miércoles, 27 de mayo de 2009
Un Paseo a Michoacán
Antojitos Morelianos
martes, 23 de septiembre de 2008
Cómo me hice Acólito
Era por a´i del año de 1942 (acababa de pasar el suceso de la fosa séptica, donde, por cierto, por poco y me carga la chingada), cuando, mi madrina de bautizo, Cholita Barragán (qdDg), se acercó a mi madre diciéndole que en el templo de San Agustín estaban ocupando un acólito y que pagaban a cinco centavos la misa ayudada. De inmediato mi mamá aceptó, qué caray, no era cosa de dejar ir esos centavitos.
Mi madrina le dejó una hojita con letra muy chiquita en la que estaban escritos, ¡en latín!, los responsos que me tenía que aprender para ayudar al sacerdote a celebrar la Santa Misa.
-Cuando Roge se sepa los responsos que vaya a la casa de mis papás, en la calle de Galeana, a una cuadra de Carrillo, él ya sabe dónde está la tienda, para ver si ya se los aprendió. No quiero que lo repruebe el hermano Cayetano cuando le haga el examen.
-Muy bien, comadre –aceptó mi madre sin consultarme nada-. Yo pongo a este muchacho a estudiar los responsos. Gracias, comadre, por ahí se lo mando.
Mi madrina Cholita (Soledad) murió señorita ya muy vieja. Toda su vida la pasó anhelando ser monjita, pero nunca la dejó su padre, mi padrino, don Félix Barragán. Ella daba clases de Religión en el Colegio Motolinía, el de más alcurnia en la ciudad en aquél entonces.
Cuando vi el papel de los responsos, en latín, dije con enfado:
-No, mamá, cómo crees que yo me voy a aprender todo eso (yo era, soy, muy burro).
-Pero te van a pagar a cinco la misa que ayudes, tarugo -argumentó mi mamá-, ¿los vas a despreciar? Siquiera que te sirvan para que te compres una charamusca y un jarro de atole blanco. O puedes juntar para que te compres las botas mineras. Mira nomás las trazas de chanclas que traes.
Me brillaron los ojos al escuchar tan grandiosa oferta y las compras que podía hacer con tanto dinero.
-Ándale, pues –le costó mucho trabajo convencerme-, me los voy a aprender.
Para ir a la alberca de la Soterraña a nadar, por ejemplo, le vendía a Juan Chácharas, en el Santo Niño, en la calle Nicolás Bravo, los cascos vacíos de refresco o cerveza, en tres centavos cada uno. La alberca me costaba siete centavos (de domingo mi abuelo Ramón me daba dos centavos y, mi mamá Tita, uno, con eso me compraba ponteduro, habas, una bolita de leche o pinole, que me gustaban un chingo). Bueno, pues ya se pueden imaginar el impacto que “sufrí” al enterarme que pagaban a cinco la misa.
Como quieran que sea me puse a estudiar las letanías.
Debo señalar, que con mi madrina Cholita reprobé el examen, pero no me regañó ni nada, sólo me dio el encargo de que los volviera a estudiar muy bien, para no quedarle mal al padre Pardo (tengo entendido que este sacerdote era el de mayor jerarquía en San Agustín), que fue quien le solicitó el acólito.
-Apréndetelos bien, Roge, para que te ganes tu buen dinerito –me dijo mi madrina que, por cierto, era un dulce.
Días después, en la tarde, me presenté con el hermano.
-¿Quién eres tú –me preguntó- y a qué vienes conmigo?
-Me llamo Rogelio, hermano, y vengo a que me examine en lo de los responsos, porque mi madrina, Cholita Barragán, me recomendó para que yo sea acólito.
-Ah, qué bien, sí, en efecto estamos necesitando un monaguillo. ¿Supongo que ya te sabes de memoria los responsos, o no?
-Sí, ya me los aprendí.
-A ver, vamos a ver si es cierto, cuando el padre dice tal, ¿cómo le respondes?
(Escribo la respuesta como la pronuncio, porque no sé escribir latín):
-Quia tus dea fortitud o mea, cuare me repuliste, et cuare triste, inse dudum afligid me, inimicus.
