Sigo en la sombra de tus pasos el fuego de tu rostro. Tan solo encuentro en el crepúsculo de tus ojos mi soledad reflejada en mil pedazos
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viernes, 6 de marzo de 2009

Renata

Capítulo 10
Se recorre el velo del intrincado misterio


Las dos señoras (algunas veces con Olivia, la nieta de doña Emilia, que ya tenía 12 años cumplidos) se reunían alternando las visitas. Tomaban galletitas con un café y otras veces con te.
Los acontecimiento ocurridos a partir de que Martín se entrevistó con doña Sofía en la casa de ésta, y el relato de que había bailado en la Disco con Renata, con quien mantuvo relaciones íntimas, los garantizaron con el testimonio incuestionable de la chamarra de cuero, prenda de vestir que ahora está en poder de doña Emilia.
Ahora era cosa de exhumar el cadáver de Martín –pensaron- para cerciorase de que no tuviese puesta dicha prenda. Pero de inmediato descartaron la idea que seguramente les acarrearía unos trámites demasiado engorrosos con la autoridad municipal. Además, la petición de exhumación quedaba sujeta al arbitrio de la autoridad, que lo más seguro es que la rechazara por los motivos expuestos que son de si el cuerpo trae la chamarra o no.
Doña Emilia y Olivia se asombraron cuando escucharon que la pareja había bailado en la Disco exactamente a los seis meses de fallecidos. Especularon con doña Sofía que cómo era posible que los dos regresaran del más allá. Calificaron de increíbles estos sucesos. Pero evidentemente fueron verídicos.
Con sincera alegría fueron descubriendo el vínculo sentimental y de parentesco que las unía inexorablemente.
El testimonio de doña Emilia, consistente en que ella misma sepultó a Martín con la misma chamarra de cuero que doña Sofía le había mostrado, constituían pruebas más que concluyentes de que todos estos sucesos, por demás inexplicables, ocurrieron.
Doña Emilia misma admitió haber enderezado gestiones ilegales (con el auxilio de otro de sus sobrinos, que estaba de Juez en la Judicatura Civil, en aquél entonces) para adoptar a una niña en favor del matrimonio formado por su hijo Martín y Yolanda, su nuera, que por desgracia era estéril.
El joven matrimonio permaneció ajeno a la adopción, pues doña Emilia y su sobrino, se coludieron para mantener la adopción en total hermetismo.
Esa niña la bautizaron con el nombre de Olivia y era, ahora lo veían con toda claridad, hija de Renata, por consiguiente, hija biológica de Martín y no su hija adoptiva.
Como Martín y Renata nunca se casaron, las dos señoras venían a ser consuegras de hecho, pero no de derecho. Los documentos de la adopción, en poder de Doña Emilia, lo confirmaban plenamente.
A estas alturas doña Emilia, muy apenada, admitía no estar segura si la arbitraria adopción de la niña continuaba siendo un atropello, pues viudas y solas como estaban, ahora Olivia representaba una verdadera bendición que las vinculaba felizmente: «No hay mal que por bien no venga». Era el venturoso lema de las dos abuelas.
Estas deducciones se dieron paulatinamente, con la ventaja de que fortalecieron los lazos de amistad entre las dos señoras y de parentesco entre doña Sofía y Olivia, que ahora estaba feliz con ellas.
El fortuito encuentro entre Olivia y su verdadera abuela materna, le permitía pasar los fines de semana en su casa, pues le fascinaba dormir en la recámara de Renata, su madre.
Como había muchas incógnitas por resolver y muchos dimes y diretes en torno al “noviazgo” de sus hijos, y con el objeto de no lastimar a Olivia, y manchar la reputación de Renata, que a decir verdad, fue engañada, las dos señoras acordaron dejar los acontecimientos de lado, en aras de fortalecer la amistad.
Decidieron, además, que todos estos hechos los fueran acomodando poco a poco, sin violentarlos, pues los asuntos básicos, las tres, los tenían asimilados.
Convinieron que el próximo lunes irían a rezarle a sus muertos al camposanto.
Ese día, doña Emilia y Olivia, comieron a las tres de la tarde: una crema de betabel, un filete de ternera asado, agua de jamaica y, de postre, una gelatina de mango.
La jovencita, como de costumbre, lavó los trastes. Se prepararon rápidamente, pues doña Sofía no tardaría en llegar.
Cuando llegó a la casa, las dos señoras se dieron tiempo para tomarse un café con galletitas; una vez que se lo terminaron, salieron a la calle en busca de un taxi. Doña Emilia llevaba un rosario y un librito de los Salmos en la mano. Olivia y su abuela Sofía, sendos ramos de flores.
El taxista las dejó, justo en la puerta del cementerio como a las cinco de la tarde. En esa región austral, en invierno, el sol se oculta a las siete de la noche.
El viento empezó a soplar, y debían apresurarse porque el cielo estaba manchado con pardos nubarrones, y en el mar, allá muy lejos, en el horizonte, repetidos relámpagos y rayos anunciaban una fuerte tormenta.
Las señoras y Olivia, al bajar del taxi, se pusieron sus impermeables y sus gorros para la lluvia. Iban debidamente preparadas con sus paraguas.
Al entrar al cementerio, don Crisanto el Sepulturero Mayor, con voz ronca y lúgubre, las advirtió:
—Cuando oigan tres campanadas, regresen luego, porque a las siete en punto cierro el panteón y me voy a la casa a cenar.
***
—¿En dónde está la tumba de Martín? —Le preguntó doña Sofía a doña Emilia.
—Acá, abuelita, es por acá. —Informó, Olivia, comedida, tomándola del brazo para guiarla hasta la tumba de su padre.
Al pie de la sepultura de Martín, doña Sofía estuvo a punto de desmayarse.
Por increíble que parezca, después del accidente de su hijo, doña Emilia, lo sepultó... ¡Al lado de la tumba de Renata!
Ahora las tres no salían de su asombro. Los extraños sucesos —¡otra vez!— las llenaron de interrogantes. Este era, sin duda, un caso paranormal incomprensible por extraordinario.
Apremiadas por el corto tiempo que tenían, y por la advertencia del Sepulturero Mayor, decidieron darse prisa: hicieron el aseo, rezaron unas oraciones y con esmero acomodaron las flores en ambas lápidas.
De pronto, doña Sofía cogió de la mano a doña Emilia y a Olivia, las acercó un poco más hacia la lápida de su hija Renata, y señalándola con el dedo índice, les dijo:
—Justo encima de esta lápida, encontré la chamarra de cuero de Martín.

E p í l o g o
* Los padres de Yolanda, suegros de Martín, hicieron gestiones con las autoridades para que les permitiesen trasladar los despojos mortales de su hija a la ciudad de Antofagasta, con el fin de darles cristiana sepultura.

* Treinta años después, murió doña Sofía, también de cáncer cerebral. Ella falleció luego de seis meses de terribles sufrimientos. Antes de morir, pidió que la sepultaran junto a la tumba de Renata, pues los restos de don Eduardo, su esposo amado, habían sido cremados y sus cenizas ahora reposan en la Parroquia del Verbo Encarnado.
* Doña Emilia, la madre de Martín, murió de neumonía ya muy vieja, de 96 años, en una Residencia para Ancianos. Nadie se presentó a reclamar el cadáver. Se desconoce en dónde descansan sus restos, todo indica que fueron sepultados en una fosa común.
* Olivia sepultó a su abuela Sofía junto a la tumba de su madre Renata. Cuando Olivia cumplió 27 años, contrajo nupcias con un joven Capitán de Navío de la Marina Mercante Chilena. Actualmente radican en la Isla de Pascua, precisamente donde se conocieron sus padres, Martín y Renata. En esa remota isla, nacieron sus cinco hijos: Renata, Sofía, Emilia, Martín y Eduardo, en ese orden.
* Doña Olivia, como su madre Renata y su abuela Sofía, murió de cáncer cerebral a los setenta años. Estaba ciega cuando la sepultaron. Ahora sus restos descansan en el Cementerio Municipal de La Isla de Pascua, justo en frente de los siete magníficos megalitos.
* El Juez de lo Familiar, Luís Lujambio, sobrino de doña Emilia y tío de Martín, fue quien autorizó la arbitraria adopción de Olivia, la hija de Renata. Purgó una condena de 25 años en la prisión federal de Santiago, la capital, por un fraude muy cuantioso perpetrado en agravio del gobierno del presidente don Augusto Pinochet. Éste, originalmente solicitó al juez la pena de muerte para Luís, pero merced a las gestiones de Cardenales y Obispos de La Iglesia Católica, le conmutaron la pena para quedar sólo con la condena impuesta por el juez de la causa.

El cuento de Renata, lo terminé en Morelia, Mich., en el mesde agosto de 2003.
éRogelio Montaño Bustos.










