MI PAPÁ RAMÓN
Por Rogelio Montaño Bustos
Querida Rosa Elena, te voy a contar algo de nuestro abuelo que ha quedado en el olvido. Espero que no me falle la memoria y que los datos con los que visto el relato resulten congruentes.
Mi papá Ramón trabajaba en Palacio de Gobierno como Visitador de Hacienda, por lo que muy frecuentemente salía a los municipios a corroborar que el 5% de la producción agrícola se cobrara correctamente. Al mismo tiempo, vigilaba que los Recaudadores de Rentas funcionaran adecuadamente cobrando los impuestos, productos, derechos y aprovechamientos conforme a la Ley de Ingresos del Estado.
Mi abuelo era muy entregado a su trabajo y apreciado por el Tesorero General del Estado que era su jefe directo. Pero también gozaba del buen trato y respeto de los señores Recaudadores de Rentas. Por ejemplo, cuando iba a la Receptoría de Rentas de Apatzingán, nos traía cecina, que a veces era de venado; cuando le tocaba visitar la Receptoría de Tinganbato, llevaba a la casa una caja de chirimoyas; de Cotija, queso seco o fresco; de Nueva Italia, adoberas; de La Piedad, longaniza; de Tareta, una caja de chicos muy dulces. Y así de casi todos los municipios. El caso es que casi nunca llegaba a la casa con las manos vacías. A él le gustaba llevar fruta los domingos a la casa, muy preferentemente sandía. Sabía escogerlas muy bien.
Él no tomaba ni era parrandero, era un señor probo, de un excelente humor y no usaba el lenguaje altisonante. Jamás le oí un pendejo. Sus regaños, que casi nunca se daban, eran, por ejemplo: A ver, tú Jesús, ¿por qué le pegaste a este muchacho? Este muchacho era yo. Al instante intervenía mi mamá Tita al ver a mi madre sumamente avergonzada por el reclamo de mi abuelo: Es que este incapaz de Rogelio ya no nos lo aguantamos, mételo a la correccional a ver si así se doma. O intérnalo en La Escuela España México y que ahí lirien con él. Por a´i te puedes imaginar lo que era yo, querida Rosa Elena. Pero has de ver que yo no entendía, era rebelde, pero no retobón. No sé; sería quizás por la falta de mi padre o, porque, como yo fui el primer nieto de mi abuelo, era su consentido. Ve tú a saber.
Cuando yo era muy niño, ya en la casa de Corregidora 516, mi abuelo me daba un dos de domingo y mi abuela, un centavo. Me iba a la esquina con Chelita Pureco, que en la puerta de su casa sacaba una mesita de golosinas: unas cazuelitas así de chiquitas de atole tembloroso, habas tostadas, bolitas de leche, ponteduro, semillas, charamuscas y chiclosos. Yo compraba un centavo de semillas que me encantaban. A veces compraba una bolita de leche, una charamusca, o una cazuelita de atole de zarzamora y me iba a la escuela Esther Tapia, descalzo, pero feliz la vida a jugar roña o a los alguaciles con chiquillas y chiquillos.
Los domingos, después de desayunar, mi abuelo caminaba por la cuadra de la casa, de una esquina a la otra. Y cuando no me llevaba al parque a caminar, se iba a la Plaza de Armas, se sentaba en una de las bancas enfrente de catedral a ver pasar la gente y a escuchar la música de la banda que tocaba en el quiosco. Algunos domingos se le unía su amigo Zavalita,un señor muy estirado, de rostro blanco, de sombrero y bastón, alto y delgadito, vestido siempre de traje, corbata y chaleco, como mi papá Ramón. Nunca supe en qué o con quién trabajaba, ni en dónde vivía o si era casado o con hijos.