- Muy bien, Rogelio. ¿Y cuando el sacerdote dice esto?
-Adeum qui latificat, yube tuten mea.
-Excelente, creo que sí te los sabes. Preséntate mañana a las seis de la mañana. O, no, mira, mejor te vienes un poquito antes para darte la ropa. Te la voy a tener lista, ¿eh?
-Está bien hermano, gracias.
Eso de la levantada me cayó de la rechingada.
Al llegar a la casa, inmediatamente me fui con mi mamá para darle la noticia.
-¿Cómo te fue, pasaste el examen?
-Sí, lo pasé bien, pero sabes qué, que el hermano quiere que me presente mañana antes de las seis de la mañana y eso es retetemprano, ¿tú crees? Yo mejor no lentro, mamá.
-¿Pero cómo vas a dejar ir esta oportunidad, Rogelio? No seas tarugo, gánate esos centavitos, ¿quién te los da? Además, ya te sabes el rezo, que era lo más difícil. Yo no sé, yo te voy a despertar cuando den la primera llamada a misa.
Yo estaba indeciso entre el dinero y la desmañanada. Me incliné por el dinero.
Al día siguiente, me despertó mi mamá como habíamos quedado. Ella tenía la pésima costumbre de despertarme, ¿saben cómo?, apretándome la nariz para que no pudiera respirar. Cuando estaba al borde del colapso, manoteando, me soltaba la nariz para que me entrara aire a los pulmones. Así me despertaba mi mamá.
-Ay, mamá, qué fea costumbre la tuya, ya te dije que no me gusta que me andes despertando así, no ves que me puedo “hogar”.
Para todo esto que les cuento, yo aún no cumplía los nueve años, y me levantaban, con trabajos y resongos, a las siete de la mañana a barrer o a desquelitar la calle Corregidora.
Todavía somnoliento, me fui caminando a San Agustín. La calle Corregidora, en ese entonces estaba empedrada, lucía sola y oscura, con un pinche frillazo de la chingada.
Cuando llegué a la esquina de Corregidora y Abasolo, el señor de las gelatinas, con cachucha, chamarra y bufanda, a esa hora ya estaba sentado en un banquito, su vitrina repleta de gelatinas, su pomo de rompope y, encima de la vitrina, un botecito con un conducto hacia arriba para la mecha; el botecito se llenaba de tractolina y la mecha daba una flama grande y humeante. Cuando pasé cerca de él, me dijo:
-Pásele, joven, geletinaaas. –Y, yo, jejé, de perro como siempre. Pos cuál pinche gelatina.
Entré al templo por la puerta que da al mercado; el ambiente estaba tibio y olía a cera de velas y veladoras. Algunos viejitos, embozados en su cobija, tosiendo estruendosamente, ya estaban ahí. Las señoras, con rebozo en la cabeza; unas desgranando las cuentas del rosario y, las más, rezaban en silencio con los labios moviéndose con rapidez.
-Ya vine, hermano, buenos días.
El hermano era bajito, fornido, con venas azules en la cara, de tez blanca, abundante cabello entre cano, de 40-50 de edad, no sabría precisarlo; vestía sotana con capucha que le colgaba en la espalda, bondadoso... en serio, de voz pausada y bajita, casi en secreto; jamás lo vi enojado; español sin acento, nacido en Málaga.
En el recinto donde se vestían el sacerdote y los monaguillos, había dos armarios muy grandes y una cómoda también muy grande, con cajones al frente, y dos puertitas en el medio, dentro de la cómoda, dos tablas a manera de entrepaños. De un cajón, el hermano sacó dos sotanas, una negra y la otra roja; además, dos casullas blanco coco, almidonadas, con mangas a los codos y con discretos bordados en el cuello, mangas y en la parte inferior de la falda.
-Pruébate la sotana negra.
Al probármela, vi que me quedaba demasiado grande. El hermano me dijo:
-Vete a tu casa y dile a tu mamá que le suba la bastilla. Anda, llévate nomás las sotanas. Mañana te presentas a las seis para que ayudes la primera misa. Dale una repasadita a los responsos, no quiero quejas, ¿eh?