viernes, 27 de febrero de 2009

Renata

Capítulo 9
Doña Sofía conoce a la madre de Martín y a su nieta


—Aquí es, señora, está usted servida, éste es el 316. —Le dijo el taxista a doña Sofía.
—Sí, es el número que busco, gracias.
Aún nerviosa, doña Sofía timbró en el domicilio señalado en el carnet de conducir. Todavía estaba impactada por los sucesos ocurridos hace no más de una hora en el cementerio y esperaba aclarar cuanto antes el embrollo.
—Diga, señora, ¿qué es lo que se le ofrece?
Doña Sofía se tranquilizó un poco al ver que la señora que le abrió la puerta era más o menos de su misma edad. Sin embargo, presintió que los nervios la iban a traicionar. Como no sabía cómo empezar, empezó a tartamudear:
—La chamarra... este... deseo entregársela a su dueño. Verá usted,... perdón, en el bolsillo,... sí, sí. En el bolsillo estaba un carnet de conducir con esta dirección. Eh,... quiero decir,... ¿Es este el domicilio de Martín Balcárcel?
—Sí, señora, aquí vivía él. Pero cálmese, señora, se ve usted muy alterada. ¿Gusta usted pasar? Pase, pase, usted, no se quede ahí afuera. Mire, nomás, estos incapaces pájaros el basural que me echan, pero yo tengo la culpa porque me encantan, con sus cantos alegran la casa, ¿lo sabía usted? Ahora mismo me cuenta qué es lo que le pasa y, ya verá, le voy a preparar un tesito amargo que le va a caer muy bien. Aquí podemos parlotear sin ningún pendiente, pues no hay nadie en la casa. Mi nieta llega hasta las ocho de la noche del famoso inglés. Yo no sé para qué Judas estudian inglés, si no les va a servir para maldita la cosa. Siéntese, por favor, señora, y relájese; esto es, así. Aquí en la mesa de la cocina podemos charlar mientras se toma su tesito calientito. No le voy a poner azúcar, ¿eh? Sí, efectivamente este fue el domicilio de mi hijo Martín, y parece que esa era su chamarra de cuero, pero primero necesitaría yo revisarla con cuidado para afirmar, con toda seguridad, que es la chamarra de mi hijo. Pero, ¿cómo se hizo usted de ella, señora? —Doña Sofía ansiaba argumentar acerca de la chamarra, contarle todo lo sucedido ayer domingo, pero doña Emilia no dejaba de hablar— El pobre de mi hijo... Verá usted, le voy a contar: el sábado,... ¡sí, claro, sí! —Mientras la señora hervía el agua para el té de su inesperada visita, hablaba y hablaba sin parar, de espaldas a doña Sofía—. Como le estaba yo diciendo, ay señora, figúrese que, casualmente, este sábado que pasó, antier, sí, sí, antier, hizo justo seis meses,... se mataron mi hijo, Martín, con su esposa Yolanda —escuchó un ruido extraño que no interrumpió su monólogo—. Cuando ocurrió el fatal accidente, sí, señora, mi hijito llevaba puesta esta misma chamarra de cuero. Cómo no la iba yo a reconocer, si su padre se la regaló para su cumpleaños. Fue tan grande mi pena que, créame señora, todavía no me consuelo. Sabe usted, soy viuda, señora, y este aterrador accidente, para mí, fue demoledor y me destrozó por completo la vida. ¿Sabía que el vehículo quedó hecho trizas, señora? Estoy segura que no. Sólo Dios sabe que no me voy a resignar nunca. Pero mi nieta, porque, ¿sabe?, yo tengo una nietecita que se llama Olivia. Pues, verá usted, sólo ella se salvó del horroroso accidente. Venían en el coche del puerto de Antofagasta para reunirse conmigo a celebrar mi cumpleaños, pero,... —volteó a ver a la visita que permanecía callada, cortó la frase, se llevó las manos a la cara, y gritó:
—¡Pero, señora, qué es lo que le pasa!
Doña Sofía yacía de bruces encima de la mesa, suelta del cuerpo y con los brazos colgando.
¿Qué tiene? ¡Por favor, dígame algo, señora! ¡Ay, Dios mío, se desmayó! ¡Qué hago, San Judas Tadeo, por favor, ilumíname! ¡Qué le doy! ¿Dónde dejé el alcohol? ¡Despierte, señora, por favor, despierte!
Le daba palmaditas en la cara tratando de reanimarla, pero doña Sofía no volvía en sí. Estaba pálida, tenía dificultades para respirar y por la boca echaba espuma. La señora buscó el alcohol en uno de los gabinetes de la cocina, no lo encontró. Recordó que lo puso en el botiquín del baño, corriendo fue a buscarlo, lo encontró y exclamó:
—¡Aquí está el pomito del alcohol!
Corrió a la cocina para atender a la señora que la encontró en la misma posición en la que la había dejado. Le quitó el sombrero de fieltro, la enderezó, le colocó los brazos encima de la mesa, con una servilleta le limpió la espuma de la boca, le frotó la frente con el alcohol, se lo dio a oler y le empapó el cerebro. Estas acciones hicieron que doña Sofía volviera en sí. Mirando para todos lados, extraviada, y como queriendo reconocer el sitio donde se encontraba, le dijo a doña Emilia:
—¿Qué pasó? ¿En dónde estoy?
Tan pronto como doña Sofía recobró el conocimiento, se mostró apenadísima con la señora de la cas:
-Señora, qué pena, mire nomás los desfiguros que le vine a hacer en su casa, le suplico que acepte mis disculpas, pero es que estoy confundida, porque los acontecimientos relacionados con todo esto, además de ser increíbles, me anuncian eventos difíciles no nada más de explicar, sino de comprender. Algún día le contaré a usted cómo es que la prenda de vestir llegó a mis manos. Lamento decirle que en este momento no estoy en condiciones de relatarle los escabrosos sucesos que, además de inquietarme, provocaron mi desmayo.
—No se preocupe, señora, ya habrá tiempo de platicar. ¡Pero, ay señora, menudo susto me sacó! Ahora cálmese y no se preocupe, aquí está usted como en su casa. Tómese su tesito, ande, le va a caer muy bien.
Tan pronto como se recuperó del todo, doña Sofía, doña Emilia la llevó en taxi hasta su casa, y no la dejó hasta verla acostada en la cama de su recámara.
Doña Emilia estaba lista para marcharse, pero antes de irse le hizo el siguiente comentario:
—No acabo de entender por qué se desmayó, si usted se ve fuerte y saludable. Mañana le voy a traer al médico, ¿sabe?, mi sobrino, Lucho, es médico, si usted gusta horita mismo voy por él para que le recete un calmante y usted se recupere del todo y se ponga bien. No demoro.
—No, señora, por favor, no se moleste, gracias. Intentaré dormir un poco. Qué molestias le fui a dar. Gracias por todas sus atenciones y de nuevo le ofrezco disculpas.
—Bueno, mañana me doy una vueltecita para ver cómo sigue y, de pasadita, para que me cuente todo, oiga, ¿puedo traer a mi nieta Olivia?
—Sí, señora, cómo no, tráigala, cosa que la conozco. Ahora vaya y atienda sus asuntos. Su nieta no tarda en llegar a casa.
Doña Emilia se marchó. Intrigada, no dejó de pensar en aquella desconocida señora.
En el trayecto de regreso a su casa, recordó que, en efecto, había sepultado a su hijo con la chamarra de cuero. Su sobrino Lucho vistió el cuerpo, y era muy probable que hubiese olvidado el carnet dentro de la bolsa interior de la prenda de vestir. Si esto fuese así —porque doña Emilia aún tenía dudas—, como las evidencias lo estaban confirmando, era punto menos que imposible que la señora tuviese en su poder la chamarra, como no fuese por la acción, imposible, por cierto, de exhumar el cadáver de Martín. Cosa que, a seis meses de distancia, la chamarra ya estaría visiblemente deteriorada. Además, los trámites de una hipotética exhumación forzosamente tendrían que pasar por su aprobación. «¡Qué increíble y extraño es todo esto! Llegando a la casa, voy a revisar muy bien la prenda y el carnet, no vaya a ser que estemos equivocadas». Dijo, para sí, doña Emilia.
Presentía que estos sucesos anunciaban sorpresas difíciles de imaginar. Sí, mañana mismo le haría una visita a la señora con el pretexto de enterarse de su salud, pero en realidad lo que quería era saber el desenlace de lo ocurrido en su casa, para aclarar, de esa manera, el misterio de la famosa prenda de vestir.
Cuando doña Emilia llegó a su domicilio, Olivia ya estaba en casa.
—¿A dónde fuiste abuelita? —Le preguntó.
—Horita te cuento todo lo que sucedió hace apenas una hora. No me lo vas a creer, pero te tengo una historia increíble. Primero, ven, vamos a la cocina, ahí dejé la chamarra, ayúdame a revisarla, me la trajo una señora desconocida con el cuento de que es de tu papá, ¿tú crees?, francamente yo lo dudo.
—Sí, abuelita, vamos, estoy intrigadísima.
Examinaron el carnet de conducir, la fotografía y el domicilio. Olivia, asombrada, ratificó lo que su abuela esperaba:
—Sí, abuelita, el carnet era de mi padre —revisó la prenda—, también la chamarra. La reconozco porque le falta el broche de la manga izquierda. Mi mamá estuvo a punto de pegárselo.
—¡Dios de todos los cielos, pero cómo puede ser esto posible!
—¡Sí, abuelita, tienes razón, esto es imposible! Yo vi a mi papá, dentro del ataúd, vestido con esta misma chamarra, una camisa blanca y la corbata negra con franjas diagonales grises.
Nerviosas, abuela y nieta, disidieron entrevistar a doña Sofía, para que les informara en dónde encontró la chamarra.


ESTA HISTORIA CONTINUARÁ...


Rogelio




sábado, 21 de febrero de 2009

Renata

Capítulo 7
El extraño contacto con Martín

Ese domingo por la tarde Martín se presentó a la cita con puntualidad inglesa. Vestía impermeable, guantes de lana y sombrero debido al frío y la espesa niebla que entró del océano.
El pésimo tiempo provocó que las farolas de callejas y avenidas, encendieran anticipadamente sus mortecinas luces.
Por ese motivo, pudiera ser, Renata decidió cancelar la cita; pero la cortesía la obligaban a salir a la puerta para darle tan siquiera una excusa, ya que él tenía casi una hora esperándola.
Eran pasadas de las siete de la tarde y Renata de plano no acudió a la cita.
Martín se dirigió al domicilio marcado con el número 73. Recordó que ese número le dio Renata al despedirse. Pulsó el timbre preguntándose por qué razón lo había dejado plantado, si ayer sábado en la disco, ella se mostró entusiasmada con la invitación que le hizo. Doña Sofía abrió la puerta:
—Diga, ¿qué se le ofrece?
—¿Vive aquí la señorita Renata?
—Bueno,... sí,... aquí vivió,... ¿Pudo saber por qué?
—Porque ayer nos hicimos amigos en la disco, acordamos una cita para hoy domingo en aquella esquina, y me dejó esperándola, ¿acaso se encuentra indispuesta?, ¿o es por el mal tiempo que no acudió a la cita?
El breve diálogo con aquel extraño sorprendió a la señora y un temor justificado recorrió su cuerpo de la cabeza a los piés.
Asombrada empezó a tartamudear:
—Pero,... joven,... qué... cosa tan increíble me está usted diciendo. Ah, sí, sí,... eso es, veamos,... ¿de modo que usted afirma haber trabado amistad con mi hija en la disco, ayer sábado por la noche?
Con entereza, y sin perder la calma por la pregunta de la señora, el joven le responde:
—Sí, señora, así es. Pero, por favor, dígame, ¿es usted la madre de Renata?
Antes de responder a la increíble pregunta del desconocido, doña Sofía tomó una decisión:
—Sí, yo fui la madre de Renata. Muy bien,... pero, pase,... pase usted, joven, tome asiento, por favor. ¿Apetece un té, una soda o, quizás, un vaso con agua?
—No, señora, gracias, no se moleste.
El joven parecía educado y de inmediato le inspiró confianza.
—Por favor, señora, sólo dígale que estoy aquí.
Su distraído visitante ni por asomo se enteró de los pretéritos usados intencionadamente por doña Sofía y seguía con su explicación no pedida como si nada:
—Mmm, verá usted, señora, como le llevo dicho, ayer nos hicimos amigos con Renata en la discoteca, la invité a la iglesia para hoy domingo, y a caminar por el centro de la ciudad; por cierto, iremos por ahí y tomaremos un cafecito... Claro, señora, si usted se lo permite. ¡Pero, qué linda salió en esa fotografía! ¿Puedo verla?
Con la mano temblorosa, a punto de poner de patitas en la calle a este presuntuoso señor, tomó la fotografía enmarcada que estaba en la mesita de centro y se la dio.
—Sí, era muy linda mi Renata. Recién acababa de cumplir 22 añitos cuando se la tomaron.
Fascinado con el retrato, el joven no captaba absolutamente nada. Para cerciorarse, doña Sofía le hizo la misma pregunta:
—¿Confirma usted que ayer estuvo en la disco con mi hija Renata?
Seguro de sí mismo el joven respondió
—Por supuesto, señora, ayer estuvimos bailando. Yo mismo la traje en la noche hasta la esquina de su casa. ¿Sabe?, permítame decirle que su hija es encantadora. —Remató el joven con un dejo de orgullo, mirando con embelezo el retrato de la chica.
—Permítame un momentico, ¿quiere?
—Sí, señora, pase usted.
El joven pensó que la señora iría por Renata.
Doña Sofía no lo podía creer. Estaba confundida con la increíble historia que le traía este muchacho, y decidió que era su deber desengañarlo para que inmediatamente abandone su casa. Así que rápidamente subió a la planta alta, sacó del mueble archivero una carpeta con el Acta de Defunción de su hija y pensó: «le voy a demostrar a este jovencito, con pruebas irrefutables, que está rotundamente equivocado. Le dejaré muy claro que él no pudo haber bailado con mi hija, ayer sábado en la Disco, como lo asegura, porque mi Renata ya pertenece al mundo del silencio. Pretende burlarse de mí y por ningún motivo se lo voy a permitir».
Una vez que bajó de la planta alta, Doña Sofía, ceremoniosa, puso en las manos del joven el Acta de Defunción de su hija y le dijo:
—Entérese, por favor.
Martín, al estar leyendo el Acta de defunción, poco a poco fue palideciendo y una mueca de asombro apareció en su rostro. Miraba el retrato de Renata en la mesita de centro, y releía el Acta de Defunción una y otra vez, y, francamente, no sabía qué actitud asumir delante de la señora. Desconcertado, no daba crédito a lo que sus ojos estaban leyendo, pues según el Acta de Defunción, su fugaz acompañante de la disco, había fallecido de cáncer cerebral seis meses atrás. Atónito y con la boca seca, alcanzó a balbucear:
—No lo creo, esto, ... señora, ... esto es imposible. Nomás no puede ser. Ayer, como a las dos de la madrugada, yo mismo la dejé en esa esquina. Quise acompañarla hasta aquí, pero ella me lo impidió.
Un segundo más tarde, el joven reaccionó levantándose del sillón como impelido por un poderoso resorte y con un ademán de triunfo exclamó:
—¡Mi chamarra, señora! ¡Usted debe tener mi chamarra de cuero! ¡Yo mismo se la puse ayer a Renata, porque me dijo que sentía mucho frío! ¡Búsquela, por favor, señora, aquí en su casa debe estar mi chamarra de cuero!
—No joven, usted está equivocado, aquí en mi casa no hay ninguna chamarra de cuero. Sabe Dios en dónde la dejó usted. Eso por un lado, que por el otro, le estoy demostrando a usted, con el Acta de Defunción de mi hijita, que ella murió, este sábado, hizo exactamente seis meses. ¿No será que usted bailó en la Disco con una chibola de por este rumbo?
—No, señora, yo no puedo engañarme. Le reitero a usted que yo bailé con la jovencita que aparece en este mismo retrato. Mi pregunta inicial fue que si vivía aquí la señorita Renata. ¿Cómo pude yo saber el nombre de su hija?
Lamento decirle que mi hija Renata, usted lo ve, está muerta.
Martín se despidió de la señora. Se hizo preguntas que francamente no tenían repuestas. La lluvia a esas horas era menudita y pertinaz, de modo que la silueta de Martín se fue desvaneciendo en la bruma a medida que se alejaba de la casa de Renata su póstuma acompañante.
La señora de la casa no encontró más alternativa, ante lo enigmático del suceso presenciado, que elevar una plegaria al Eterno.

