones:
—¡Ay, papá, no inventes, por favor, que no hubo nada de eso! Lo hice por amor; lo hice con mi pleno consentimiento; lo hice porque me enamoré de él; lo hice por sus promesas de matrimonio que fueron un engaño; lo hice porque creí en él, y desde que le dije que estaba encinta, huyó... es más, hace poco contrajo matrimonio con una chibola de Antofagasta, y eso me ofende, papá. Nunca más lo he vuelto a ver, y me siento anulada, sin dignidad, hundida. ¿Lo entiendes, papá?
Cabizbaja, con su bello rostro congestionado por el copioso llanto y con sus ojos negros fijos en el vacío, Renata vislumbra duros reveses, presiente que su destino, resbaloso, se está configurando.
Mientras que don Eduardo, desconsolado e impotente ante la poca capacidad de maniobra que le dejan las circunstancias, y cogiendo firmemente la mano de su esposa, débilmente insiste en su exigencia, pero ya en franca retirada:
—Sí, lo entiendo, Renata, pero tú también debes admitir que tu madre y yo, queremos que nos digas quién es él.
Bajando el tono de su defensa, Renata replica todavía con firmeza:
—No, papá, no quiero que lo sepan, no vale la pena. Mi pareja se burló de mí al contraer nupcias con otra, y al dejarme embarazada con un palmo de narices. Ahora estoy rabiosa por su infame proceder. Más bien les pido que cuando llegue mi hijo lo reciban con amor. Con eso me basta. Pero por ahora, ya déjenme en paz.
Sus padres callaron. A una discreta señal de doña Sofía, todavía cogidos de la mano, salieron de la recámara.
Renata se quedó anegada en llanto. No hubo sorpresas. Así imaginaba el encuentro con sus padres: decepcionante para ambas partes.
Una vez que se hubo recuperado del incidente, guardó los regalos en el armario sin abrirlos; apagó la luz y vestida se metió a la cama.
¿Cómo informarle por teléfono a su amiga Mariana lo sucedido en este momento con sus padres? Por ahora no estaba en condiciones de hacerlo, se encontraba tan contrariada que decidió hacerlo personalmente hasta el día siguiente.
En este momento pensaba que era indispensable limar asperezas con sus padres, atender las necesidades de su embarazo para asegurarse de que su hijo estuviera sin sobresaltos en su seno materno, y acudir a la universidad regularmente.
«Cuando vea a Mariana en la escuela —pensó— se lo contaré todo. O, tal vez,...»
***
Al día siguiente Renata le dio un giro inesperado a sus planes.
Se levantó más temprano que de costumbre, se dio un baño con agua caliente, metió toda la ropa que pudo en dos mochilas, desayunó con sus padres y su madre afectuosa le dijo:
—Ponte el abrigo y tu sombrero porque está haciendo mucho frío.
—Sí, mamá, horita me los pongo.
Les dio un beso en la mejilla a cada uno y se marchó. El padre la detuvo diciéndole:
—Ayer en la noche el ginecólogo me dio cita para mañana a las cinco de la tarde, va a revisarte. Sofía irá contigo.
—Sí, papá, gracias, a esa hora procuraré estar lista.
En vez de tomar el minibús para dirigirse al colegio, paró un taxi que la llevó a la Central de Autobuses.
***
En el puerto de Arica la noticia se propagó de inmediato.
Los atribulados padres echaron mano de todo.
La gendarmería acuciosa la buscó por cielo, mar y tierra, sin éxito.
Se pagaron anuncios radiofónicos invitando al público a denunciar el paradero de Renata.
Don Eduardo, desesperado, decidió publicar una fotografía de su hija, pero doña Sofía se lo impidió, diciéndole: «no lo hagas, Eduardo, ¿qué no ves que la exhibes?», pero cuando quiso cancelar la orden de publicación, la foto ya estaba en prensa y ya era imposible cancelarla. Al pie de la fotografía le suplicaba a su hija que, por favor, se comunicara con sus padres porque la estaban esperando, en su casa, con los brazos abiertos; que no tenían nada que reprocharle porque lo único que deseaban era cuidarla, darle aliento y, ante todo, atender las necesidades que estaba demandando.
No hubo respuesta. A Renata se la tragó la tierra.
El personal de la facultad recibió la noticia de la desaparición de la chica, con sincera pena.
Sorprendidos los compañeros de Renata, por su lado, les ofrecieron a los padres hacer hasta lo imposible por encontrarla.
Algunos muchachos se fueron a la ciudad de Antofagasta para entrevistar a Martín.
Éste, muy molesto, les dijo que no tenía noticias de de ella desde que llegaron de La Isla de Pascua, que por ningún motivo volvieran a incomodarlo con este asunto, porque él ya era un hombre felizmente casado. Que su noviazgo con Renata fue cosa de estudiantes y por tanto intrascendente y sin importancia.
Ciertas voces en el puerto noticiosas afirmaban que la joven se había refugiado en un convento de la ciudad de Cuzco, en el Perú; las malas lenguas alegaban que la chica se había suicidado arrojándose al mar desde un acantilado; los borrachos, en las cantinas del muelle, más atrevidos, afirmaban haber visto a la joven trabajando en un burdel de categoría en Santiago; las señoras del barrio, donde vivía Renata, le aseguraron a doña Sofía que su hija se encontraba en el puerto Punta Arenas, de la región de Magallanes en la antártica chilena, que sería conveniente que se fijara en la lista de vuelos hacia esa remota región para cerciorarse de su dicho.
En fin, rumores sin cuento, falsos rumores, pero de Renata, nada.
ESTA HISTORIA CONTINUARÁ...