¡En toda la madre -pensé yo-, para esto me despertó tan temprano este méndigo viejo! Ahora qué pinches voy a hacer, en la casa se levantan a las siete, y yo cerré el zaguán, cómo voy a entrar a la casa. Mira que recabrona suerte la mía.
-¿Me puedo quedar aquí, hermano, ya luego llevo la ropa?
-Sí -me dijo-, anda, ve con Toledo (Humberto) a dar la última llamada, él ya sabe cómo, tú nomás acompáñalo.
Atravesamos todo el recinto del templo, en la puerta oeste, que da a la cerrada de Humbolt, hay una puerta rechinadora que conduce, por una escalera muy madriada y aluzada con tres focos de 40, hasta el primer piso de la torre. Ahí está la campana mayor, otra campana mediana y la esquila orientada hacia la calle Corregidora. Para subir al segundo tramo de la torre, hay una escalera muy alta por la que se sube uno, pero ahí tienen sus nidos las lechuzas y es un gorupero del carajo.
Humberto dio 30 campanadas, más tres espaciadas al final. Posteriormente, para no subir a la torre, colgaron del badajo de la campana una cuerda para las llamadas a misa. Sólo en la tarde, a la hora del rosario, había que subir a repicar todas las campanas y la esquila. Me gustó, con un poco de miedo, ver desde el primer piso de la torre, la ciudad, el mercado de San Agustín, la calle Corregidora, la de Antonio Alzate y la catedral. Sí, sí me gustó. Algún día se me presentaría la oportunidad para encaramarme hasta el segundo piso.
Y la oportunidad se me presentó más temprano que tarde,... por dos veces.
Por qué me corrieron
No puedo explicar por qué hice lo que enseguida relato. Pero ahora sé que fue un atrevimiento que me pudo costar la vida. Iba de ventana en ventana, dentro de la torre, mirando hacia los cuatro puntos cardinales la bella ciudad de Morelia, siempre con la mirada atenta y penetrante de un tecolote acurrucado en una viga. Me volví a acercar al barandal de fierro de la ventana oriente, vi que la cornisa era muy ancha, como de 40 centímetros, tanteé que yo podría caminar cómodamente sin ningún riesgo; pero –pensé- y si alguna baldosa está floja y se desprende, me caigo y me mato. Me subí al barandal y, agarrado firmemente del mismo, me fui soltando poco a poco, hasta que me paré en la cornisa. Al tantear que no había problema, con un chingo de miedo, caminé despacito, di la vuelta a la torre hacia el lado sur y, a media torre, en la otra ventana, me senté a tomar el solecito con las patas colgando hacia el vacío. Qué maravilla de paisaje: las casas, la Plazuela de Carrillo, el río, la arboleda,Santa María y muy a lo lejos las montañas que se veían de un azul intenso. Estaba embelesado, pero tenía que ir a la casa, desayunar e ir a la escuela. Hice la maniobra de regreso sin ningún problema. Y, pensé, a ver que día me vuelvo a subir. Sin dejar de verme el tecolote, esponjando sus tupidas plumas en franca actitud ofensiva, movía la cabeza para donde yo me meneaba. Bajé las escaleras rápido, me salí del templo por la puerta poniente y me fui a la casa. Todo en paz, qué a toda madre.
La segunda vez, cuando yo ya tenía meses de ayudar misas, hice lo mismo, pero con tan mala suerte, que, desde la casa del padre Pardo, en la calle de García Obeso, a la otra cuadra del cine Rex, me vio el hermano del padre Pardo sentado en la cornisa con las patas colgando. Vi, que desde el corral de la casa, el señor me hacía señas para que me bajara, me enseñaba la palma de la mano como diciéndome: “vas a ver”. Pensé, ya me cargó la chingada. Me bajé inmediatamente. Me fui a la casa a desayunar, acudí a la escuela siempre con un ligero temorcillo todo el santo día.