Capítulo 8
El hallazgo

El lunes amaneció el puerto de Arica como casi siempre en el otoño, brumoso. Ayer domingo la lluvia no cesó, sino hasta las diez de la noche.
Toda la ciudad estaba empapada con una neblina tan tupida que mojaba y no se podía distinguir a cinco pasos de distancia.
Los barcos fondeados a dos millas de la bocana, con sus silbatos de bajo profundo insistentemente solicitaban práctico. Atracar en el muelle del puerto un barco de sesenta mil toneladas, con este temporal y con la bocana tan estrecha, es tarea sólo para expertos con experiencia.
Muy tempranito se metió a la regadera y se dio un baño ligero con agua calientita. Se enredó una toalla en la cabeza y con la bata puesta se dirigió a la cocina. Ahí desayunó un café con leche y un pan con mantequilla embarrado con mermelada de piña. Doña Sofía se dio prisa en el trajín de la casa. Luego que estuvo arreglada se lanzó a la calle en busca de un taxi.
Las diez de la mañana y el sol ni sus luces. Los vehículos, veloces, traían los faros de niebla encendidos; la mañana estaba muy fría y doña Sofía, previsora, se puso el suéter de alpaca color gris y un sombrero de fieltro negro mudo testigo de mejores épocas. También se calzó sus botines de hule que le cubrían arriba del tobillo casi a media pantorrilla. No olvidó la sombrilla, su inseparable bolso negro de piel de vicuña y un ramo de claveles blancos en la mano: «Para mi Renata», discurrió ufana.
—Al cementerio, por favor. —Le ordenó al chofer del taxi.
Era el primer lunes del mes. Rutinariamente, todos los lunes primeros de cada mes, visitaba la tumba de su hija Renata.
A doña Sofía se le empezaban a notar los años, acababa de cumplir 50 y su paso era visiblemente lento. En su pelo negro se destacaban algunas canas furtivas, y las penas de la vida le habían estropeado el rostro; pero aún conserva los rasgos de una mujer muy bella, como el de Renata.
Doña Sofía, afortunadamente ya había olvidado el penoso incidente de la tarde de ayer domingo, en la que un joven desconocido le llevó a su misma casa una historia extravagante, increíble y ridícula.
Dentro del Panteón Municipal caminó pausadamente por las veredas ya conocidas.
El sol, por fin, filtró sus rayos a través de los árboles, y las aves, muy tarde, comenzaron a acicalarse y, con sus alegres cantos y un incesante volar de aquí para allá, le dieron vida al camposanto.
¡Ah cómo le hubiera gustado tener a su amado esposo descansando junto a la tumba de Renata! Pero él había dejado instrucciones precisas desde mucho antes de su muerte: «Querida
Sofía —le dijo—, mis restos mortales, incinéralos».
Orgullosa decía: «Esa fue su voluntad y la cumplí».
Muy cerca de la tumba de Renata, doña Sofía alcanzó a distinguir, que encima de la lápida de mármol de su hija, estaba lo que parecía ser una prenda de vestir. Intrigada, aceleró el paso sólo para corroborar su sospecha: «Alguien la olvidó —pensó—. Se la voy a entregar a don Crisanto para que se la devuelva a quien se la reclame».
Con cierto temor y repugnancia, la cogió entre sus manos, la examinó detenidamente, y dijo para sí, «es una chamarra de cuero y es de hombre... ¡Santo Cristo!». Gritó sorprendida soltando la chamarra como si estuviera ardiendo. Su cerebro como el relámpago atrapó la idea y exclamó: «¡¡¡La chamarra de cuero!!!». Ahora lo recordaba con toda claridad.
Aquel extraño sujeto le había reclamado con insistencia una chamarra de cuero que supuestamente le había prestado a Renata el sábado pasado en la disco porque, según él, ella tenía mucho frío. Le exigía, además, que se la regresara inmediatamente, pues era la única prueba de que él había estado con ella la noche del sábado en la disco. Como el joven no la convenció de aquél increíble suceso, por imposible y absurdo y porque la famosa chamarra de cuero no estaba en su casa, simplemente porque Renata ya estaba muerta, el joven optó por retirarse de la casa confundido y desconsolado.
Intrigada doña Sofía, trató de calmarse para examinar los hechos con cuidado. Comenzó a examinar los elementos que estaban a su alcance:
«Vamos a ver, ¿esta chamarra es la misma que me reclamó el joven de ayer? No lo sé. Pero, ¿por qué está aquí, precisamente encima de la lápida de Renata, mi hija? Alguien tuvo que dejarla, ¿quién fue? ¡Imposible saberlo! ¿Sería él? Tal vez. Necesito saber qué es lo que trae en los bolsillos»
Molesta por las preguntas sin respuesta, doña Sofía hurgó dentro de los bolsillos de la chamarra en busca de algún indicio,... y lo encontró. Se trataba de un carnet de conducir en el que estaba escrito el nombre y la dirección del conductor. La fotografía... «¡Oh, Santo Dios, no lo puedo creer!»... era la del mismo joven que la visitó la tarde anterior. Se sentó en la lápida porque se sintió mareada, pero con un gran esfuerzo logró superar la tremenda sorpresa. Leyó el domicilio de Martín, al que por supuesto en este mismo momento le haría una visita, pues estaba dispuesta a ir hasta el fondo de este asunto que la tenía intrigada ahora más que nunca.
Rápidamente arregló la tumba de Renata, medio rezó una oración, dejó encima de la lápida el ramo de claveles blancos, cogió la chamarra y salió del camposanto tan rápido como pudo. Se olvidó de don Crisanto, el Sepulturero Mayor.
Paró un taxi y le dijo:
—A la calle 5 del Fraccionamiento Los Juncos, número 316.
—Sí, señora, con mucho gusto.

ESTA HISTORIA CONTINUARÁ...

Rogelio

jueves, 12 de febrero de 2009

Renata

Capítulo 5
El encuentro

“La Araucana”
Su discoteca más prendida del puerto le espera este sábado para que baile con los mejores conjuntos del momento:
Cariocas, Norteamericanos y Cubanos.
Acompáñenos y diviértase. Los primeros dos tragos corren por nuestra cuenta.

Así rezaba la propaganda difundida por la radio en todo el puerto de Arica, con alcance hasta la región sureña del Perú y norteña de Bolivia.
Ese sábado, como todos los sábados, la discoteca estaba repleta. Se podían contar, entre los muchachos asistentes a la Disco, del Perú, de Tecna; de Bolivia, de Charaña y hasta de Huachacaya; y de Chile, Putre y Pisagua. De manera que había un gran ambiente en la Discoteca ese sábado.
Los jovencitos, unas 100 parejas, bailaban con entusiasmo los ritmos del momento brillantemente dirigidos por el disc jokey.
Como a las diez de la noche, todavía con la luz del sol en el crepúsculo —era verano—, llegó a la Disco un joven alto, de aspecto formal y distinguido, pero vestido casualmente. Busca con quién bailar. Y, casi sin titubear, entre la multitud de parejas, extrañamente se encamina hacia donde está una joven de rostro muy bello, si bien, pálido; de pelo ondulado y bruno como ala de cuervo que se derrama sobre sus hombros ligeramente escotados; de ojos también negros, rasgados y vivaces que delatan su origen polinesio; de pestañas rizadas que coronan dos tupidas cejas sutilmente arqueadas y sin depilar; de labios sensuales tenuemente pintados de rojo carmesí y de cuerpo esbelto muy bien proporcionado.
Aquella enigmática chica se destaca por su espigada figura que expresa a las claras un carácter fuerte y decidido... sus senos turgentes y firmes así lo confirman.
Como si previamente hubiesen concertado la cita, aquél apuesto joven se acerca a la chica y le dice: «¿Quieres bailar conmigo?». No advierte que se encuentra completamente sola.
Ella acepta encantada, pues desde que lo vio acercarse, la impresionó. «Es guapo, alto y fornido», pensó emocionada. Sí, claro, tenía que bailar con él.
Cogidos de la mano se dirigieron al centro de la pista. La chica no puede explicarse por qué el cerebro le está informando que “conoce” el calor de la mano del caballero. «¿Quién es él, cómo es que no logro ubicarlo? —se pregunta— Algo me dice que...». Acercándose al oído de la señorita, aquel extraño sujeto la “saca” de sus cavilaciones:
—Oye —le dice—, con este sonido tan alto no vamos a poder conversar.
—Sí, así es, pero qué le vamos a hacer, así son todas las discotecas. —«Qué atrevido, me tutea sin siquiera conocerme».
Al cabo de una hora a lo sumo, no pueden más. El sonido estridente, las luces multicolores con figuras alucinantes e inquietas, el humo de los cigarrillos, los jóvenes ligeramente achispados por el ron, el brandy, el pisco o la cerveza vician el ambiente. Pero de lo que más se quejan es que tienen que gritar para hacerse entender. Es imposible entablar una conversación coherente. La joven pareja ya está francamente molesta y necesitan respira un poco de aire fresco y cambiar de ambiente.
—¿Salimos? —La invita comedido— Afuera hay un hermoso jardín en donde podemos estar un rato y conversar.
—Sí, vamos, el ambiente ya es insoportable.
—Muy bien. Antes permíteme ir por unas sodas. Espérame en la puerta del jardín. ¿De acuerdo?
—Sí, de acuerdo.
Mientras caminan hacia el jardín cogidos de la mano, otra vez la mismo inquietud le brinca incesante por el cerebro de la chica: «estoy segura que lo conozco, pero no sé en dónde, ni cuándo. No lo puedo ubicar».
Por supuesto que ella ignora que él también tiene el mismo presentimiento respecto de ella.
En el jardín encuentran una banquita abajo de un frondoso laurel de la India. La banca es de madera y está pintada de blanco con ribetes azules en los extremos; además, tiene unos mullidos cojines de hule espuma forrados con plástico blanco. Tomaron asiento y conversaron como si ya fueran viejos conocidos. No estaban solos, había más parejas de enamorados dispersas por todo el jardín.
A medida que pasa el tiempo, la pareja siente una súbita e inexplicable atracción mutua; él busca sus labios y los besa con pasión, las caricias se suceden sin control y ella, temblando, susurra:
—Tengo frío, mucho frío.
«¿Frío? —pensó él— Cómo es que tiene frío, si la noche es fresca y agradable, no entiendo por qué siente frío».
Se quitó la chamarra de cuero y galantemente se la ofreció. Tiritando, y con la ayuda de su acompañante, la chica se puso la chamarra. Él, por su parte, sintió la imperiosa necesidad de continuar con la promisoria amistad. Así que se decide a proponerle:
—¿Tienes algún compromiso para mañana domingo?
—No, ninguno —aseguró—. Toda la tarde la tengo libre. ¿Por qué?
—Porque quiero invitarte a la iglesia en la tarde. Enseguida podemos ir a tomar un café, no sé,... a dar la vuelta por ahí. ¿Aceptas?
—Sí, acepto. Pero, discúlpame, ya es muy tarde y tengo que regresar a mi casa. Mi madre va a estar con pendiente porque le dije que hasta las doce, y mira ya las horas que son. Así que, por favor, llévame a casa.
«Qué raro —pensó él— la chica se ve que es educada, tal vez hasta de buenas familias, sin embargo, su madre la deja venir sola a la disco». Olvidó la observación y le dijo:
—Sí, vamos, te acompaño, la noche es muy hermosa y podemos caminar.
Otra vez cogidos de la mano emprendieron la marcha sorprendidos de su incomprensible y fácil relación. Ella estaba alucinada por su relajada conducta. «Vamos a ver: acepté bailar con él de inmediato, nos tuteamos, me acarició impunemente y le permití que me besara con pasión... ¿Cómo pudo ser esto posible? Si yo jamás acepto que me toque nadie. Francamente no lo entiendo».
Cuando llegaron a la esquina de la casa, la joven le dijo a su acompañante:
—Por favor, déjame aquí. Vivo enfrente, a media cuadra, en el 73. Gracias, disfruté mucho contigo.
—¡Pero cómo te voy a dejar aquí en la esquina, te llevo hasta la misma puerta de tu casa! Mira que la calle está muy oscura.
—¡No, no, por favor, déjame aquí! No necesito que me acompañes, yo me voy solita. —Insiste, autoritaria, caminando.
De repente se detuvo, voltea ligeramente el cuerpo, y con las manos acunadas sobre la boca, a manera de bocina, musita:
—Me llamo Renata.
El joven le revira casi gritando, al tiempo que agita la mano en señal de despedida:
—Y yo Martín
De pronto la chica se regresa, y, pronunciando por primera vez su nombre, le dice:
—Martín, tu chamarra de cuero. Olvidaba regresártela, aquí la tienes. Gracias.
—No, Renata, por favor, no te la quites. Llévatela, al cabo que yo no tengo frío. Me la devuelves mañana a las seis de la tarde, ¿de acuerdo?
—Bueno, de acuerdo —asintió y precisó—: a las seis de la tarde, aquí, en esta misma esquina. Adiós, Martín.
—Adiós, Renata, hasta mañana. Que duermas bien.
Por fin, caminando pausadamente Renata desapareció en la oscuridad de la calle.
Martín, se fue a pie hasta su casa sin poder descubrir la identidad de la joven. Estaba intrigado, porque por más esfuerzos que hacía, era incapaz de recordar el sitio en el cual había conocido a su reciente pareja de la disco.
Pero tenía la certeza de que mañana domingo disiparía sus dudas.
Con toda calma Martín se fue caminando por los callejones y avenidas del puerto de Arica. La ciudad estaba sola sin transeúntes; uno que otro vehículo transitaba por las callejas con rumbo desconocido; el puerto estaba excelentemente iluminado y casi no había delincuencia en la ciudad.
Ahora dos dudas le asaltan y le tienen intrigado acerca del origen de la chica recién conocida: «Estoy seguro que conozco a Renata, pero no puedo recordar el sitio en que la conocí. ¡Qué desesperante! Por qué no me dejó que la acompañara hasta su casa. Qué tenía de particular. Yo pienso que nada. Dijo que vivía en el 73. Lo voy a tener en cuenta».

Capítulo 6
A Renata le detectan un tumor cerebral

Es necesario que la lleve a Lima o a Santiago, señora. La señorita necesita que la valore un especialista, le ordene los análisis y los estudios correspondientes, para que después, con base en un diagnóstico correcto, se le administren los medicamentos que el caso amerite.
Aquí, señora, en Arica, eso no es posible. En Santiago, por ejemplo, lo tienen todo para emitir un diagnóstico correcto. Mire usted, le voy a dar una tarjeta para el mejor laboratorio de la capital; allí se encontrará usted con oncólogos muy competentes. Deje que ellos decidan lo que le conviene a la señorita, pero no demore, señora —le aconseja el doctor que está viendo a Renata—, pues los síntomas que presenta la jovencita aparentemente no son de cuidado, porque pudiera tratarse de una simple migraña, pero las pertinaces dolencias en el ojo derecho, exigen atención inmediata.
Doña Sofía, afligida, y con justa razón, cuestiona al doctor:
—Usted está hablando de oncólogos, doctor, ¿me está usted insinuando que mi hija tiene cáncer?
—No, de ninguna manera, señora. Yo no tengo los elementos suficientes para emitir un diagnóstico correcto de su hija. Le estoy diciendo a usted, que las dolencias en el ojo derecho presuponen un probable cáncer extirpable en el cerebro o un aneurisma fácilmente curable con terapia medicamentosa. Por eso es le hablo a usted de oncólogos. Como yo no la puedo medicinar, por las razones que me permití explicarle, entonces, que la chibola siga con los analgésicos que le receté la vez pasada, pero que ahora los tome cada seis horas. Actúe rápido, señora.
Salieron del consultorio y Renata le dijo a su madre:
—Tengo miedo, mamá, mucho miedo.
—No, mi amor, no te mortifiques, ten fe en Dios, encomiéndate a Él. Yo también le voy a pedir que nos saque de este trance, vas a ver cómo Él nos va a escuchar.
Doña Sofía estuvo a punto de llorar, pero era inconveniente hacerlo delante de su hija, así que reprimió el llanto.
Al día siguiente abordaron el avión que las llevaría hasta Santiago, la capital. En el trayecto, de cerca de dos horas, Renata se quejó de intensos dolores en el ojo derecho que los analgésicos no pudieron disipar. Doña Sofía se encomendó a toda la corte celestial, pidiendo que la enfermedad de su hijita no fuese grave y, más que eso, que, por favor, tuviera curación.
—No soporto el dolor de cabeza, mamá, haz algo, por favor. Desesperada Renata cogió la bolsa del respaldo del asiento delantero y vomitó.
De inmediato doña Sofía le pidió a la azafata que le inyecte neomelubrina, a Renata, pues con eso se le calma el intenso dolor.
Después de aplicarle la inyección, Renata durmió tranquilamente.

