Sigo en la sombra de tus pasos el fuego de tu rostro. Tan solo encuentro en el crepúsculo de tus ojos mi soledad reflejada en mil pedazos
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lunes, 25 de julio de 2011

Nuestros Viajes por el Mundo - América del Sur

XV Argentina

Buenos Aires


El Tigre


XVI Brasil

Manaus



Rio de Janeiro


Niteroi


Sao Paulo


XVII Colombia

Bogotá


XVIII Ecuador

Quito

XIX Perú

Cusco


Lima


Machu Pichu

Por Rogelio Montaño

martes, 16 de junio de 2009

Machu Pichu

El recorrido del tren es maravilloso. Para salir de la ciudad de Cusco, discurre por barrios muy pobres y laderas muy empinadas, a tal grado, que algunos nativos lo abordan cuando el tren va caminando, así es de lenta la subida.

Una vez sorteados estos obstáculos, el pequeño tren coge velocidad, siempre moderada. Se aprecian pequeñas aldehuelas asentadas en suaves y frías laderas, y el trenecito comienza a correr a la vera de un riachuelo cristalino y hondo que nace en la Cordillera Oriental.

Dos horas más tarde, llegamos a la estación Quillabamba que está en la planicie, pero el tren no entra a la población. La gente se nos acerca en tropel, ofreciéndonos comida, choclo (elote) y prendas de vestir.

Las mujeres visten ropas típicas, sombreros tejidos y enaguas vistosas de la región; y, los hombres, se destacan por sus gorros de lana tejidos con dos agujas, y enormes orejeras.

Conforme el trenecito sale de Quillabamba y se acerca a la estación de Machu Picchu (montaña alta), que pertenece al departamento de Cusco, el riachuelo de aguas frías y cristalinas se va convirtiendo, como por arte de magia, en un río angosto, caudaloso, embravecido y con rocas enormes en su cauce. Pienso que es el deleite de los deportistas del remo y el cayac.

Llegamos a la estación de Machu Picchu a eso de las 11:00. La estación es un bullicio de gente, fonditas y negocios de curiosidades diversas. No alcanzamos a comprar nada, porque el cobrador del autobús nos estaba andaleando para abordar el vehículo y comenzar a ascender la muy sinuosa terracería, hasta el restaurante aledaño a las ruinas.

En el restaurante internacional, nos ofrecieron un coctel de bienvenida: Pisco sauer, cacahuates, galletas embarradas de jamón endiablado y nueces. La señorita aprovechó para repartirnos la carta de la comida, todo carísimo.

Luego del refrigerio, caminamos hacia las ruinas, en un entorno de montañas de ensueño. Nos acercamos al borde del precipicio, como de 500 metros de altura y contemplamos el río Urubamba que desemboca en el río Negro que es tributario del río Amazonas, muy cerca de la ciudad de Manaus, Brasil.

Yo estaba feliz tomando fotos a los torreones, los observatorios y el reloj solar. Caminamos por las calles en medio de bardas con piedras encimadas como en la ciudad de Cusco. Olvidaba decir que la ciudad de Machu Picchu fue descubierta, en 1911, por el aventurero inglés (¿norteamericano?), Hiram Bingham.

Realmente maravilla la arquitectura de Machu Picchu, pues está dotado de acueductos y plazuelas, todo muy bien alineado. Pero lo que realmente fascina, es el entorno del cañón del Urubamba. Los Incas no pudieron escoger un lugar más encantador.

Corrimos con suerte porque el día fue muy soleado y no se presentó la neblina que lo oscurece todo.

La meseta en donde se erige la ciudad de Machu Picchu no es muy grande, puesto que la recorrimos, mi señora y yo, casi toda, sin sentir los estragos de la altura.

Este viaje lo hicimos en el año de 1980. Yo andaba en mis meros tejocotes, pues estaba por cumplir 47 años.

No comimos en el restaurante, nos esperamos a que bajara el autobús, para comer en las fonditas de la estación: mi cheve, sopa de arroz con salsa, carne seca asada y de postre, duraznos en almíbar. Todo, por el equivalente a 6 dolarucos, las dos comidas.

El trenecito llegó puntual de la población de Urubamba. Esta vez sí se llenaron los tres vagones. Llegamos a Cusco en medio de una lluvia pertinaz. El taxista nos condujo hasta el portal, para tomarnos nuestro cafecito con una copa de brandy.

Una combi va a pasar por nosotros a las 6 de la mañana, para ir al aeropuerto, pues tenemos reservado el vuelo para Buenos Aires, Argentina.

Con honda nostalgia dejamos Perú. Fue una experiencia maravillosa.

Rogelio Montaño

miércoles, 15 de abril de 2009

Cusco

El vuelo salió a las siete, de manera que llegamos a Cusco a las 8:30

Cusco es una ciudad muy fría, parece que se ubica a una altitud de cerca de tres mil metros.

