Sigo en la sombra de tus pasos el fuego de tu rostro. Tan solo encuentro en el crepúsculo de tus ojos mi soledad reflejada en mil pedazos
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jueves, 2 de abril de 2009

Lima, Perú


Lima, como capital de Perú, cuenta con museos, palacios e iglesias importantes. Se destaca el Museo Oro del Perú, por sus importantes piezas de orfebrería y la colección de armas de guerra.

Hace tiempo, don Francisco Pizarro, a Lima la nombró Ciudad de los Reyes.


Llegamos a esta ciudad, procedentes de Quito, Ecuador, en un vuelo tan apacible como interesante, porque fui admirando parte de la cordillera más importante del mundo por su longitud. Además, porque era nuestro primer vuelo internacional hacia el cono sur. En realidad, mi primer viaje al extranjero, lo hice en mi coche, bordeando la costa del Pacífico, hasta la ciudad de Guatemala.


La cordillera se destaca por sus agudas cimas eternamente nevadas y sus valles tan profundos como inmensos. Me refiero a La Cordillera de los Andes.


Cuando acordamos mi señora y yo, ya estábamos descendiendo, en un aterrizaje casi perfecto, en el aeropuerto de la ciudad de Lima.


Raúl Chipoco, un guía de turistas, joven, comedido y de mente despejada, nos recibió identificándonos por medio de una pequeña pancarta que decía: Sr. Montaño.


Cubrió los trámites aduanales, me dio el cupón de reservación en el hotel Limeño, de tres estrellas, e hizo que un maletero llevara nuestras maletas al taxi.


Mañana a las 8:00 PM, paso por ustedes, nos advirtió Raúl. Una pareja de estudiantes los va a llevar en su coche para visitar la ciudad. Procuren estar listos a la 10:00 de la mañana. Hoy disfruten de su día libre. Pueden andar por las calles con libertad; las personas son atentas y comedidas con el turista.


Ya nos andaba por caminar por la ciudad, de manera que de inmediato abandonamos el hotel.


El administrador nos recomendó que fuéramos a El Callao, suburbio con playas muy frías, pero con restaurantes en los que se come los anticuchos peruanos, el asado de puerco con chile y miel y el pollo asado con achiote, ajo y cerveza, que nos gustó. Pedimos una orden y nos sirvieron medio pollo para cada uno. Saboreamos la comida con cerveza y pisco que me supo como a aguardiente del que fabrican en Uruapan. Había un trío: una guitarra, un requinto y una jovencita, la primera voz, las maracas. Les pedí, entre otras canciones, La Flor de la Canela, de Chabuca.


Como a las cinco de la tarde, satisfechos por la comida, las copas y las canciones con que nos deleitaron los del trío, que sabían las canciones de Carlos Lico, Manzanero, Leo Dan y Rubén Jaramillo, le pedí a un taxista que nos llevara a conocer la ciudad. Paseamos por el distrito de Miraflores con sus lujosos hoteles, grandes centros comerciales, barrios elegantes y avenidas amplias y arboladas. Finalmente, el taxista nos llevó por favelas de pobreza extrema.


-Para que adviertan los contrastes de la ciudad. En estas barriadas la gente es muy peligrosa –nos informó el taxista-, pero en las calles del centro, no. Pueden caminar en la noche sin riesgo.


La pareja de jóvenes estudiantes, Everardo y Dora, estudiantes del primer año de leyes, acudieron por nosotros al siguiente día con toda puntualidad.


La Agencia de Viajes nos va a pagar por hacerles el tour. Relájense y disfruten porque todo está pagado –nos informó Dora-.


En seguida nos llevaron a recorrer la ciudad.


Empezaron por La Plaza Mayor, muy cerca de nuestro hotel, que es el centro de la ciudad, parece que también se le conoce como Plaza de Armas, como en Morelia. Y terminaron en el fabuloso museo Oro del Perú, del que los limeños se sienten orgullosos.


En lo que constituye el Centro Histórico de la ciudad, apreciamos iglesias, casonas, museos y plazas, que me recordaron la de Villalongín y la de La Soterraña.