***
Tres días tardaron en entregarle a la señora los estudios del laboratorio.
El doctor que los revisó, con toda calma le explicó el alcance del diagnóstico:
—Señora, le recomiendo que consulte a otro especialista, nosotros podemos estar equivocados. La chibola es muy joven y el cuadro que presenta es grave, muy grave. Usted debe escuchar otras opiniones. Lleve los estudios al doctor que le indico en esta tarjeta, pero hágalo ya.
El doctor, Gregorio Gabaldón, es el mejor oncólogo que hay en Chile; tal vez ordene nuevos estudios o ratifique los que con usted le estamos enviando. Llévele los estudios y deje que él mismo resuelva. Ah, y dígale que va de mi parte, él fue mi mastro de Fisiología en La Universidad Católica de Chile, me conoce y es muy considerado y competente. Suerte, señora.
El diagnóstico dejó pasmada a doña Sofía que estuvo a punto del llanto, pero unas palmadas en la espalda, y las palabras del oncólogo la consolaron. Renata no escuchó el diagnóstico.
Como pudo fingió, se hizo la fuerte y no le comentó nada a Renata que ya estaba casi ciega del ojo derecho sufriendo intensos dolores.
Esta vez, en la farmacia del laboratorio, las señora compró una caja de ampolletas que le recetaron a su hija. Era morfina.

***
La recepcionista del doctor Gabaldón, en atención a la urgencia del caso, y que se trataba de una paciente foránea, les dio cita para el próximo martes, a las 9 de la mañana.
Renata estaba permanentemente dopada. La dejó dormida en el hotel que, por fortuna, estaba cerca del consultorio del doctor Gabaldón.
—¿Qué le pasa, señora, es usted la paciente? —Le preguntó el doctor a doña Sofía.
—No, doctor, es mi hijita. La dejé dormida en el hotel. Ella tiene 25 añitos cumplidos, sufre de jaquecas y ya casi no ve con el ojo derecho. Mire, aquí le traigo estos estudios.
—¡Qué barbaridad! A ver, vamos a ver,... pero, tome asiento, por favor, señora. No tiene por qué permanecer ahí de pie, siéntese y relájese, yo horita le explico todo.
El doctor encendió el negatoscopio y encajó uno por uno los negativos de las tomografías, leyó el informe del doctor del laboratorio, revisó las biopsias y los análisis clínicos. Una vez que se enteró del expediente, dio su opinión
—Mire usted, señora, lamento decirle que los estudios del laboratorio, así como las tomografías y demás documentos del informe médico, indican que se trata de un tumor cerebral maligno que ha invadido todo el hemisferio izquierdo del cerebro de... ¿cómo es que se llama la señorita?, ah sí, sí, aquí lo tengo, Renata. Por lo tanto, estamos hablando de un tumor inoperable. La biopsia tomada a su hijita en el pulmón izquierdo, además, nos está indicando, con absoluta claridad, que el cáncer cerebral, al expandirse, invadió la región pulmonar, y es muy probable que el páncreas y el riñón izquierdo.
La experiencia me indica que esto suele suceder a menudo. Por lo que con mucha pena le informo que a su hijita no le queda mucho tiempo de vida, a lo sumo un mes. Llévela a su pueblo y prepárela. ¿De dónde es que vienen ustedes?
—Somos norteñas, doctor, del puerto de Arica, frontera con Perú.
—Pues no sabe usted cómo me apena tener que decirle que ya no hay nada más qué hacer... No malgaste su dinero, señora.
Con los bifocales colgando exageradamente sobre su nariz y, sinceramente apenado, el anciano doctor, Gabaldón, despide a doña Sofía, al tiempo que le ordena a la recepcionista cancelar la factura de sus honorarios.
Al salir del privado del doctor, a doña Sofía le flaquearon las piernas y sintió desfallecer. La recepcionista, comedida, le ayudó a tomar asiento y de inmediato le dio un cono con agua. Tan pronto como se recuperó, la señora salió a la calle sintiendo que iba a enloquecer.
Le preguntó a una niña si había una iglesia cerca. La niña le dio señas precisas de su ubicación:
—Al voltear, a su mano izquierda, en la esquina, verá usted el templo de la Sagrada Familia. Horita el templo está abierto, señora.
—Gracias, nenita.
Al entrar al recinto sagrado, doña Sofía se persignó y sólo elevó una plegaria al cielo:
—¡Señor Dios, hágase tu santa voluntad!
Fue el breve rezo de la madre de Renata.

***
Doña Sofía y Renata regresaron al puerto de Arica en el primer vuelo que pudieron conseguir. La señora engañó a Renata diciéndole que pronto la iban a someter a una operación de cráneo para extirparle el tumor que le provoca las jaquecas, que estará en franca recuperación en cosa de un mes, que no debe perder la fe y que juntas le pidan a La Virgen del Perpetuo Socorro para que las colme de bendiciones y, que con su ayuda, esperan el alivio y una vida mejor.

***
Cuatro meses y un día después de haberle diagnosticado el cáncer cerebral, tras una cruenta agonía, Renata murió. Sobrevivió dos años y ocho meses a don Eduardo, su padre, y estaba por cumplir veintisiete años cuando fue sepultada.
Mariana, su íntima amiga, inconsolable la acompañó hasta su última morada. Lleva en las manos un ramo de alcatraces blancos, y con orgullo muestra un embarazo de seis meses. Camina pausadamente por la vereda de cipreses apoyada del brazo de Apolinar su esposo.
Doña Sofía, hundida, inhumó los restos mortales de su única hija en el Cementerio Municipal.
Se quedó viuda y sola, con un luto riguroso que le duró toda la vida.
Cómo le hubiera gustado tener a su nieta a su lado, pero una decisión equivocada la privó de su compañía.
«Las cosas que tiene la vida —pensó para sí—, ahora me quedo sola y mi alma. ¡Qué tristeza tan profunda siento, Dios del cielo, dame valor y apiádate de esta tu miserable sierva!».

Doña Sofía jamás aceptó involucrarse sentimentalmente con otro hombre «no soportaría –decía- su presencia en mi casa», no obstante que todavía podía rehacer su vida.
De ese tamaño era el amor y respeto que sentía por su esposo y su hija.
Los golpes que recibió la desgarraron.
Un crespón negro, colgado en la parte alta de la puerta de entrada a su casa, evidenciaba su luto eterno.
Nunca lo quitó.


ESTA HISTORIA CONTINUARÁ...

Rogelio

jueves, 5 de febrero de 2009

Renata

Capítulo 4
Renata da a luz

Pasaron los días que pronto se convirtieron en semanas, y las semanas en meses.
Don Eduardo y doña Sofía, nunca se resignaron a la ausencia de su adorada Renata.
La casa estaba vacía sin ella.
Su recámara quedó tal como la dejó el día que se marchó.
Las plegarias que doña Sofía elevaba al cielo no surtieron ningún efecto.
Habló con Mariana, la amiga íntima de Renata, con la esperanza de que tuviese noticias que comunicarle, pero dijo no saber absolutamente nada, y se mostró participativa y muy dispuesta a dar con el paradero de su queridísima amiga. Habló de la breve relación que mantuvo en La Isla de Pascua con un joven llamado Martín, pero que éste hacía meses que no se paraba por el Instituto, pues contrajo nupcias con una chica de Antofagasta. Era lo único que ella sabía.
Fue en estos días que don Eduardo empezó con una dolencia en el costado derecho. El brazo izquierdo lo sentía suelto y sin tono muscular. Eso les preocupó.
Doña Sofía lo acompañó con el cardiólogo que lo examinó minuciosamente y no le encontró nada; la presión arterial estaba ligeramente elevada y esto carecía de importancia; el electrocardiograma fue satisfactorio; la prueba de esfuerzo a la edad de don Eduardo, fue normal. El doctor le prescribió una dieta baja en grasas, le prohibió el café, el tabaco, las bebidas alcohólicas y la sal. Además, le recomendó ejercicios regulares impresos en un pequeño folleto que le entregó.
Regresaron a la casa felices de que la dolencia de don Eduardo no fuese de cuidado. Así tenía que ser, pues el señor no fumaba y rechazaba las bebidas alcohólicas, sólo en las comidas acostumbraba una copa de vino tinto, eso era todo; pero sus tres o cuatro tazas de café al día, no las perdonaba.

***
Aquel día amaneció lloviznando y el mal tiempo se coló por la bocana bañando con sus benéficas aguas el puerto de Arica. Cuando cesó la lluvia, una densa niebla se asentó reptante entre las callejas y avenidas de la ciudad. Esto se daba muy de cuando en cuando, pues el puerto de Arica está situada al noroeste del país, en las fronteras del Perú y Bolivia, muy cerca del Gran Desierto de Atacama, una de las zonas más áridas del planeta y ahí —Dios lo sabe—, jamás llueve. Tiene una media de precipitación pluvial de tres milímetros cada ocho años.
Este desierto se lo disputaron Bolivia, Perú y Chile, debido a la abundancia de sal y cobre. Desde 1904 se encuentra bajo el control chileno.
Doña Sofía estaba muy atareada con la escoba sacando el agua
que se le había estancado en el patio y por ningún motivo quería que se le metiera al interior de la casa.
Su esposo desayunó muy tempranito un jugo de lima, un café negro instantáneo descafeinado y un pan tostado con mermelada, y se fue al trabajo. Él era muy puntual y responsable. «Qué bueno que le di el paraguas, el sombrero y su impermeable» —festejaba la señora—. Así que ella, como de costumbre, se quedó sola en la casa.
Después de bañarse, se dispuso a enfrentar las rutinas del día a día, se tomó un jugo de piña, un pan tostado con un café y un par de huevos pasados por agua.
Eran como las diez de la mañana, cuando de pronto, escuchó el rin, rin del teléfono. Corrió a contestarlo porque de seguro ya había timbrado varias veces.
—Aló —La voz imperiosa de una mujer desconocida casi le ordena:
—Señora, le hablo de la administración del Hospital Central. Le informo que las Madres de la Caridad trajeron a una jovencita que ayer tuvo trabajo de parto en la sección de Ginecología y Obstetricia. Las Madres la registraron con el nombre de Gloria, pero parece ser que responde al perfil de su hija. El Hospital ha seguido con interés el caso Renata, por eso es que me comunico con usted. La esperamos, señora. En el módulo de información le indican dónde se encuentra la paciente.
¡Señora, señora, no me cuelgue!, olvidaba decirle que ya queda poco tiempo para visitas. ¡Apresúrese! La desconocida colgó el teléfono.