Nos dieron hospedaje en una Casa de Huéspedes. Al llegar, la señora, muy amable, ordenó que bajaran nuestro equipaje; nos invitó a pasar al comedor y nos sirvió un jugo de papaya y un par de huevos estrellados con pan tostado. Nos recomendó que nos fuéramos a dormir para que nuestro organismo se acostumbrara poco a poco, a la altura. Dormimos a pierna suelta en una cama muy acogedora y una chimenea que calentó la recámara. A las dos de la tarde nos levantaron diciéndonos que era hora de comer. Nos sirvieron un coctel de frutas, una sopa caliente de coditos, un filete término medio y una gelatina de dos colores. Yo pedí dos bacardís, una agua mineral y una coca para ligar la bebida. A las dos cubas, revivimos y salimos a la calle.

La Plaza de Armas quedaba justo a la vuelta de la Casa de Huéspedes. No llamó poderosamente la atención la limpieza de los portales y del jardín. Había puestos de tejedores de prendas de vestir con merino de alpaca, huanaco o llama. Las prendas de alpaca eran las más cotizadas por finas. Entramos a rezar una oración a la catedral que se me afiguró a la de Oaxaca. La catedral estaba muy iluminada en su interior, porque se esperaba un matrimonio rumboso. Se llama Santo Domingo. No nos permitieron permanecer durante el tiempo que queríamos, pues nos invitaron a salir.

En la Plaza de Armas también se encuentra el Palacio de Coricancha que estaba cerrado, pero pudimos apreciar su gran fachada de corte colonial.

Nos fuimos al portal poniente a tomarnos un café con brandy, porque como la tarde estaba nublada, hacía un chingo de frío.

Enseguida cogí un taxi para que no llevara a conocer la ciudad. Siguió la ruta de las murallas de Casahuamán, un callejón con paredes de enormes piedras empotradas una encima de las otras hasta formar una calleja amurallada por la que deambulan los vecinos de Cusco. Es menester señalar que las piedras no fueron unidas con mezcla, sino que nada más fueron empotradas de tal manera que no se puede meter una hoja de papel entre los orificios. Continuamos subiendo por el callejón, y llegamos a una explanada desde donde se apreciaba la ciudad y las altas montañas.

En eso, se nos acercó un matrimonio con una niña, un niño y un bebé arropado por la madre. El matrimonio iba arriando un rebaño de llamas hacia Cusco. Les pedí que nos permitieran tomarnos una foto con ellos, alo que accedieron con gusto. El taxista nos tomó la foto hacia las montañas soleadas. El contraste entre lo nublado y las montañas soleadas, le aportó un extraodinario fondo, por lo que el grupo de personas y el rebaño de llamas, le dieron a la foto un tinte verdaderamente extraordinario.

Al regresar a la ciudad le pedí al taxista que nos dejara en la plaza de amas. Compramos unos sweters y dos bufandas muy abrigadoras.

Volvimos al café a tomarnos otro cafecitocon una copa de brandy. No pudimos regresar la Casa de Huspedes porque calló un chubasco que duró casi una hora. Cenamos y nos fuimos a dormir, pues a las siete de la mañana debíamos estar listos para abordar el tren que nos conduciría a la estación de Machu Pichu.

El Taxista llegó por nosotros a las 6:30 de la mañana, con tiempo para tomarnos un café con leche y pan.

domingo, 26 de octubre de 2008

Lima, Perú

En Santo Domingo de Lima

viernes, 17 de octubre de 2008

Machu Pichu




VI
Entonces en la escala de la tierra he subido entre
la atroz maraña de las selvas perdidas
hasta ti, Macchu Picchu.

Alta ciudad de piedras escalares,
por fin morada del que lo terrestre
no escondió en las dormidas vestiduras.
En ti, como dos líneas paralelas,
la cuna del relámpago y del hombre
se mecían en un viento de espinas.

Madre de piedra, espuma de los cóndores.

Alto arrecife de la aurora humana.

Pala perdida en la primera arena.
*
Ésta fue la morada, éste es el sitio:
aquí los anchos granos del maíz ascendieron
y bajaron de nuevo como granizo rojo.

Aquí la hebra dorada salió de la vicuña
a vestir los amores, los túmulos, las madres,
el rey, las oraciones, los guerreros.

Aquí los pies del hombre descansaron de noche
junto a los pies del águila, en las altas guaridas
carniceras, y en la aurora
pisaron con los pies del trueno la niebla enrarecida,
y tocaron las tierras y las piedras
hasta reconocerlas en la noche o la muerte.

Miro las vestiduras y las manos,
el vestigio del agua en la oquedad sonora,
la pared suavizada por el tacto de un rostro
que miró con mis ojos las lámparas terrestres,
que aceitó con mis manos las desaparecidas
maderas: porque todo, ropaje, piel, vasijas,
palabras, vino, panes,
se fue, cayó a la tierra.

Y el aire entró con dedos
de azahar sobre todos los dormidos:
mil años de aire, meses, semanas de aire,
de viento azul, de cordillera férrea,
que fueron como suaves huracanes de pasos
lustrando el solitario recinto de la piedra.
*
*
Alturas de Machu Picchu
(fragmento)
Pablo Neruda
Del Canto General, 1950