Carnaval
Es el nombre del período de tres a cinco días que, para los católicos, precede al comienzo de la Cuaresma y, principalmente, el de la fiesta popular que se celebra en tales días, que consiste en bailes de máscaras, disfraces, comparsas y otros regocijos bulliciosos.
Algunos antropólogos han dicho que el Carnaval es una fiesta de inversión social, en la que los pobres se sienten ricos y los poderosos trabajan en esta fiesta al servicio de los habitantes de los barrios más pobres. De acuerdo con esta tesis, esta inversión funciona como una válvula de escape que alivia tensiones sociales y permite el mantenimiento del statu quo. Esto es particularmente verdadero en el Carnaval de Rio de Janeiro, donde no es raro ver un empresario o un diplomático empujando un carro alegórico, desde lo alto del cual un favelado saluda majestuosamente al público, vestido de emperador romano o de dios griego.
El origen de la fiesta se remonta, por lo menos, a las celebraciones orgiásticas que se realizaban en el Imperio romano en honor de Baco y de Saturno, conocidas como bacanales y saturnalias, respectivamente, pero aquí nos limitamos al origen de la palabra Carnaval, que se sitúa en la Edad Media en Italia, principalmente en Roma, Venecia, Florencia, Turín y Nápoles.
En español, Carnaval aparece ya en el diccionario de Nebrija, en el cual se define «Carnaval o carnes tollendas: carnis priuium 'privación de la carne'».
En cuanto al origen de la palabra, los autores coinciden en señalar la voz italiana carnevale, que proviene del antiguo carne levare 'quitar la carne' porque después del Carnaval los católicos inician el período de Cuaresma, cuarenta días durante los cuales no se come carne. Confirma este origen el sinónimo español carnestolendas, del latín tollere 'abandonar'. Actualmente, ha quedado descartada la seudoetimología fundada en el otro sentido de la palabra levare 'confortar', 'consolar', por la cual se había afirmado durante mucho tiempo que carnevale o carne levaresignificaba 'confortar al cuerpo para prepararlo para la austeridad de la Cuaresma'.
Yolanda
Rosa Elena dijo:
Para mi el carnaval significó una enorme alegría y un vuelco en el corazón, al escuchar a lo lejos el sonoro sonido de la tambora y su contagiosa musiquita del indefinible torito de petate; salíamos disparados Chito y yo a la calle para no perdérnoslo y alcanzar a acompañarlo unas cuantas calles. ¡Isabel generalmente ya venía incluída en la caravana!.
Esta peculiarísima ¿corrida de toros? incluía un delirante apache que, dicho sea de paso, un día se descubrirá que inspiró y dió origen nada menos que ¡al dadaísmo! Ahora que si se quiere entender lo que es el sincretismo de México, bastará un vistazo al momento del baile, en donde cualquier ritmo y pasos terminaban por conjugarse risiblemente: rock, twist, danzón de cachetito entre el apache y la maringuía (mari-guía); pero eso sí, en las mañanas, el torito era en aquellos tiempos clasificación A, pegaban solo el cachete, echando ridículamente todo el trasero hacia atrás ja ja.
El supuesto torito, con semejante barroquismo, solo era reconocible por los cuernos, ni a Disney se le ocurrió jamás semejante diseño.
Las mujeres, esposas o familia de los participantes, iban atrás de la banda, como buenas adelitas, con canastas de comida y alcohol para la caravana y por supuesto, vendiendo cascarones de confeti y harina. Hasta las gallinas contribuían con los cascarones con este descuajirrongue que se armaba en el barrio, digno de un cuento de Borola.
Si el torito era muy bueno, la caravana que le seguía podía ser enorme, los de Tarímbaro eran toros enormes y muy celebrados. Todo torito que se preciara de bueno y que incluyera un apache desmadroso, incluia a un titipuchal de escuincles, que los seguíamos y contribuíamos con los cascaronazos y gritos de horror cuando el méndigo apache, en su baile, se acercaba sudoroso a nosotros y con su horrenda rata en la boca ¡nos jalaba para sacarnos a bailar o , por lo menos, amenazarnos con su arco y flecha! Vaya contribución al jolgorio.
De tan absurda, alucinante, espontánea y alegre, esta celebración terminaba por tornarse maravillosamente inocente, risible y feliz. Hermosos y entrañables recuerdos conservo de Chito e Isabel, la cual, para variar, se atrevía a seguirlo más allá del tiempo y distancia reglamentaria, ja ja.
Esta peculiarísima ¿corrida de toros? incluía un delirante apache que, dicho sea de paso, un día se descubrirá que inspiró y dió origen nada menos que ¡al dadaísmo! Ahora que si se quiere entender lo que es el sincretismo de México, bastará un vistazo al momento del baile, en donde cualquier ritmo y pasos terminaban por conjugarse risiblemente: rock, twist, danzón de cachetito entre el apache y la maringuía (mari-guía); pero eso sí, en las mañanas, el torito era en aquellos tiempos clasificación A, pegaban solo el cachete, echando ridículamente todo el trasero hacia atrás ja ja.
El supuesto torito, con semejante barroquismo, solo era reconocible por los cuernos, ni a Disney se le ocurrió jamás semejante diseño.
Las mujeres, esposas o familia de los participantes, iban atrás de la banda, como buenas adelitas, con canastas de comida y alcohol para la caravana y por supuesto, vendiendo cascarones de confeti y harina. Hasta las gallinas contribuían con los cascarones con este descuajirrongue que se armaba en el barrio, digno de un cuento de Borola.
Si el torito era muy bueno, la caravana que le seguía podía ser enorme, los de Tarímbaro eran toros enormes y muy celebrados. Todo torito que se preciara de bueno y que incluyera un apache desmadroso, incluia a un titipuchal de escuincles, que los seguíamos y contribuíamos con los cascaronazos y gritos de horror cuando el méndigo apache, en su baile, se acercaba sudoroso a nosotros y con su horrenda rata en la boca ¡nos jalaba para sacarnos a bailar o , por lo menos, amenazarnos con su arco y flecha! Vaya contribución al jolgorio.
De tan absurda, alucinante, espontánea y alegre, esta celebración terminaba por tornarse maravillosamente inocente, risible y feliz. Hermosos y entrañables recuerdos conservo de Chito e Isabel, la cual, para variar, se atrevía a seguirlo más allá del tiempo y distancia reglamentaria, ja ja.
Ay Isabel, ¡vas a ver con mi mamaaaá!. ¿Me alcanzaría a escuchar?