***
Renata ve entrar a su madre al pabellón de parturientas. Viene feliz y observa que trae en la mano un ramillete de margaritas.
Desconoce quién pudo enterarla de su estancia en el hospital y del nacimiento de su hija.
Se arma de valor para recibirla con afecto, y espera que no la traicionen las lágrimas, ya que la noticia que le va a dar, sabe que es un absurdo.
Por supuesto que la joven madre ya tiene planeado argumentar a su favor lo referente a la resolución tomada, sin importar los reiterados buenos consejos recibidos de parte de las Madres de la Caridad, que rechazó en su fuero interno una y otra vez.
Renata está consciente del dramático momento que está a punto de experimentar, así que trata de guardar aplomo y compostura. Pero siente que los nervios la van a traicionar.
Después de abrazar a su hija, de besarla en la mejilla y de entregarle el ramillete de blancas margaritas, doña Sofía se vuelca en halagos y ligeros reproches hacia Renata:
—Hijita, mía, ¿cómo estás corazón? ¿Por qué nos abandonaste?, hiciste muy mal, chiquilla, porque todo se hubiera arreglado satisfactoriamente. Tu padre y yo, hubiéramos estado al pendiente de ti. Mira, te cuento que él está muy angustiado, pero se va a alegrar de saber de ti, de tenerte de nuevo en tu casa, de abrazarte y de besarte. Ya verás que vamos a ser muy felices contigo y con el pequeñito. ¿Sabes?, te hemos buscado —extiende los brazos—... por todas partes. Pero, ya olvidemos eso. Ahora dime, anda, ¿qué fue? ¿Dónde está? ¡Quiero verlo, Renata! Te quiero tanto, hijita mía. —Su madre la besaba y la abrazaba con delicadeza, esperando con ansiedad el momento de conocer a su nietecito. Emocionada exclama:
—¡El gusto que le va a dar a tu padre cuando tenga al guagua en sus brazos, se va a volver loco! ¡Él quiere conocer a su nieto!
Acostada en la cama, Renata se muestra serena y atenta con su madre, sin que nada en el rostro delaten sus emociones. Indiferente a las sinceras pero exageradas muestras de cariño de su madre, que sin duda dificultan la noticia que en este momento le tiene que dar, y con la mirada extraviada y los nervios crispados, con voz clara y firme, Renata, le anuncia:
—Fue niña, mamá. Sí, fue una niña pero... —La madre le arrebata la palabra y exclama:
—¡Niña!... ¿Dónde está, hijita?... ¿Nació bien?... ¿Tuviste problemas en el parto?... ¿Está en la sala de incubadoras?...¡Me muero por verla, Renata, por tenerla en mis brazos!... ¡Dime dónde está, para ir a conocerla!
Visiblemente nerviosa por causa de la noticia que está a un tris de darle, y con el llanto reprimido en el rostro, Renata hace acopio de fuerzas para anunciar, con franqueza, la irracional noticia:
—La di en adopción, mamá. Nació anteayer y hoy por la mañana vinieron por ella. La regalé y no supe ni a quién. Las enfermeras no me quisieron informar nada. Sólo sé que una nodriza se va a encargar de alimentarla. Así que, mamá, ya no la puedes ver. Hoy en la mañana me trajeron los documentos. Tan pronto como los firmé, se llevaron a la niña. Las Madres de la Caridad, supongo, saben cuál es el matrimonio que la recibió en adopción.
Con los ojos extraviados, y con la cara agachada para no mirar de frente a su aturdida madre, Renata confiesa su desatinado proceder con un hondo sentimiento de culpa. Sabe muy bien que sin consultarle nada a sus padres, tomó decisiones tan ilógicas como disparatadas, las que le laceran sus todavía adoloridas entrañas. Está consciente que esta acción pone por los suelos la esmerada educación recibida de ellos.
Con suprema ignorancia y un inexplicable rencor cree que está cobrando revancha, pero no sabe ni de quién, ni para qué. En ningún momento le pasó por la mente que dar en adopción a la niña la privaba de los mimos y atenciones que la obligaban como madre.
¿Cómo va a saldar esta oscura página de su vida?, tampoco lo sabe. Sólo el tiempo lo dirá. Pero tiene la certeza de que algún día el destino le presentará la factura.
Las madres de la Caridad, en La Paz, Bolivia, en donde Renata se refugió, al enterarse de la intensión de dar en adopción a su niño, no le escatimaron consejos. Muchas veces le advirtieron que no lo hiciera, que alejara de la mente esa tonta idea, porque ser madre es, ni más ni menos, una bendición de Dios; que cuando llegue su bebé lo va a querer; que se quite de la cabeza regalar a su niño como si se tratara de un gatito; que sin el consentimiento de sus padres la adopción se convertirá, más temprano que tarde, en un gravísimo error; que es indispensable que aprenda a sacar ventaja de los errores cometidos, y, por último, que ruegue a Dios porque su bebé nazca sano y completo.
En fin, mil consejos le dieron y Renata jamás entendió. Consumada la adopción, ahora su cerebro, con sobrada razón, le está reclamando que lo mal hecho no tiene justificación.
Los senos, repletos de leche, miserablemente se los ordeña para otros bebés necesitados; las enfermeras pasan a recogerla con un frasquito en la mano, y, mirándola de soslayo, en corrillo misteriosas se cuchichean.
La presión se vuelve insoportable y Renata no puede más. Delante de su madre, por fin, prorrumpe en llanto.
La señora se incorpora de la cama. Azorada, e incapaz de medir el tamaño de la sandez de su hija, justamente enojada, pero repuesta de la tremenda noticia, colérica la encara:
—¡Dios del cielo! ¿Pero qué es lo que me estás queriendo decir, grandísima idiota? ¿Que regalaste a mi nieta? ¡¡¡Inútil!!! ¿Pues en qué oscuros y recónditos rincones de tu mente engendraste tan baja idea? ¡Me cuesta creer que seas tan imbécil! ¡Pero cómo fuiste capaz de semejante barbaridad! ¡No, no lo creo, no lo quiero creer, es más, me resisto a creerlo! ¡Tu padre se muere por conocer a su nieta! y tú: «la regalé». ¡Estás chiflada, sí, chiflada! ¡Necesito hablar con el director del hospital, ahora mismo! ¿Sabes qué? Este golpe puede matar a tu padre... ¿Lo sabes? No, ¿verdad? Él está enfermo del corazón, grandísima tarada. ¿A quién se la diste? ¡Anda, dime,... a quién! ¿Sabes qué?, eres una fresca —fingiendo la voz en tono de burla—: “la regalé y no supe ni a quien”. ¡Ignorante! ¡Pero te vas a arrepentir de esto, ya lo verás!
Doña Sofía, colérica, en silencio razona: «que mi hija tuviera sexo irresponsable con aquél bribón, era insoportable; pero que regalara a la niña, inocente de todo, era el colmo de los colmos».
La madre de Renata no sabía de dónde le brotaban tantos insultos, pues en su hogar, la vida transcurría tan sosegada que casi nunca se salía de sus casillas. Renata, desde niña, fue muy obediente, manejable, estudiosa, responsable, cariñosa y muy respetuosa.
Don Eduardo, por su parte, era un hombre probo, noble, de carácter afable, tolerante, prudente y educado; muy entregado a su trabajo, y sin ningún vicio. A las dos, nomás las adoraba y vivía al pendiente de sus caprichos. Ellas, a su vez, lo querían entrañablemente, y lo atendían a cuerpo de rey. Los tres, sin sombra de dudas, con la calidad morel de don Eduardo, hasta este momento formaron un hogar ejemplar en el que reinaba el amor y la concordia.
Sí, esta mala noticia seguro que lo afectará.
Renata, sofocada por el llanto reprimido, sin respuestas para tantas ofensas y desmedidos reclamos de su atribulada madre, atina a balbucear:
—No sé, mamá, no lo sé. Sólo me dijeron las Madres de las Caridad que la niña quedó en muy buenas manos, con una familia educada, de sólidos principios morales y espirituales, y con una posición económica más o menos buena, que no debo preocuparme. ¡Mi hija va a estar bien, mamá, sé que va a estar bien! —Vehemente, pero con débiles argumentos y con la angustia dibujada en su bello rostro, Renata intenta convencer a su madre:
—¡Boba! —Explota la madre— ¡La niña estaría mejor con nosotros,... contigo! ¡Insensata, eso es lo que eres, una vulgar y trágica insensata! ¿Qué le hubiera faltado a la niña en tu casa? ¡Nada! ¿Cómo le vas a explicar a tu padre tu desquiciado proceder?
Renata, de momento no supo que recusar. Con lágrimas rodándole por las mejillas, todavía saca fuerzas de flaqueza para defenderse:
—¡Yo no quería ser madre soltera, mamá!
—¡Ay, Renata, pero qué tonterías dices, ser madre es un timbre de orgullo y una bendición de Dios! Ahora, lamentablemente, no serás madre soltera, ni madre, te vas a perder de las satisfacciones más hermosas de la vida, por qué, porque siendo una joven inteligente rechazaste los consejos que se te dieron. Tendrás que sufrir las consecuencias, que, no lo dudes, serán desagradables.
En eso momento entró una enfermera interrumpiéndolas. Soña Sofía le preguntó cuando se podía llevar a su hija:
—En este mismo momento, si usted así lo quiere, nomás pase a pagar la factura a la Administración y enseguida se puede llevar a su hija.

***
En Chile, como en otros países, las autoridades prohíben estrictamente todo tipo de información acerca de las personas que intervienen en una adopción. Renata, seguramente comprometió a su bebé antes de que éste naciera, y las autoridades permitieron la adopción sin cumplir los requisitos correspondientes. Renata, como estudiante estaba inhabilitada par consumarla. De manera que el acto funcionó ilegalmente. Eso era indiscutible.
Don Eduardo y un abogado de primer nivel, enderezaron algunas querellas judiciales con el propósito de cancelar la adopción, pero no tuvieron éxito. El fallo del Juez de lo Familiar era inatacable, y no había recurso legal alguno que oponer. Por consiguiente, el caso se archivaba.

***
Tan pronto como salió del hospital, Renata regresó a la casa de sus padres acompañada de doña Sofía.
Fueron pasando los meses, los días eran monótonos y rutinarios en el hogar de don Eduardo.
Renata no quiso estudiar, y las visitas de Mariana cada día eran más espaciadas. Ahora cursaba el tercer año de la carrera. Las dos ya tenían 20 años.
Doña Sofía, al ver que su hija cada día perdía la ilusión de vivir, optó por llevarla con el médico familiar. Éste la examinó minuciosamente y le hizo las preguntas de rigor. El médico no le encontró nada y les informó: «No hay de qué preocuparse, señora, Renata está completamente sana, aunque un poco baja de peso y ligeramente pálida. Le voy a recetar vitaminas y una dieta rica en hierro y proteínas. Le recomiendo que tome dos litros de agua diarios, uno en la mañana y el otro litro en la tarde. La chibola debe limpiar muy bien los riñones. Además, le aconsejo que camine, por las mañanas, media hora todos los días. Es todo, señora, ya verá que, Renata, muy pronto se va a sentir bien».
Doña Sofía estuvo al pendiente de cumplir todo lo que el doctor ordenó, inclusive, ella hizo las caminatas en el malecón del puerto acompañando a su hija.
Pero al cabo de dos meses lamentablemente la chica no mejoró.
Los padres de Renata se angustiaban de verla apagada, sin brillo en los ojos y sin ánimos de nada. Le aconsejaron que buscara la forma de divertirse, que se fuera al cine o al teatro con su madre, o que fuera a tomar un café con Mariana.
Renata les contestaba que así lo haría, pero no fijaba fecha.
Un día por la tarde, doña Sofía la encontró llorando. De inmediato se acercó a ella para consolarla, pero Renata le pidió que la dejara sola y le aseguró que pronto se le pasaría. La señora le dijo que, por favor, olvidara el pasado, que era demasiado joven para atormentarse por una decisión equivocada, y que se acercara a Dios Nuestro Señor en busca de consuelo.
—Sí, mamá, no te preocupes, de ahora en adelante estaré aún más cerca de Él. Lo que pasa es que de unos días para acá, por las tardes, me duele un poco la cabeza. Ya me tomé dos aspirinas y me siento mejor; pero no te preocupes, mamacita, que muy pronto me voy a recuperar.
Renata, hasta este momento, más de un año después de la adopción de la niña, es incapaz de superar el durísimo suceso que experimentó.
El breve encuentro con Martín, en La Isla de Pascua, la destrozó. Sus padres no podían aceptar, que su hija tan joven e inteligente, se dejara aniquilar de esa manera por causa de la primera adversidad que enfrentaba en su corta vida.
Los días enteros se los pasaba arrinconada en su recámara y su carácter, poco a poco, se tornó huraño, irascible e intolerable.
La palidez en su cara les indicaba, sin lugar a dudas, que su salud seguía deteriorándose. Y, sin saber por qué, Renata rechazaba la presencia de su padre a su lado.
Con chiqueos y atenciones doña Sofía hizo todo lo posible por ganarse la confianza de su hija. Jamás le recriminó nada de lo ocurrido. Al contrario, trató de infundirle alientos para que recobrara las clases perdidas en la facultad.
«Tú eres de mente despejada, Renata –le dijo-, y puedes con la mano en la cintura reincorporarte a tus estudios. Debes rehacer tu vida y dejar atrás los reveces, porque simplemente la vida es así, la distinguimos porque está pincelada con luces y sombras. No todo es liso, hijita, hay demasiados obstáculos en las veredas que debemos transitar.
«A nosotros nos daría mucho gusto que salieras a divertirte con tu amiga Mariana, o con otros chicos, ¿qué no ves que a tu padre y a mí, nos mortifica que estés todo el día soterrada en tu recámara? No te amargues la vida, Renata, vive, porque la vida suele ser muy corta».

***
Ese domingo don Eduardo se levantó más temprano que de costumbre. Doña Sofía, todavía en la cama, le preguntó:
—¿A dónde vas tan temprano, Eduardo?
—Voy a misa de siete.
—¿Quieres que te prepare el desayuna para cuando regreses?
—Sí, si me haces el favor.
—Bueno. Está bien.
El señor se metió a la regadera, se dio un baño rápido, se rasuró, se puso loción en la cara, se vistió, cogió su sombrero y se fue a misa de siete.
Al salir de misa compró el periódico y fue al mercado a comprar fruta. Tomó el autobús que lo dejó cerca de su casa
Doña Sofía, enseguida que se fue su marido, hizo la cama, se bañó, su puso la bata y se enrolló el pelo con una toalla. Subió a la recámara de Renata para despertarla y para que acompañara a su padre a desayunar. Renata le dijo a su madre que la disculpara, pues le estaba doliendo mucho la cabeza. Le recomendó que se tomara una aspirina, y que siguiera durmiendo tranquilamente, que ella acompañaría a su padre a desayunar.«Gracias, mamá –le dijo-, recorre la cortina de la ventana, por favor, porque me lastima la luz». Renata siguió durmiendo.
Al regresar don Eduardo, su esposa le tenía listo el desayuno: pan tostado, un plato con papaya cortada en cubitos, mermelada de fresa, un jugo de naranja y café descafeinado.
—¿Y Renata? —Preguntó don Eduardo— ¿No viene a desayunar conmigo? —Fueron sus últimas palabras.
—No —le contestó la señora—, otra vez las famosas jaquecas.
Desayunaron sin darle importancia a la dolencia de su hija. Al terminar, don Eduardo, leyó el periódico saboreando su primer café descafeinado de la mañana; doña Sofía ahora estaba fregando los poquitos trastes en la tarja de la cocina. De pronto oyó un golpe sordo y el ruido de trastes estrellándose en el piso; la señora se dio la vuelta asustada y, al ver el cuerpo de don Eduardo tendido en el piso, exclamó:
—¡¿Qué te pasa, Eduardo, dime que te pasa?! —Enseguida le gritó a su hija para que le ayudara a levantar el cuerpo de don Eduardo:
—¡Renataaa, ven, córrele!
La joven no respondió, estaba profundamente dormida. La señora
corrió a levantar a su marido, pero no pudo; le gritó otra vez a su hija, pero ésta no oyó sus gritos; le acomodó el brazo a su esposo para acostarlo de nuevo, le dio respiración de boca a boca apretándole la nariz; angustiada, vio que su marido se estaba muriendo, y que ya no tenía pulso ni palpitaciones en el corazón. Alarmada, subió corriendo a la recámara de su hija y, con fuertes movimientos, la despertó:
—¡Despierta —le dijo— tu padre está muerto!
—¡¿Qué?!

