Sigo en la sombra de tus pasos el fuego de tu rostro. Tan solo encuentro en el crepúsculo de tus ojos mi soledad reflejada en mil pedazos
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domingo, 18 de enero de 2009

Pokhara (Pohara)

Esta ciudad, está situada a 180 kmts de Katmandú, rumbo al Oriente.

Para ir a la ciudad de Pokhara, el medio de transporte preferido es el avión, pues la carretera, que en realidad es una brecha, discurre –me dijo el guía, Samuel- por inmensos valles y precipicios. Algunos voladeros dan a ríos caudalosos, por lo que el chofer debe se un experto para conducir el vehículo por el estrecho camino que es muy sinuoso. De Katmandú a Pokhara, los 180 kilómetros, normalmente, se recorren en diez horas, pero cuando hay deslaves, que son muy frecuentes, se puede tardar días. No hay autobuses turísticos que hagan el recorrido.

Previamente leí, en la revista Selecciones, que los mejores pilotos del mundo se encuentran en Nepal. Eso me dio confianza. Pero cuando nos llevaron a la planicie en donde se ubica el aeropuerto de vuelos locales, y vi el avión en el que íbamos a viajar, ¡ay nanita!, lo vi tan madreado que estuve en un tris de rajarme. Samuel nos dijo que no nos preocupáramos, que aunque el bimotor era de ¡La II Guerra Mundial!, le daban un mantenimiento de primera.

Al grupo de turistas nos dieron preferencia para abordar, con la condición que ocupáramos los asientos delanteros. En seguida, como veinte pasajeros entre señoras, niños, bultos, gallinas en pequeñas jaulas y señores desaseados, subieron al avión hasta ocupar todos los asientos de la cabina de pasajeros.

La cabina del piloto y copiloto, estaba sin puerta. De modo que vi toda la maniobra de despegue y las comunicaciones con la torre de control, aunque no entendí ni madre. Un señor, que hacía las veces de azafata, vestido con ropa casual como los pilotos, puso orden en los pasajeros y mandó abrocharnos los cinturones. Todo el interior del avión lucía tan sucio y deteriorado como los asientos.

Yo estaba, más que preocupado, con un chingo de miedo, por lo que le dije a mi señora: "Vamos a persignarnos porque aquí sí nos va a cargar la puritita chingada."

Mis compañeros turistas (del DF, León, Chiapas, Monterrey y Uruapan), preocupados, nomás nos mirábamos unos a otros comentando la clase de avión en que íbamos a volar.

Cuando se viaja por avión, en una línea internacional, el copiloto le fija el rumbo a la nave en línea recta, de manera que el vuelo resulta plácido y sin virajes bruscos, como no sean las bolsas de aire o tiempos con lluvias torrenciales y/o rayos.

Despegamos de la pista, diría yo, apenas, y comenzaron los rechinidos de muelas.

Tan pronto como el bimotor tomó altura, empezaron los calambres, pues el avión iba virando de derecha a izquierda esquivando las altísimas montañas de la cordillera del Himalaya. Pero debo aclarar, que nuestro avión, en tan corto trayecto, no remontó las altas cumbres. Vuela, eso sí, sorteando cañadas, peñascos y acantilados de vértigo; así como cascadas muy altas y ríos caudalosos y embravecidos. Sin embargo, lo que apenas podíamos ver de la cordillera, era hermoso.

Alguien le preguntó al sobrecargo si veríamos el Everest: "No -le informó-, porque tenemos que descender hacia la planicie, pero lo van a poder ver desde Pokhara, si el tiempo lo permite."

Por fin, bajamos a la inmensa planicie. El vuelo fue estupendo. Yo me entretuve viendo las escarpadas montañas, y los virajes violentos del bimotor, pero pensando a qué horas nos damos en la madre.

Antes de llegar a Pokhara, nos envuelven apacibles valles salpicado de caseríos, pastores de yaks y un ancho arroyo empedrado que discurre plácidamente. ¡Qué alivio, habíamos librado el tramo!

Todo esto, como si fuera poco, con un telón de fondo que embeleza: La cordillera del Himalaya con la cima más alta de la tierra: El Everest, con sus increíbles 8 848 metros de altitud. (La fosa más honda que han detectado los oceanógrafos, es de once mil metros.)

"Vean esa montaña que termina en un pico agudo, muy a lo lejos -nos dijo Samuel-, es el Everest. Apenas se puede ver." Yo no vi ni madre de pico, pero sí las montañas.

Algunos alpinistas prefieren los sherpas de Pohara, porque soportan cargas hasta de 60 kg., no son conflictivos y conocen los senderos hasta las altas cumbres, como la palma de su mano. Pero los permisos para escalar, el equipo y las provisiones, reitero, los adquieren en Katmandú. Por ejemplo, el alpinista que intenta escalar el Manaslú (8 163mts de altitud), debe pagar 50 mil dólares al gobierno de Nepal.

El hotel que nos asignaron se llama Mantu Praya. Se ubica en una isla muy grande y se trata de una construcción circular, con habitaciones muy acogedoras y una cocina internacional de 4 tenedores.

El hotel está situado como a 500 metros de la orilla de un lago encantador, con aguas cristalinas y multitud de peces que se distinguen a simple vista. Se accede al hotel, en una especie de panga impulsada por dos jóvenes con unas varas largas a guisa de remos.

Esa noche, nos obsequiaron con una cena a base de filete de lenguado en salsa bechamel y mariscos. Principalmente camarón y langostinos, aunque había abulón; vino blanco del Rihn. Y, de postre: tapioca, rebanadas de pastel de moka y unos panecillos de chocolate blanco con un fuerte sabor a anís.

Amenizó la velada un conjunto de mucho ambiente. Samuel, nos invitó a que moviéramos el bote, pero yo quería chupar. Cuando tocaron la melodía (se dice melolía), “Llamé para decirte que te amo”, quiero que sepan, querida familia, que se me alborotaron las hormonas y saqué a mi vieja a bailar de riguroso cachetito.

Para rematar la velada, que terminó por ahí de la una de la mañana, vi en la contra barra de la cantina una botella de tequila Cuervo, pedí dos copas, y me las sirvieron en dos vasitos, como gelatineros, hasta el tope, me cobraron 8 dólares, que, por supuesto, pagué encantado.

Al desembarcar, procedentes del hotel, para hacerle una visita a la ciudad, las vendedoras ambulantes corrieron a ofrecernos baratijas chinas y nepalesas, que despertaron nuestro interés.

Samuel, no llevó a un angosto río como de 6 metros de ancho, con una corriente sumamente fuerte y caudalosa. El río desemboca, hacia abajo, en una pendiente como de 20 grados, en una gruta subterránea, cuya entrada es tan angosta que apenas cabe el caudal del río, que se pierde en la oscuridad hasta emerger a 12 kilómetros de distancia.

Finalmente, Pokhara es una ciudad con vecindarios muy pobres. Los niños, noticiosos de nuestro arribo a la ciudad, se arremolinan en torno nuestro, pidiéndonos una rupia o un chicle. Como eran muchos, optamos por aventarles, a la juria, las monedas que todos traíamos.

Al regreso a Katmandú, otra ves el pinche avión bimotor, y a parir chayotes.


Rogelio