Sigo en la sombra de tus pasos el fuego de tu rostro. Tan solo encuentro en el crepúsculo de tus ojos mi soledad reflejada en mil pedazos
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miércoles, 2 de enero de 2013

La Historia de un Pavo en Desacato.





La cosa fue así: cuando Mónica estaba organizando la celebración de la Navidad familiar en su casa de Puebla, recibió un mensaje de Judith ofreciendo una pierna de cerdo que le regalaron en su trabajo.

Muy buena noticia. En el menú de la cena habíamos considerado cocinar un pavo y ahora íbamos a enriquecer la fiesta con una buena pierna.

Cuando llegó Maria a Puebla, desempacamos la susodicha pierna y cúal va siendo nuestra sorpresa al encontrarnos con un riquísimo pavo ahumado.

Cambio de planes. Elegimos una buena receta para cocinar el pavo con un relleno de apio, cebolla, zanahoria y pimiento morrón verde, todo cortado en trozos grandes y listo. Guisamos además un relleno de carne de cerdo con frutas que nos quedó de rechupete.

Preparamos una mantequilla con ajo, nuez moscada, sal y pimienta para untarlo por arriba, por abajo y por dentro y... ups, no encontramos por ningún lado la entrada al pavo para rellenarlo como Dios manda.

Buscamos aquí y allá y no le encontramos ni las alas ni las piernas y lo atribuimos al empaque sumamente compacto que, prácticamente lo había sellado. María encontró un resquicio que parecían ser las alas, pero al intentar separarlas el pavo se rompía, así que decidimos dejar esa parte en paz.

Iván, después de una meticulosa búsqueda, encontró un punto en el cual podía introducir todo un dedo, pero se nos hizo sumanente escatológico cometer la indecencia de retacarle el culo de verduras al pobre animal.

Total, que decidimos olvidarnos de eso y acomodamos el pavo, debidamente inyectado de vino blanco, en una charola embarrada de mantequilla de ajo y colocamos las verduras a manera de guarnición, y encima el relleno de carne con frutas y lo metimos a hornear.

Quedó exquisito, bien dorado, suave y jugoso y se dejaba trinchar muy bien. Como a medio pavo nos dimos cuenta de que tampoco tenía esqueleto ni hueso alguno y comenzamos a sospechar que, tal vez, sí era una pierna de cerdo y de allí el riquísimo sabor a jamón ahumado que degustábamos.

De cualquier manera, cuando platicamos las anécdotas de la cena seguimos hablando de nuestro exquisito pavo con sabor a cerdo y se nos hace agua la boca.

Lo dicho, ya no hay moral.