Sigo en la sombra de tus pasos el fuego de tu rostro. Tan solo encuentro en el crepúsculo de tus ojos mi soledad reflejada en mil pedazos
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viernes, 4 de julio de 2008

Yolanda en el Colegio Cázarez de Morelia, 1962.

A ese mismo colegio asistieron María y Silvia. Sin pagar colegiatura porque la madre superiora era una prima de mi mamá (la tía Carmen, alias la "Madre Lourdes"). Que dicho sea de paso ¡Dirigía el colegio con mano de hierro!

Las otras monjas eran unas "almas de Dios". Las maestras nos trataban muy bien y nos querían mucho. A la hora del recreo, la cocinera siempre nos tenía una rica torta preparada. Lo único que les preocupaba a las maestras era que éramos protestantes, situación que nos aseguraba el viaje al infierno.

Muchas veces, después de las clases, se ponían a adoctrinarnos. Trataban de convencernos y regresarnos al camino recto. Yo les daba por su lado, porque después de la sesión me daban chocolates. Pero María, que se traía la biblia, les apuntaba con el dedo las partes donde prácticamente les comprobaba que las que se iban a ir al infierno serían ellas...

Con mucha preocupación por María y ternura hacia mí volteaban a decirme "tú eres más enseñable y dócil". Yo no les aclaraba que lo que yo tenía era más hambre y menos ética.

Estas monjas, en las vacaciones tenían un tipo de talleres o convenciones estatales en el colegio. A las asistentes les preparaban unas comidas riquísimas (las monjas como no tienen mucho en qué divertirse, se convierten en muy buenas cocineras. De ahí que hasta hayan inventado el mole poblano).

A nuestra familia le regalaban las sobras de esas delicias. Lo malo era que teníamos que ir a recogerlas, y de esa tarea estábamos encargados Víctor y yo.

A veces, a medio camino nos poníamos a alegar sobre a quién le tocaba cargarla. Había unos canallas del barrio que les daba por destapar las cazuelas y preguntarnos "A ver ¿qué les dieron hoy las monjas?". Así que cuando no había un buen arreglo entre nosotros, los dos salíamos corriendo y dejábamos abandonadas las cazuelas en la calle. Víctor, que era más noble y consciente de la situación familiar, se regresaba a recogerlas.

A veces, recogíamos la comida en el vehículo familiar, que era una carreta la cual los muchachos se habían fabricado con un burro de planchar y unas ruedas de balines. De volante se usaba una cuerda. Cuando íbamos de bajadita, a la carreta le daba por acelerarse y luego nos volcábamos ¡y por allá iba a dar la comida! A veces era posible recogerla del suelo, pero si era caldo, dejábamos a la familia en ayuno y sólo le decíamos a mi mamá: "hoy no hubo sobras".

Es preciso anotar que la situación de ser protestante en un colegio católico, en la Morelia de los años sesenta, me preparó para que mi situación de inmigrante mexicana en los Estados Unidos ¡Me haga los mandados! ¿Quieren hablar de minorías? ¡Déjenme contarles de mi vida en el tiempo de la Inquisición en Morelia y Uruapan donde aprendí el significado de la palabra volchevique

¡Hasta en rusos nos convirtieron!

Yolanda