Por Yolanda Lorge
Hay un proverbio judío que dice “Dios no podía estar en todas partes, por consiguiente, creó a las madres”. En términos terrenales, la madre es el más grande símbolo del amor que existe, y la importancia que se le da a ese puesto es muy elevada no sólo en la familia sino en la sociedad. Tan es así, que se le ha asignado su día especial en el calendario, y en México, es fiesta nacional.
Para la formación de un ser humano, no hay influencia más grande de la que una madre ejerce en un hijo, es ella la que cumple la función primordial de transmitir valores, expectativas sociales, sentido de la vida; los transmite en cada gesto de cada instante, en cada reacción, en cada palabra, en cada omisión. Qué conducta estimula en sus hijos o qué acciones les reprende, cómo los acaricia o castiga, cuán justa o confiable; qué reglas y límites impone, qué valores enfatiza. Esos serán captados sensiblemente por lo hijos y almacenados por vida.
Entre las funciones que una madre desempeña es la de ser maestra, así sea ella consciente de ello o no, y sea para bien o para mal. La madre es el primer contacto que un niño tiene con alguien aparte de sí mismo, y de ella es que él aprende a amar y ser amado, a sentirse seguro en un medio ambiente hostil. Una madre que posee sabiduría le enseña a su hijo a construir recuerdos felices los cuales le ayudarán en sus inevitables crisis del futuro.
En los primeros años, los hijos reciben señales continuas en un mundo que están explorando, y los cuales les indican lo que se espera de ellos y lo que pueden esperar de los demás. A través de estas señales logran sentido de ubicación personal (aceptación o rechazo); así como de ubicación social (cuáles son las reglas de juego de la sociedad y qué deben hacer o no hacer para adquirir autoestima, respeto ajeno, prestigio y poder).
Mediante detalles y modos de vida cotidianos, lenta y consistentemente como la gota de agua sobre la roca, las madres van dejando su marca para siempre en sus hijos.
Al dar vida a alguien, la madre acepta implícitamente la misión más grande jamás encargada a una persona, el de criar a un niño, transformar un proyecto de un ser humano en un ser humano; transmitirle valores emocionales, espirituales e intelectuales necesarios para sobrevivir en una sociedad cada vez más disfuncional. Ayudarle a adquirir el respeto por el aprendizaje, por sus propios logros, y por los sentimientos del prójimo, compasión y piedad para otros. Actitudes y valores que formarán su carácter y le guiarán el curso de su vida.
Asimismo, al convertirnos en madres experimentamos el más grande de los amores, el que se siente por los hijos. Se ha dicho que hay lugares en el corazón que no se sabe de su existencia hasta que amas a un hijo.
Si hay una oportunidad de experimentar la completa falta de egoísmo, es a través de la maternidad, y ciertamente, de la paternidad. Como alguien dijo, “mis hijos me salvaron de la auto absorción tóxica”.
Somos para nuestros hijos: pan, brazos, sobra y luz. Y si usamos sabiduría, desarrollamos un instinto, una inteligencia emocional lo cual nos da el sentido de cómo saber tratar a un hijo, el saber cuándo hablar y cuándo hacerse a un lado. Acciones paternales que no se pueden aprender leyendo libros sino sólo con la constante lectura de tu propio hijo.
Así también, los padres nos enriquecemos al saber que estamos ayudando a traer gente a este mundo, y contribuir a través de ellos, en la corriente progresiva de la vida, que estamos criando e instruyendo a nuestra próxima generación, nuestros futuros líderes.
Para todas las que están tratando de ser unas buenas madres, gocen de su día, se lo merecen.