***
El médico que expidió el Acta de Defunción, escribió en la causa del deceso: “Infarto al miocardio”.
Los restos de don Eduardo fueron cremados y las cenizas reposan dentro de una copa de metal dorado en el armario de la recámara de doña Sofía.
Tres años y medio después del nacimiento de la hija de Renata, don Eduardo falleció a la edad de 48 años, en la plenitud de su vida.
Destrozadas las dos mujeres se quedaron solas.
Renata entró en una fase depresiva tan aguda que minó su delicada salud. La muerte de su padre le caló muy hondo y ella también se quería morir, se sentía culpable. Sin su hijita y sin su padre la vida ya no tenía sentido para ella.
«No, Renata —le decía su madre—, la vida sigue. Tenemos que sacar fuerzas de flaqueza, no te dejes abatir. ¡Ánimo!».
En esta etapa Renata adelgazó, su rostro perdió la lozanía propia de su juventud y sus ojos negros su natural brillo.
Siempre tenía analgésicos a la mano. «No los tomes tan seguido —le dijo su madre— porque te vas a dañar del estómago, acuérdate que el doctor te dijo que nada más era una grajea cada
ocho horas». Pero las jaquecas eran insoportables, de manera que la chica se veía obligada a tomarla cada cuatro horas.
Doña Sofía se pasaba los días estresada y mortificada, porque veía a su hija demacrada y sin ganas de vivir. Pero se consolaba diciendo: «Aunque se oponga, mañana la llevo otra vez con el doctor. Estoy segura que muy pronto se va a recuperar. Renata aún es muy joven».
Pasaron los meses y doña Sofía y su hija no se recuperaban del tremendo golpe que representó la muerte de don Eduardo. A veces a la señora le daban ganas de correr, de abandonarlo todo, pero su hija la ataba, pues cómo dejarla a la buena de Dios, imposible.
Fue por esas fechas que Renata trabajó como obrera en una planta de procesamiento y enlatado de alimentos. La factoría se dedicaba a surtir los grandes almacenes del país, del Perú, Bolivia, Brasil y parte de Argentina. Además, abastecía los trasatlánticos, trasbordadores y aeronaves.
Se le presentaron oportunidades de noviazgos serios, pero su fracaso con Martín y sus frecuentes jaquecas, le impedían involucrarse en cualquier ofrecimiento de carácter sentimental. Su madre la animaba diciéndole: «Cásate, Renata, eres muy joven y debes rehacer tu vida, pero fíjate bien en el joven que elijes».
Renata nunca aceptó.
Vivía con el recuerdo de los hermosos momentos en La Isla de Pascua con Martín, en la facultad con Mariana y en el trajín de la vida con sus amados padres. Pero también vivía intensamente los crueles reveses. Con frecuencia se quejaba de que la fatalidad le había propinado lecciones tan duras como injustas. Pero le quedaba la satisfacción de que, antes de conocer a Martín, con sus padres formaron un verdadero hogar fincado en el amor, en la tolerancia, en la moderación y en las frecuentes muestras de cariño.
Ahora ya todo era diferente. Dos o tres veces escuchó a su madre decir que el destino traicionero les había ensombrecido la vida... y tenía razón.

ESTA HISTORIA CONTINUARÁ...

Rogelio

viernes, 30 de enero de 2009

Renata.

Capítulo 2
Isla de Pascua.


La Universidad Gabriela Mistral, donde ella, Mariana y Martín estudian, goza de un merecido prestigio nacional, tanto por la calidad de sus instalaciones, como por el alto grado de preparación de maestros y personal docente. Además, por la acabada formación académica de los alumnos graduados. De esa universidad salen los jóvenes más aventajados y cotizados del país en Biología Marina y otras especialidades.
La Dirección del Instituto, tradicionalmente los años nones, premia a los estudiantes más aplicados del segundo y tercer grado con una excursión de 15 días a los lugares más interesantes del país. Los han llevado, por ejemplo, a la isla Alejandro Selkirk; al desierto de Atacama para admirar los antiquísimos petroglifos; a Pichuncaví; a Viña del Mar; a la isla Robinson Crusoe; al Parque Nacional Bernardo O´Higgins y hasta la región de Magallanes, en la antártica chilena.
Este año se autorizó, a petición de los muchachos, la expedición a la volcánica Isla de Pascua (Rapa-Nui, en polinesio), en posesión de Chile, desde 1888, y descubierta en 1722, por el almirante holandés Jacob Roggeven. La Isla de Pascua, es la más oriental de las islas de la Polinesia y uno de los sitios habitados (cerca de 10.000 habitantes) más aislados del resto del planeta.
La dirección de la universidad, encomendó a los alumnos un relato histórico de la isla. A la mejor crónica se le va a conceder el honor de publicarla en el Suplemento Cultural de la Gaceta de La Universidad.
Tal honor, como era de suponer, lo recibió la joven Renata, pues según el criterio del jurado designado para el caso, su trabajo fue el mejor.
He aquí la crónica presentada por la jovencita.

ISLA DE PASCUA.
“Según las crónicas geológicas, hace 2 millones y medio de años, hizo erupción un volcán en medio del Pacífico, muy lejos de cualquier tierra habitada. Tal fenómeno formó lo que hoy se conoce como la Isla de Pascua la cual estuvo poblada por personas de origen desconocido quienes, en el más completo aislamiento geográfico, desarrollaron una cultura muy compleja y estratificada.
“Las tribus de la isla veneraban a sus ancestros, a quienes representaron en colosales moais o estatuas de piedra que las tribus de Rapa Nui –nombre original de la isla- tallaron y levantaron como gigantescas figuras de piedra.
“No obstante, destrozaron el sistema ecológico de la isla al talar los árboles para transportar los moais junto al mar, tal como están ahora. Es por ello que la isla tiene poca vegetación. Poco se sabe de dónde provenían tales tribus, la versión más aceptada concluye que los polinesios, al viajar en sus canoas de madera en el Pacífico, lograron llegar al territorio. Otras versiones, como las del navegante y arqueólogo noruego Thor Heyerdal –quien cruzó el Pacífico del sur en balsa-, afirman que fueron culturas preincaicas que llegaron en barcas de papiro, como las que surcan las aguas del lago Titicaca.
“En los siglos XVI y XVII, las tribus de la isla derribaron muchas estatuas más grandes. Pero fue hasta el domingo de Pascua de 1722 que un navío mercante holandés descubrió por azar el lugar y lo bautizó como Isla de Pascua. En los decenios subsecuentes, algunos barcos mercantes recalaron e hicieron escala en la isla. Hasta 1838, algunas de las estatuas caídas fueron levantadas de nuevo; sin embargo, la población de la isla fue diezmada cuando barcos peruanos llevaron a cientos de sus pobladores a Perú para trabajar en las minas de oro y plata. La mayoría de los habitantes nunca regresó a la isla y los pocos que volvieron formaron solamente una comunidad de 110 almas. No obstante, con anexión de la isla a Chile en 1888, la población aumentó gracias a que tenían alimentos, vivienda y auxilios médicos.
“La isla cubre un área de 116 kilómetros cuadrados, y tiene tres volcanes principales, uno de los cuales es el Rano Raraku, de donde se extrajo la piedra para construir las colosales estatuas. En los lugares costeros de la isla conocidos como Tahai, Ahu Akivi y Tongariki, se localiza la mayoría de las 600 estatuas que aún está de pie y que constituye la mejor atracción. Algunas de las estatuas que se yerguen sobre plataformas funerarias tienen ojos enigmáticos de alabastro blanco y negro y proceden del volcán Rano Raraku; las más altas miden casi 20 metros y pesan 300 toneladas.
“También son dignos de visitar la cantera de Rano Raraku y el centro ceremonial Orongo.
“La Isla de Pascua forma uno de los ángulos imaginarios del inmenso triángulo polinesio y algunos cruceros de lujo que hacen el circuito de Sudamérica y La Polinesia Francesa tienen como escala la isla. No obstante, es fundamentalmente en avión saliendo desde Santiago o desde Papeete como se accede a la isla”.
Se organizó una ceremonia para entregar el reconocimiento a la triunfadora. En presencia de sus padres Renata lo recibió llena de orgullo, expresó unas palabras de agradecimiento al señor director, a sus maestros y a sus compañeros en general. La maestra de Historia y Literatura de Renata, destacó el trabajo literario concerniente a La Isla de Pascua.
Terminada la breve ceremonia, los padres de Renata la abrazaron y la besaron. Enseguida, invitaron a Mariana a tomar una soda en la cafetería de la escuela. Las cuatro personas charlaron animadamente, y lamentaron que Mariana no hiciera el viaje a la isla, pues su padre se encuentra delicado de salud, y está programado para una operación la semana entrante en la que le implantarán un marcapasos.
***
Llegó el día de la salida al puerto de Valparaíso, desde donde los chicos van a abordar el transbordador Lucero del Antártico. La cita en La Central de Autobuses, la fijaron para las 20:00 horas, ya que el autobús saldrá en punto de las 21:00 horas.
La algarabía, el ir y venir, y el bullicio de alumnos, maestros y familiares era indescriptible en los pasillos de la Central. Los padres, por ejemplo, comprando los boletos en el mostrador de la Línea; las madres, dando bendiciones e instrucciones de última hora a sus respectivos críos, y la maestra y el maestro, encargados de la disciplina de los jovencitos, les urgían para que abordaran el autobús y que los chicos estuviesen al pendiente de sus equipajes de mano. Animados los chicos no paraban de conversar con sus compañeros de viaje.
Cuando el autobús inició la marcha, algunas madres no pudieron contener el llanto. Sus hijos les mandaban besos y les decían adiós a sus padres desde las ventanillas.
La Dirección de la universidad les asignó a los alumnos viajeros la tarea de presentar un reporte de la fauna marina, de las estatuas moai en la isla, así como un relato sucinto de la enorme cantera y de los volcanes existentes en la lejana y enigmática Isla de Pascua.
Los excursionistas, por supuesto, tendrían suficiente tiempo para hacer turismo. Un guía les daría santo y seña de la isla, de los gigantescos monolitos.
Les diría, por ejemplo, que actualmente existen más de 800 estatuas, que algunas pesan más de 300 toneladas, que aún se ignora quién las esculpió, con qué fin y cómo lograron los nativos levantar las descomunales figuras con herramientas más que rudimentarias, pues en la isla no se conocía la rueda ni el metal.
El guía les informaría, también, que se explota una cantera muy apreciada por los escultores. Y, finalmente, que las estatuas están en la isla desde el siglo VII d. C.
Luego de una noche de canciones acompañadas por guitarras y organillos de boca, de porras a todo lo habido y por haber, y de arrumacos al amparo de la oscuridad, los muchachos cayeron rendidos por el sueño.
El autobús arribó al puerto de Valparaíso al día siguiente, con tiempo suficiente para comer y abordar el enorme barco, que entre otras cosas, transporta valijas del correo, mercancías diversas, las provisiones del trasbordador, pasajeros, turistas y vehículos.
La salida del barco está anunciada para las seis de la tarde.
Auxiliados por la tripulación de la nave, los pasajeros lo abordan por la escalinata que conduce a la cubierta número tres. Luego de recogerles el pase de abordar, les asignan sus respectivos camarotes y les proporcionan la llave de la cerradura.
Los alumnos lo abordaron al último. Después de cerciorarse que los muchachos estaban completos, los maestros revisaron que los jóvenes tuviesen a la mano sus respectivos pases de abordar y les exigieron que cuidasen sus pertenencias.
Les informaron, asimismo, que las maletas les serían entregadas en los camarotes que les fueron asignados.
Una vez que se cerró la puerta de ingreso de pasajeros, el contramaestre de tierra recibió la orden de destrabar la escalinata de ingreso y de soltar las amarras que sujetan al barco firmemente al muelle. El oficial de máquinas en la proa, a una orden del Práctico, leva las anclas de estribor y de babor por medio del winche. Después de esto el Práctico pide máquinas y el gigante se mueva lentamente en un burbujeante remolino provocado por la enorme propela. Fija el rumbo hacia la estrecha bocana del puerto y, a dos millas de distancia, le cede el mando al Capitán del barco. Éste, a su vez, tal como lo exige el Protocolo Marítimo, da los tres silbatazos de rigor: largos, graves y ensordecedores.
Zarpa el barco del puerto de Valparaíso en una singladura hasta el puerto de Hanga Roa, de La Isla de Pascua.
El Práctico abandona el barco por la enorme puerta de aprovisionamiento, aborda el remolque que ha seguido al barco muy de cerca y se pierde en la lejanía de regreso al puerto de Valparaíso.
Los muchachos, nerviosos, ya suben y bajan buscando sus respectivos camarotes. Las señoritas se alojan por parejas en la cubierta 2; los jóvenes también por parejas, pero hasta el fondo en la cubierta número 6 junto al enorme y ruidoso cuarto de máquinas.
Les espera un largo recorrido de 2045 millas náuticas, rumbo al Oeste, pues al Sur del Trópico de Capricornio, en el paralelo 35, se ubica la misteriosa Isla de Pascua.
Se inicia, pues, una experiencia maravillosa e inolvidable para los alumnos de la universidad.
Atracaron en la isla al tercer día de la salida del industrioso puerto de Valparaíso; se instalaron en el hotel previamente reservado y, a la mañana siguiente, después de un abundante desayuno, se disponen a caminar hacia las 7 estatuas más cercanas ubicadas junto a la playa.
Los maestros les piden que se agrupen porque el guía les va a tomar una foto. El día está fresco y soleado. Las estatuas de caras grotescamente achatadas, sin cuello, con narices y orejas tan prominentes como desproporcionadas, y con algunas cabezas coronadas con una especie de ribete rojo cilíndrico, a manera de bonete, son un motivo excepcional para la fotografía. El mar Pacífico, de un azul intenso, les servirá de telón de fondo.
Antes de tomarles la foto a los jovencitos, el guía aprovecha la reunión para informarles que los monolitos se esculpieron con las canteras extraídas del cráter del volcán Rano Raraku, situado en la parte oriental de la isla, al que mañana le harán una visita.
Fue precisamente ahí, en esa lejana isla, junto a los gigantescos megalitos, a menos de cien metros de un misterioso cementerio, que Renata y Martín tuvieron su primer contacto. Allí surgió en el corazón de la chica por primera vez, la chispa irresistible del amor... del casto amor.