Cuando veía que Zavalita se sentaba a platicar con él, mañosamente me les hacía presente y le pedía un centavo a mi abuelo: ¿Pues qué no te di ya tu domingo? Me preguntaba mi abuelo. Sí, pero ya me lo gasté y quiero comprar cacahuates. El señor Zavalita sacaba un dos y me lo daba: No, señor Zavalita, no se moleste, gracias. Anda, Roge, coge el dos, y vete a comprar tus cacahuates. Muchas gracias, señor Zavalita. Me iba corriendo a comprar un puñito de semillas que me provocaban unos pedos que p´a qué te cuento, prima querida.
Fueron pasando los años y yo seguía siendo un callejero bueno p´anada. Para empezar, no acabo de entender por qué carajos cursé la Primaria en 4 diferentes escuelas: La Esther Tapia, la Moderna, la Tipo y la Mariano Michelena. Por a´i le puedes ir sacando cuentas, querida Rosa Elena. Jamás me sentaba como Dios manda a hacer la tarea. Allá de chingadera me sentaba a hojear El Tesoro de la Juventud o a leer un párrafo que me obligaba mi mamá Chucha a cambio de dejarme ir con Antonio, el hijo de mi tía Clotilde, que vivían en la calle de Fuerte de Cóporo. Para todo el año escolar, casi siempre me compraban dos cuadernos, uno de raya y el otro de dibujo; una cajita de colores, un lápiz, un tintero y un manguillo con pluma para escribir. Eso era todo. Me llevaba mi mamá a La Camarita y ahí comprábamos los útiles escolares.
Cuando yo ya tenía 19 años ganaba muy buenos centavos, pues en las mañanas trabajaba en el rchivo de La Tesorería, con mi tío Ramón, que era el jefe de ese departamento. Ahí me pagaban $ 114.00 pesos quincenales. Por las tardes, trabajaba en la administración del hotel Virrey de Mendoza, con un sueldo de $ 300.00 pesos al mes. Casi juntaba los 600 pesos mensuales. (Con el sueldo de 20 pesos diarios me casé con doña Rosa). En el hotel, el horario era de 4 a 11 de la noche. Ahí cenaba. Generalmente pedía un filete y de postre chongos.
Como a las 11 de la mañana del año de 1952, no me acuerdo del día ni del mes, le ordenaron a Ramón que se presentara inmediatamente en la oficina del señor Tesorero General del Estado. Ahí le dieron las siguientes instrucciones: "Váyase a Pátzcuaro, porque a su padre lo tumbó un caballo y está herido. El señor don Rugiero Zepeda, Recaudador de Rentas de esa ciudad, ya se le dieron instrucciones precisas para que lo apoye en todo lo que sea necesario."
A las dos y media que salí de Palacio de Gobierno, me fui rapidito a la casa. Todos estaban muy acongojados. Mi mamá Tita se fue con Ramón a Pátzcuaro, de modo que a esas horas estábamos sin noticias. Comí con un nudo en la garganta y me fui a trabajar al hotel. Toda la tarde no dejé de pensar en mi abuelito.
Cuando llegué a la casa a eso de las once y media de la noche, vi que había luz en la sala y que las dos ventanas estaban abiertas. Me flaquearon las piernas y luego luego me alarmé. Yo acostumbraba meterme a la casa por la ventana de la recámara de Ramón, me dejaban la puerta entreabierta para que yo pudiera entrar, me brincaba la ventana y eso era todo. Esta vez no lo hice, porque me asomé por la primera ventana de la sala y ahí estaba la caja negra con 4 cirios encendidos. Ahí estaba mi abuelito, mi papá Ramón tendido y muerto. Me metí a la casa por el zaguán, que también estaba abierto y entré a la sala. Al verme los familiares, todos comenzamos a llorar. A mi mamá Tita le dieron un calmante para que durmiera. Traer a mi abuelo muerto desde Pátzcuaro fue durísimo para ella. Yo estaba inconsolable. Había muerto mi abuelito querido y eso me dolió en el alma. Nunca me dio un beso. Él no se prestaba para eso. Pero sí sentí que me quería entrañablemente. Fui su primer nieto. Eso lo valoró, como si tuviera qué valorarlo, pues nos dio refugio en su casa con aquél familión.