Al siguiente día, me presenté en el templo como si nada, listo para ayudar la misa de seis. El hermano Cayo –así le decíamos todos, por Cayetano-, justamente enchilado, se me acercó, y delante del sacerdote que se estaba vistiendo y el otro monaguillo que me iba a sustituir, me increpó de esta manera:
-No, Rogelio, deja, no te vistas. Desde este mismo instante dejaste de ser acólito. ¡Pero qué pendejadas las tuyas, Rogelio! Ya me enteré de tu hazaña, y horita mismo te me largas de puntitas a la calle, no quiero volverte a ver por aquí.
Me quedé frío. La reprimenda fue durísima. Alcancé a recordar el “vas a ver” que le dio sentido al motivo más que justificado de mi baja, que, neta, francamente no me la esperaba. Y en un desesperado intento por enmendar el entuerto y en franca retirada, invoqué el perdón:
-Perdóneme, hermano, no lo vuelvo a hacer.
-No, Rogelio, no te voy perdonar, porque el padre Pardo está muy enojado contigo y me ordenó que te corriera de inmediato. ¡Qué ocurrencias las tuyas, te pudiste caer! Así que, vete, y no vuelvas más.
Acababa de cumplir los 9 años.
Confieso que estuve a punto de llorar. Qué desenlace tan inesperado. Con las manos en el bolsillo, atravesé el recinto sagrado del templo, sumamente avergonzado y mortificado. Jamás me reclamó nada mi madrina, Cholita. A las seis de la mañana me corrieron con justa razón. Desconsolado y con mucho frío, por la cerrada de San Agustín caminé hacia la Plaza de Armas, para hacer tiempo. Ni un alma se cruzó por mi camino. Oscura la mañana, nomás volteaba a ver la torre y, sí, miré que estaba muy alta. Si me hubiese caído, seguro, me mato. El zaguán, como de costumbre, lo cerré y no podía entrar a la casa. Me senté en una banca de la plaza a chillar. Anegado en llanto, vi que la plaza también estaba sola. Yo tenía la cabeza tan enredada que no podía pensar. ¿Ahora qué le digo a mi mamá, que me corrieron por pendejo? No, eso no. Tenía que urdir un plan medianamente creíble. Ya sé, le diría a mi jefa que me sustituyeron por un pariente del padre Pardo. Mi pobre madre, con dudas, me la creyó, no averiguó los motivos por los cuales me corrieron. Nomás me dijo: vas a extrañar los domingos y yo los centavitos que me dabas. Los siguientes días me los pasé muy triste. No entiendo por qué, pero no podía zurrar, nomás puros pujidos.
Llegó el Carnaval con sus toritos de petate. Me emocionaba seguirlos: la maringuía, con una pequeña bandera en la mano agitada de aquí para allá y su sombrero de paja con adornos de flores, el guanengo, el rollo (falda negra plisada) de huare, el mandil morado y un chingo de collares; el apache, con un tlacuache en las manos, asustando a la gente sin tener compasión de ella; el caporal, muy horondo en su caballito colgado de la cintura; el torito de petate de Tarímbaro, finamente adornado con papel de china y algunos alamares con papel de plata y, finalmente, la banda: una tambora, la corneta, una enorme tuba, un violín y un tambor colgado del sujeto que lo portaba, casi todos a medios chiles por el efecto del tequila con refresco. ¡Qué agasajo!
Volví al templo de San Agustín, el Miércoles de Carnaval, a tomar ceniza. Era un mundo de gente tomando ceniza. Por supuesto que nadie me reconoció. Pronto se olvidaron de mí.
Iba a la plaza al jolgorio. La banda, en el quiosco, dirigida por el maestro Sotomayor, vecino nuestro, que tenía preferencia por las marchas o la música clásica que alegraban a la muchedumbre. Yo no podía comprar cascarones, ni confeti, ni nada, porque andaba de can. Todo se me antojaba. Sobre todo las enchiladas placeras de la cerrada de San Agustín, o los buñuelos acaramelados con atole blanco que sacaba doña Chagua, madre de mi compañerita de salón en la Primaria. ¡Qué delicia de olores, válgame Dios! Me faltaron nomás doce centavos, que puso mi papá Ramón, para comprar mis botas mineras.
¡Qué tristeza tan grande me causó el haberme sentado en la cornisa de la torre!