Capítulo 3
Renata desvela su secreto


Es hasta esa tarde soleada de verano, pero fresca por la suave brisa del Pacífico, que Renata se decidió. Mientras escucha desde la ventana abierta de par en par —la única que hay en su habitación— a Chabuca, el rumor de la calle y los chicos jugando al fútbol, resuelve que su secreto ya es impostergable. Decide que antes de decirle nada a sus padres, va a informar a Mariana en primer lugar. Enseguida le llamaría por teléfono para darle la feliz noticia.
Pero el silbato del trasbordador, apenas audible por la lejanía, interrumpen sus pensamientos. Y en una sucesión de escenas vertiginosas le traen a la mente los sucesos ocurridos en la isla, así como su desdichado encuentro con Martín.
En efecto, los tres silbatazos que anuncian la salida del barco de pasajeros hacia el Sur, al industrioso e importante puerto de Valparaíso, ubicado casi a la mitad de la franja chilena, y punto de enlace con algunas islas del Pacífico del Sur y del Lejano Oriente, por sí solos le traen, cada quince días, tristes e imborrables recuerdos. Pues precisamente en el Lucero del Antártico, navegando de regreso de La Isla de Pascua hacia el continente, ella y Martín sellaron sus destinos: Renata fue flechada por el impacto instantáneo del sincero amor; cree en las promesas de matrimonio inmediato y cede a las necias y desconsideradas solicitudes de la prueba del amor. Reconoce que con base en estos sentimientos y promesas, que rebasan los linderos de un noviazgo decente, y abusando Martín de la ingenuidad de Renata, no obstante su probada inteligencia y sus 19 años cumplidos, ésta se le entrega completa y sin reservas, provocando que sus vidas, desde ese preciso instante, den un vuelco inesperado y dramático.
Sentada en el alféizar de la ventana, acompañada por las cadencias musicales de La Flor de la Canela, y sintiendo los ligeros y persistentes movimientos en su seno materno, Renata acepta su gravísimo error; comprende que se dejó engañar como una tonta y los tres silbatazos del trasbordador periódicamente se lo recuerdan.
No olvida que siendo apenas una niña de doce años, su madre le dio ciertos consejos que le golpean el cerebro:
—Ahora que experimentas eso —le dijo su madre—, que no tiene por qué preocuparte, debes saber, que del contacto sexual con un hombre, provienen los niños, ¿comprendes lo que te quiero decir?
—Sí, mamá —fue la respuesta de la niña Renata—, lo comprendo.
—Bueno, pues de ahora en adelante cuídate tú misma. A tu padre y a mí no nos gustaría vigilarte, porque confiamos plenamente en ti. La honra de una niña como tú, depende en mucho de cómo te hagas respetar en el trato habitual con tus compañeritos, de la educación que has recibido de nosotros y de tus maestros. Así que ten mucho cuidado, respeta y exige respeto hacia tu persona. ¿Me entiendes, o prefieres que te dé explicaciones más claras y precisas? En tal caso, yo lo haría con mucho gusto.
—No, mamá, no es necesario que me des más explicaciones, entiendo muy bien lo que me quieres decir.
—¡Excelente! —Sentenció la madre, le dio un beso en la mejilla y dio por concluido su consejo. Nunca más se volvió a mencionar el tema.
En sus continuas reflexiones, Renata se hace preguntas sin encontrar lógicas respuestas:
¿Por qué el sincero amor suele ser objeto de traiciones tan infames como la perpetrada por Martín hacia mí?
¿Cómo es posible que no haya sido capaz de aquilatar el profundo y sincero amor que yo sentí por él?
¿Por qué me ocultó que tenía compromiso formal con una chica, en el momento de exigirme la prueba del amor?
¿Es que el común de los hombres de una manera cruda, vulgar y obscena, sólo persiguen satisfacer sus apetitos sexuales sin considerar las graves consecuencias futuras?
La hipocrecía de Martín, mientras duró la excursión en La Isla de Pascua, estaba claro que obedecía a una perversa idea preconcebida: violar por violar, dañar por dañar sin miramientos.
Pero Renata reconocía que fue tan ciega y tan necia que su instinto de mujer, echa y derecha, quedó bloqueado, a tal grado, que fue incapaz de prevenirla del monumental engaño, de la cruel artimaña urdida por un sinvergüenza ocurrida a su regreso de La Isla de Pascua al puerto de Valparaíso, que fue donde tuvieron en repetidas ocasiones contacto sexual. Se reprochaba que ella misma bajaba hasta la cubierta 6, donde estaba el camarote de Martín, éste cerraba la puerta con pasador y se entregaban a un apasionado romance sin freno.
Fue de esta manera que Renata echó a la basura los consejos de su madre, y ahora se sentía sucia y despreciable, no obstante el bebé en su vientre. Vivía atormentada sin poder definir con transparencia el giro que le daría a su vida, o era el destino el que se encargaría de fijar el rumbo que debería andar. ¡Estaba confundida, muy confundida!
Antes de llamar a Mariana para participarle su decisión, Renata contempla la foto con nostalgia, aquella inolvidable fotografía donde está al costado de Martín con las manos entrelazadas; observó que los monolitos lucen enormes, y que el océano Pacífico muestra un azul tan intenso, como profundo. Recuerda, además, que frente a los gigantes, en una explanada como de dos hectáreas, había un cementerio a cielo abierto con blancas cruces perfectamente alineadas. No puede precisar por qué recuerda ese cementerio, pero sabe que lo tiene gravado en su memoria.
***
Un chico carismático, vivaracho, de 22 años, alto (1.85 de estatura), inteligente y líder natural de su grupo, llamado Martín, de inmediato se colocó al lado de Renata para la foto.
La verdad es que no se había fijado en la serena belleza de la chica, en sus rasgos ligeramente polinesios, en su esbelta y muy bien formada figura y en su pelo negro sutilmente ondulado.
Ahora, atrevido, la coge de la mano entrelazando sus dedos con los de ella; Renata sintió su calor y, apretándola, acusó recibo del mensaje.
Durante el tiempo de la excursión, con el consentimiento de ella, Martín no la dejó ni a sol ni a sombra.
En las comidas, era su acompañante obligado; en el autobús, para visitar los lugares turísticos de la isla, se sentaba a su lado; en la playa, la apartaba del grupo para abrazarla y besarla con pasión, dejando que las olas los trajeran al garete; en la discoteca, bailaban incansables hasta que los maestros les ordenaban regresar al hotel, esto es, a la una de la mañana; los domingos en
la iglesia, en Misa de 12, Martín y Renata juntos,... siempre se les vio juntos. Trabaron un estrecho vínculo punto menos que increíble, pero sin formalizar jamás la relación de noviazgo. Formalidad que Renata, por supuesto, no advirtió.
Ella se mostró incapaz de reconocer, que su comportamiento con aquel chico, casi desconocido, desbordaba los límites de la amistad, y que por ningún motivo debió permitirle las libertades que se tomó. Estaba consciente que actuó con ligereza, y que creyó en las absurdas promesas de su fortuito acompañante, de llevarla al altar. En vez de rechazarlas, como era su deber, Renata volaba en las nubes transportada al país de las ilusiones.
La feliz pareja ignoraba, por supuesto, que la amistad iniciado con tan buenos augurios en aquella lejana isla en medio del Pacífico inmenso, provocaría extraños, dolorosos y extravagantes sucesos. Jamás imaginaron el desenlace de su febril romance.
Sentada junto a la ventana de su habitación, aquellos felices momentos en la isla y en el trasbordador, le arrancaron un hondo
suspiro que se desvaneció tan pronto como cerró las hojas de la ventana.
Poco después de su regreso de La Isla de Pascua, la maestra citó a Renata en la cafetería de la escuela. Le preguntó que si seguía viéndose con Martín, Renata le dijo que sí, pero que lo notaba muy distante, y que no comprendía el por qué de su inexplicable proceder. La maestra no se anduvo con rodeos. De sopetón le dijo que se alejara de él, que ella sabía, de muy buena fuente, que él mantenía una relación muy estrecha con una chibola llamada Yolanda, de la ciudad de Antofagasta; que lo terminara cuanto antes, porque ese noviazgo no tenía futuro; que era preferible hacerlo ahora mismo antes de que se dañaran aún más sus sentimientos; que, finalmente, Martín no le podía ofrecer nada y que era probable que estuviera jugando con sus emociones.
Esta recomendación, tan inoportuna como sorpresiva, la dejó algo así como muda, pues la maestra ignoraba que nunca hubo ningún noviazgo, que fue tan inmensamente bruta que se le entregó sin reservas y que para colmo de males presentía que ya estaba embarazada. El tiempo le daría la razón.
Siguió viéndose con Martín por unos cuantos días más, no le comentó las advertencias que le hizo la maestra, y aprovechó para decirle que era muy probable que estuviera esperando un hijo suyo, que era obligado hacer algo, tomar una decisión antes de que fura demasiado tarde.
Martín siguió engañándola con toda soltura. Le dijo que no se preocupara, que ya su madre sabía que los dos se estaban conociendo, que era prudente que aceptara una invitación para comer con ella, con el objeto de que se fueran tratando; que todo se arreglaría convenientemente, y que él le diría cuando iría con su madre a su casa para pedir su mano y formalizar, de una vez por todas y para siempre, la relación y, de paso, fijar la fecha de la boda.
Al ver Renata que él seguía mintiéndole con total descaro, le preguntó:
—¿Y qué vas a hacer con Yolanda?
Martín no perdió la compostura e insistió en la mentira:
—¿Cuál Yolanda? Con ella terminé desde hace tres meses. Mi noviazgo con ella está totalmente olvidado. ¿No ves que todo mi amor lo vuelco hacia ti? —Y le dio un beso en la mejilla.
—Deja de mentirme, Martín y no seas caradura. Sé que estás a punto de contraer nupcias con la chibola de Antofagasta. ¿Acaso crees que no me doy cuenta?
Martín calló, dio la media vuelta y se marchó. Renata quedó rabiando de coraje. Desolada no supo que hacer ni a donde refugiarse. Muy contrariada se fue al salón de clases.
Al día siguiente, Martín desapareció de su vida. Jamás lo volvió a ver.
Segura de que ya Martín no iba a la facultad, se armó de valor y le preguntó a la maestra si tenía noticias de él. Ella le dijo que en la Dirección ya le habían cancelado la matrícula, porque su madre avisó que se iba a casar.
Esta noticia acabó de destrozarla e inexplicablemente sintió un extraño odio hacia su bebé. Sin saber qué hacer, acudió a su paño de lágrimas: Mariana.
Luego de narrarle todo lo ocurrido en la isla y en el barco a su regreso al puerto de Valparaíso, su amiga le dijo:
—¿Pero por qué lo hiciste, Renata? No debiste hacerlo ¿Estás embarazada?
—Sí, creo que sí.
—Y ahora qué vas a hacer.
—No sé, estoy muy confundida, y tengo mucho miedo.
—¿Lo saben tus padres?
—No, aún no se los digo.
—Pues pide ayuda.
—A quién. ¿Me puedes decir a quién?
—No sé, pero algo debes hacer. ¿Estás segura que Martín se va a casar?
—Sí, la madre avisó a la Dirección que cancelaran la matrícula de Martín, porque se iba a casar. Ése fue el motivo que dio su madre. Sonó el timbre de entrada a clases, cortando la conversación de las dos amigas, pero de cualquier manera, como era de esperar, Mariana no la hubiese podido orientar. En realidad, ¿quién pudiera orientarla? Nadie.
Renata no contaba mas que con dos alternativas: abortar o dejar que el bebé se desarrolle en el útero con normalidad.
El cielo sabía que ella anhelaba seguir siendo una señorita, pero los leves mareos y ascos le notificaban que ya era demasiado tarde.
Una cosa sí le queda clara, y es que nadie es más culpable que ella misma: se dejó seducir como una boba por un sujeto perverso, embustero y abusivo. Jamás debió acostarse con él ni con nadie.
Como una ráfaga en el cerebro recordó los breves consejos de su madre. Si le hubiera hecho caso... Qué tarde comprendió que el hubiera no existe.
***
Por fin se atrevió. Temblando de miedo marcó el número telefónico de Mariana. Supo que esta comunicación sellaba su destino imprudentemente labrado por ella misma. La atrapó un ligero temorcillo que presagiaba groseros cambios.
—Aló. ¿Quién habla? —Contestó Mariana.
—Soy yo, Renata. ¿Sabes? te tengo buenas noticias, felicítame.
—Anda, primero dímelas que me muero por conocerlas, y ya luego veremos.
—Pues nada, que hoy es el día. Mis padres se fueron de compras, y a su regreso se los voy a contar todo.
Deséame suerte, Mariana, y reza por mí. ¿Lo harás?
—¡Claro que voy a rezar por ti, lo juro! Te felicito por ser tan valiente. Ya verás cómo después te vas a sentir muy bien; tú y el guagua se van a librar de la terrible tensión. Suerte, Renata, mañana hablamos. Adiós.
—Adiós, Mariana. —Colgó.
Temblando, admitió que ya no había reversa, y que este era el momento de confesarles a sus padres su vergonzoso secreto; narrarles con valor y con toda franqueza que se dejó engañar como una imbécil por un joven abusivo del que se enamoró como una loca; en fin, decirles que traicionó la confianza que depositaron en ella. Eso era todo. O, ¿acaso había algo más?
***
Cuando regresaron sus padres de hacer las compras, don Eduardo se fue a la cocina, dejó su periódico encima de la mesa, se preparó una taza de café y se sentó a leer.
Doña Sofía, por su lado, entusiasmada subió a la recámara de su hija, y, con toda calma, empezó a abrir los paquetes para enseñarle lo que le habían comprado.
Pero, Renata, visiblemente nerviosa, y restándole importancia a los obsequios, con firmeza la interrumpe:
—Espera, mamá, olvida eso, no sigas por favor. Primero déjame decirte que estoy embarazada. Hace tres meses que no reglo.
—¿¡Qué!?
La madre, lentamente se incorporó, gira su cuerpo para quedar cara a cara frente a su hija; al instante sintió que la noticia le desorbita los ojos y le crispa los nervios y que una oleada de sangre le inunda el cerebro. Pero con un esfuerzo inaudito se contiene para no voltearle la cara de una bofetada. Demudada y casi en secreto la enfrenta, la sacude violentamente de los hombros y con una mueca de asombro reflejada en el rostro doña Sofía furiosa le suelta una ensarta de preguntas:
—¿Me estás diciendo que te metiste a la cama con un sujeto? ¡Con quién, anda, dime con quién! ¿Dime cómo le vas a explicar a tu padre esta barbaridad? ¿Dime en dónde dejaste la educación y el ejemplo que te dimos? ¡¡¡Los echaste por el desagüe, Renata!!! No, no lo puedo creer... esto tiene que ser un error de tu parte... ¿Acaso ignorabas las consecuencias de irte a la cama con un hombre? ¿A dónde fueron a dar mis consejos? ¡Le abriste la puerta al primero que encontraste! ¡Qué lamentable! ¿Nomás a eso fuiste a La Isla de Pascua? ¿De modo que mis fundadas sospechas se confirman ahora? Yo estuve a punto de decírtelo, pero... —abruptamente corta la frase para tupirla a preguntas—: ¿has visto al ginecólogo? ¿Te ha revisado alguien? ¿Te has vitaminado? ¿Haz hecho ejercicio? ¿Lo saben en la facultad? ¿Tu novio está al pendiente de tu embarazo? ¿Quién es él? ¿Por qué nunca nos lo presentaste? ¿Estás segura que tienes tres meses de embarazo...? ¡Por Dios, Renata, no debiste hacerlo! Pero en fin, ya está hecho y ahora hay que decírselo a tu padre; será una sorpresa muy dura para él, pero juntos debemos encarar el problema y darle solución, está de por medio la salud del guagua. Sentenció doña Sofía que no atinaba cómo empezar; estaba descontrolada y no sabía cómo decírselo a don Eduardo, pero sabía que era forzoso darle la noticia, ahora.
Si ella estaba pasmada por el sofocón, Renata gemía nerviosa con el pelo suelto en la cara, al borde del llanto.
—Serénate —le ordena—. Voy a llamar a tu padre y necesitas calmarte. —La madre le exige calma sin advertir que ella misma está hecha un manojo de nervios:
—¡Eduaaardo! ¿Puedes subir un momentico?
—Sí, enseguida subo.
El señor está leyendo el periódico en la mesa de la cocina plácidamente sentado en una silla saborea una taza de café. Al terminárselo, con toda calma se quita las gafas y las deja encima
del periódico, sube a la planta alta hacia la recámara de su hija, y, boquiabierto, mira a su mujer afligida y a Renata lloriqueando. Los regalos, en desorden, están encima de la cama.
—Pero, ¿qué es lo que está pasando aquí?
Inquiere don Eduardo, ignorando que la noticia que está a punto de recibir lo va a electrocutar. Continua:
—¿Ocurre algo? ¿Por qué llora Renata? ¿Me pueden decir cuál es el argumento del drama?
—Sí, cómo no. Renata tiene tres meses de embarazo.
En un acto reflejo don Eduardo se cogió del respaldo de la silla para no caer. Aturdido por el impacto de la noticia alcanzó a exclamar:
—¡¿Queeé?!
—¡Que Renata está encinta! ¿Eres sordo o te haces?
Doña Sofía casi le grita. Admite al instante que jamás lo había tratado así. De corridito, atropellada, nerviosa, autoritaria y con fingida entereza, le rinde un detalle pormenorizado del presente y del porvenir:
—Que dentro de seis meses Renata va a ser madre; que vamos a ser abuelos tú y yo; que desde este momento es nuestro deber apoyarla, comprenderla y darle amor para que el nene nazca bien sin el trauma de lo ocurrido; que rechazarla o reñirla agrava la situación y no se remedia nada; que desde ahora estamos involucrados los tres; que Renata debe abandonar de inmediato sus estudios; que hay que llevarla cuanto antes con el ginecólogo, y, por último, que es así como debemos entenderlo.
Visiblemente perturbado, y haciendo un gran esfuerzo, don Eduardo reclama:
—¿Cómo,... pero,... Renata,... cómo pudiste hacernos esto? —Trágico, con las dos manos mesándose los cabellos y con el rostro desencajado sigue enfrentando a su ofuscada hija:
—¿Te das cuenta? ¡Tú nuestra única hija! A la que educamos con esmero, con sólidos principios morales, cristianamente, y predicando siempre con el ejemplo; te inscribimos en el mejor colegio del puerto para que recibieras una educación de calidad; hasta ahora nuestro hogar, a ti te consta, lo he guiado por el sendero de la decencia y la honradez, hemos sido felices... Y, ¿ahora nos sales con esto?... No puede ser.
Al percatarse doña Sofía que su esposo está al borde del colapso, interviene conciliadora para atemperar los ánimos:
—Hijita,... Renata,... nos puedes decir,... ¿quién es el padre del guagua? —Renata ataja a su madre segura de que Martín ya está a un año luz de distancia:
—¡No, mamá, no se los voy a decir. Eso es lo que menos importa!