Cuánta tristeza y dolor me invadía en todo el cuerpo. Mi papá Ramón, a sus 71 años, era un hombre robusto y sano. Más tarde comprendí que así son los designios de Dios. Unos mueren y otros nacen, pero hay quienes muren sin haber nacido siquiera. Qué triste, pero así es.
Vinieron de los funerales Bravo a llevarse a mi papá Ramón al Panteón Municipal, estos funerales, ubicados en la calle Ignacio Zaragoza, contiguo al hotel de la Soledad, imprimieron las esquelas. El ataúd lo sacaron de la casa a las 11 de la mañana delante de toda la familia sumamente acongojada. A mi mamá Tita no la dejaron ir al panteón, mi mamá Chucha se quedó con ella a cuidarla. Don Dámaso Cárdenas, Gobernador del Estado, mandó una corona. Lo mismo hizo el Tesorero General del Estado que pagó el alquiler de 3 camiones del Servicio Urbano para que llevaran a la gente al Panteón Municipal. La factura de la funeraria la pagó don Nahúm Pedraza, cajero de la Tesorería.
En la sala no cupieron las coronas y las acomodaron en el pasillo después del portón, es decir, en donde se colgaban los pájaros. El cortejo fúnebre fue muy nutrido. Al pasar por el Hospital General, que fungía como manicomio, en la Av. Madero Poniente, muy cerca de la vía del tren, la campana del centro de la fachada la tañeron tres veces y una al ingresar a las puertas del Panteón Municipal.
Cuando bajaron la caja a la fosa, y los albañiles dieron la última palada de tierra, con cuidado acomodaron las coronas, se limpiaron el sudor, recogieron los implementos de trabajo y se marcharon. Ramón recibió las condolencias de las personas, antes de marcharnos. Yo me quedé pensando: ¡Eh, Dios mío, cómo es el destino de resbaloso y cabrón! Ayer en la mañana desayunamos con mi papa Ramón, mi mamá Tita, Ramón y yo: Una tacita de chocolate amargo del que torteaba mi mamá, un vaso de leche, dos piezas de pan, de La Jarochita de Don Aurelio, y camote achicalado. Luego de desayunar, mi abuelo se fue a Pátzcuaro en el coche de don Rugiero Zepeda. Y hoy estaba muerto y lo llevábamos a enterrar. ¡Dios eterno, cómo es posible esto!
Las cenizas de mis abuelos, de Guille y de Ramón, ahora reposan en el templo de Cristo Rey. Los de mi mamá Chucha, en el templo de La Visitación.
Tres años después de la muerte de mi abuelo, a mi mamá Tita la mató un cáncer. Ella murió a la edad de 69 años. Yo estaba estudiando para Contador Privado en la escuela de Comercio de San Nicolás de Hidalgo. Cinco años después, nos dejó Rodolfo a la edad de 43 años. Me acababa de radicar en Uruapan.
Estos recuerdos entreverados, querida Rosa Elena, al relatarlos me hicieron llorar. Imagínate, creo que a mí me trajeron de México en el año de 1934. Ramón fue por mi mamá Chucha, por Laura y por mí.
Con la familia Bustos viví más de 20 años. En la casa de Corregidora 516, me hicieron la fiesta cuando me recibí de Contador Privado, en 1958. Todos ustedes llegaron chiquillos a esa casa. Ahí vivieron Luis y Toña, de modo que yo disfruté parte de la niñez de Luis y Martha. Creo que todos se refugiaron en la casa de mis abuelos.
Rogelio.
Nota del Blog
El abuelo Ramón murió el día 11 de diciembre de 1952.
La abuelita Modesta murió el 19 octubre de 1955.

