En la Lima moderna hay lo que en todas las grandes ciudades: aglomeraciones de personas, saturación vehicular, Bancos, iglesias con modernas arquitecturas, restaurantes lujosos, hoteles, colegios, sanatorios y una vida nocturna muy activa.


Ingresamos a la catedral, famosa por el Cristo de marfil. Es de estilo barroco como el templo de Las Rosas, en Morelia. No es tan señorial como nuestra catedral, en la que se venera El Cristo de la Sacristía.


Estimo que las catedrales más hermosas del país serían: La Catedral del DF, la de Guadalajara, la de Morelia y la de Puebla.


Aunque no entramos a ninguna casona, que verdaderamente son de admirarse a juzgar por las limpísimas fachadas y las ventanas con un entramado de madera de lo más cotorro, la verdad es que nos quedamos con las ganas.


Visitamos El Convento de Santo Domingo, en el que según parece, reposan los restos del negrito San Martín de Porres.


Relacionado con el Museo Oro de Perú, me llamó poderosamente la atención dos detalles: 1) La colección de armas, pistolas, espadas, cañones y todo tipo de artilugios de guerra de distintos países y 2) el amontonadero de vitrinas, estantes y escaparates, en los que se aprecian auténticas joyas de los artistas de la orfebrería. Parece que gran parte del museo se debe a las aportaciones de un coleccionista de nombre Miguel Gallo.


En el museo compré una colección de monedas de oro de 24 quilates, que con el correr del tiempo y un poco de dinero adicional, se convirtieron en "La Quinta Chingada."


Raúl Chipoco, nuestro guía, nos recomendó con la pareja que nos hizo el recorrido por la ciudad. Los invitamos a comer al día siguiente, pero ya no volvieron por nosotros.


Esa noche, Raúl, nos llevó a un restaurante de corte internacional, cuyo nombre no recuerdo, a cenar y a ver el show. Nos dieron una sopa de verduras, con cubitos de pan dorado, bastante buena; barbacoa de guanaco en salsa verde, la carne estaba muy suave; una mermelada de coco y una botella de a ¾ de Pisco.


En la mesa de cada pareja de turistas, colocaron una banderita correspondiente a cada país. A nosotros, por supuesto, la banderita de México.


Durante la cena, la pequeña orquesta nos amenizó el banquete con melodías peruanas que aplaudíamos con entusiasmo.


Una vez que terminamos de cenar, los meseros despejaron la pista y comenzó lo bueno, pues la orquesta empezó a tocar las melodías de cada país y pasaba la pareja a la pista a bailar la melodía. Por ejemplo, cuando el animador anunció por el micrófono: ¡Argentina! Todos aplaudíamos, a la vez que se levantaba la pareja de ese país, a bailar un tango. Y, así, hasta que nos tocó el turno: ¡México! gritó el locutor, nos aplaudieron para salir a bailar a la pista. ¿Saben cuál canción nos tocó bailar a Rosa y a mí? ¡¡¡El Jarabe Tapatío!!! ¡No puede ser, qué pinche pena! Pues ai (no ahí) tienen al par de pendejos bailando El Jarabe Tapatío como Dios nos dio a entender.


El show fue muy ligero: 4 muchachas, con sus parejas, bailaron mambo y música del folklor peruano, un mago y la cantante Ma. Jesús Vázquez que, por cierto, cantó muy bonito y fue muy aplaudida.


Para no hacerles el cuento largo, Raúl y yo, nos pusimos cuetes. El Pisco no me gustó, mucho menos como lo ligué: con coca cola, debió ser con refresco de toronja. De manera que me empezó a doler un poco la cabeza. La velada se acabó como a las 4 de la mañana, y nosotros teníamos vuelo reservado y confirmado, a la ciudad de Cusco, ¡a las 6 de la mañana! De volada fuimos al hotel para recoger nuestras maletas que ya estaban listas, Raúl, nos hizo el favor de llevarnos al aeropuerto. Nos esperaba un vuelo de hora y media, y yo, crudísimo y con sueño.


Rogelio