Por su parte don Eduardo, para sosegar sus propias emociones, y con la obligación de conseguir más información, con enfado la interroga:
—¿Pero cómo no va a importar, Renata? ¡Claro que importa! Hay qué exigirle a ese bribón que te cumpla, que se case contigo y que registre al niño a su nombre. De lo contrario, me veré obligado a proceder judicialmente, aprehenderlo si fuese necesario. —Don Eduardo dicta sentencia—: Tú eres menor de edad y él, sin duda, abusó de ti. ¿Te violó? Anda, dime, ¿este sujeto te violó?
Con enojo Renata le reclama a su padre, pero a la vez le ofrece sus razones:
—¡Ay, papá, no inventes, por favor, que no hubo nada de eso! Lo hice por amor; lo hice con mi pleno consentimiento; lo hice porque me enamoré de él; lo hice por sus promesas de matrimonio que fueron un engaño; lo hice porque creí en él, y desde que le dije que estaba encinta, huyó... es más, hace poco contrajo matrimonio con una chibola de Antofagasta, y eso me ofende, papá. Nunca más lo he vuelto a ver, y me siento anulada, sin dignidad, hundida. ¿Lo entiendes, papá?
Cabizbaja, con su bello rostro congestionado por el copioso llanto y con sus ojos negros fijos en el vacío, Renata vislumbra duros reveses, presiente que su destino, resbaloso, se está configurando.
Mientras que don Eduardo, desconsolado e impotente ante la poca capacidad de maniobra que le dejan las circunstancias, y cogiendo firmemente la mano de su esposa, débilmente insiste en su exigencia, pero ya en franca retirada:
—Sí, lo entiendo, Renata, pero tú también debes admitir que tu madre y yo, queremos que nos digas quién es él.
Bajando el tono de su defensa, Renata replica todavía con firmeza:
—No, papá, no quiero que lo sepan, no vale la pena. Mi pareja se burló de mí al contraer nupcias con otra, y al dejarme embarazada con un palmo de narices. Ahora estoy rabiosa por su infame proceder. Más bien les pido que cuando llegue mi hijo lo reciban con amor. Con eso me basta. Pero por ahora, ya déjenme en paz.
Sus padres callaron. A una discreta señal de doña Sofía, todavía cogidos de la mano, salieron de la recámara.
Renata se quedó anegada en llanto. No hubo sorpresas. Así imaginaba el encuentro con sus padres: decepcionante para ambas partes.
Una vez que se hubo recuperado del incidente, guardó los regalos en el armario sin abrirlos; apagó la luz y vestida se metió a la cama.
¿Cómo informarle por teléfono a su amiga Mariana lo sucedido en este momento con sus padres? Por ahora no estaba en condiciones de hacerlo, se encontraba tan contrariada que decidió hacerlo personalmente hasta el día siguiente.
En este momento pensaba que era indispensable limar asperezas con sus padres, atender las necesidades de su embarazo para asegurarse de que su hijo estuviera sin sobresaltos en su seno materno, y acudir a la universidad regularmente.
«Cuando vea a Mariana en la escuela —pensó— se lo contaré todo. O, tal vez,...»
***
Al día siguiente Renata le dio un giro inesperado a sus planes.
Se levantó más temprano que de costumbre, se dio un baño con agua caliente, metió toda la ropa que pudo en dos mochilas, desayunó con sus padres y su madre afectuosa le dijo:
—Ponte el abrigo y tu sombrero porque está haciendo mucho frío.
—Sí, mamá, horita me los pongo.
Les dio un beso en la mejilla a cada uno y se marchó. El padre la detuvo diciéndole:
—Ayer en la noche el ginecólogo me dio cita para mañana a las cinco de la tarde, va a revisarte. Sofía irá contigo.
—Sí, papá, gracias, a esa hora procuraré estar lista.
En vez de tomar el minibús para dirigirse al colegio, paró un taxi que la llevó a la Central de Autobuses.
***
En el puerto de Arica la noticia se propagó de inmediato.
Los atribulados padres echaron mano de todo.
La gendarmería acuciosa la buscó por cielo, mar y tierra, sin éxito.
Se pagaron anuncios radiofónicos invitando al público a denunciar el paradero de Renata.
Don Eduardo, desesperado, decidió publicar una fotografía de su hija, pero doña Sofía se lo impidió, diciéndole: «no lo hagas, Eduardo, ¿qué no ves que la exhibes?», pero cuando quiso cancelar la orden de publicación, la foto ya estaba en prensa y ya era imposible cancelarla. Al pie de la fotografía le suplicaba a su hija que, por favor, se comunicara con sus padres porque la estaban esperando, en su casa, con los brazos abiertos; que no tenían nada que reprocharle porque lo único que deseaban era cuidarla, darle aliento y, ante todo, atender las necesidades que estaba demandando.
No hubo respuesta. A Renata se la tragó la tierra.
El personal de la facultad recibió la noticia de la desaparición de la chica, con sincera pena.
Sorprendidos los compañeros de Renata, por su lado, les ofrecieron a los padres hacer hasta lo imposible por encontrarla.
Algunos muchachos se fueron a la ciudad de Antofagasta para entrevistar a Martín.
Éste, muy molesto, les dijo que no tenía noticias de de ella desde que llegaron de La Isla de Pascua, que por ningún motivo volvieran a incomodarlo con este asunto, porque él ya era un hombre felizmente casado. Que su noviazgo con Renata fue cosa de estudiantes y por tanto intrascendente y sin importancia.
Ciertas voces en el puerto noticiosas afirmaban que la joven se había refugiado en un convento de la ciudad de Cuzco, en el Perú; las malas lenguas alegaban que la chica se había suicidado arrojándose al mar desde un acantilado; los borrachos, en las cantinas del muelle, más atrevidos, afirmaban haber visto a la joven trabajando en un burdel de categoría en Santiago; las señoras del barrio, donde vivía Renata, le aseguraron a doña Sofía que su hija se encontraba en el puerto Punta Arenas, de la región de Magallanes en la antártica chilena, que sería conveniente que se fijara en la lista de vuelos hacia esa remota región para cerciorarse de su dicho.
En fin, rumores sin cuento, falsos rumores, pero de Renata, nada.


ESTA HISTORIA CONTINUARÁ...