Sigo en la sombra de tus pasos el fuego de tu rostro. Tan solo encuentro en el crepúsculo de tus ojos mi soledad reflejada en mil pedazos
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sábado, 23 de octubre de 2010

Recuerdos

Ex Hacienda Los Bancos



Por Rogelio Montaño

Nuestro abuelo, Ramón, no fue revolucionario, el fue administrador de haciendas: La hacie
nda de los Bancos y de los Limones, allá por Cotija.

Luego se vino con la familia a vivir a Queréndar
o, allí se hizo muy amigo de don Manuel García, dueño de un molino de nixtamal. Laura y yo, muy chiquillos, fuimos a Querénaro con la familia de don Manuel. La esposa de él, sufría de artritis, tenía las manos deformadas y no se podía parar; procrearon dos hijos como de nuestra edad: María Eugenia y Pablo. En ese entonces, estaba de moda la canción "Hilos de plata", que me parece que la cantaba Gaby Daltas. Tambié se escuchaba mucho, "Nosotros".

Don Manuel García
, frecuentemente llegaba a la casa de Corregidora a comer y se acostaba a dormir la siesta, en la recámara de mi mamá Tita y de mi papá Ramón. Este señor nunca llegaba a la casa con las manos vacías: nos llevaba aguacates negros charoleados, duraznos, guayabas o panela, que nos la comíamos con atole blanco. Yo quería mucho a este señor, porque casi siempre me daba un dos, hasta me llegó a dar un cinco sin que fuera domingo.

En aquel entonces Queréndaro era un rancho grande. Recuerdo que nos fuimos con Laura en un camión que abordamos en la plazuela de Carrillo. Don Manuel y los niños nos fueron a esperar a la parada de los camiones. Llegamos a la casa como gallinas recién compradas, todos desorientados.

La casa de ellos era un caserón, con huerta de árboles frutales y con una troje donde se guardaban las mazorcas de maiz. Don Manuel, tenía macheros donde había 3 o 4 caballos, vacas de ordeña y becerros, una yunta de bueyes y aperos de labranza. Diariamente nos daban chocolate en leche con pan de rancho, frijoles bien chinitos con queso seco y tortillas de comal. En la casa se aluzaban con focos de 40 watts o con aparatos de petróleo, la estufa era de tractolina color azul.

Como nosotros íbamos en
diciembre, que estábamos de vacaciones, hacía un frío del carajo, pero estábamos felices jugando con los niños. Don Manuel se levantaba a las 4:30, se iba al molino, regresaba y nos levantaba a las 6 de la mañana a ver ordeñar las vacas, porque en la puerta de la casa vendía leche. La hermana de la señora, semiparalítica por la artritis, doña Eulalia, vendía la leche, nos daba de almorzar, cuajaba queso cuando se les quedaba la leche; bueno, esta señora hacía todo. Tenía un chiquillo más grande que nosotros, caprichoso y peleonero, no nos gustaba juntarnos con él, pero su madre, en cambio, era un caramelo. Recuerdo que por las tardes, doña Eulalia, nos daba ponteduro, cajeta o un bolillo con nata. También nos cocía garbanza.

Una vez, don Manuel, nos llevó a caballo a su parcela sembrada toda de garbanza, fuimos como a las 6 de la tarde por las vacas y los becerros, el paseo por el campo montados a caballo, entre mirasoles, andanes y capulines, para mí, fue inolvidable, se me grabó en la mente.
Las vacas ya sabían el camino. No sé ahora, pero en aquel lejano ayer, había unas lagunas que más parecían pantanos, pero yo estaba fascinado.

Al siguiente día, después de almorzar, don Manuel nos llevó a la estación de ferrocarril, compró los dos boletos en la ventanilla, esperamos a que llegara el tren y nos subió, recoméndonos: se bajan en Morelia, no se vayan a distraer y se vayan hasta Pátzcuaro. Allí los va a esperar Chucha
. Yo conocía muy bien la estación de Morelia, porque con mis amigos nos íbamos a maletear para comprar corundas en el Santo Niño con doña Pachita. Estas fueron unas vacaciones maravillosas.

Yo entraba a 4 año de Primaria, con la señorita Cecilia Zalmerón, en la escuela Esther Tapia.
Llegaba, pues, a la realidad de la casa de Corregidora: a barrer la calle a las 7 de la mañana, a desquelitar el empedrado, a comprar un diez de café, en mero nfrente del Prendimiento, para mi abuelo y Ramón, y a tirar la basura en San Agustín. Pero también a juntarme con mis cuates, Sergio Barrera, Ramón Toledo y Antonio Paniagua. Y, de vez en cuando, con Polín Gallegos para atrancarnos de guayabas y pumarosas.

Esta pequeña anécdota te la dedico con mucho gusto a ti, querida María, en recuerdo de aquellos viejos tiempos. Ojalá que la disfrutes. Besos para ti.