Sé que existen infinidad de curanderos por el mundo famosos internacionalmente. También sé que curan casos de verdadero asombro y que los científicos no logran entender. Todo esto lo sé. Pero, querida Rosa Elena, ¿te imaginas el impacto que experimentaría mi ser al verme caminando, hablando, comiendo o, simplemente, bebiendo un vaso de agua, no a tragos como lo hago, sino de un jalón, como lo puedes hacer tú y todos los mortales de la Tierra?
Pero también sé, que de un curandero efectivo en cada ciudad del territorio nacional, hay mínimo 10 embaucadores que sin recato anuncian curar todo tipo de dolencias.
Mira, permíteme relatarte una experiencia con motivo de la visita que le hicimos a un personaje de esta calaña:
-Roge –me llama mi hermana Laura por teléfono a Uruapan-, te tengo una muy buena noticia.
-A ver, dímela.
-Me dijo Carmelita –amiga íntima de Laura desde la Primaria- que vayamos a ver a una señora que cura. Vive en un pueblito muy cerquita de Irapuato. Según me cuenta Carmelita, se trata de una señora muy seria y efectiva, y quiere que te lleve a verla. Quién quite y sí te cure. Ya tengo santo y seña para localizarla, ¿te gustaría verla? Nacho y yo te acompañamos.
-Sí, claro que sí voy. ¿No sabes cuánto cuesta la consulta?
-Carmelita dice que la señora no cobra nada. Le das lo que sea tu voluntad.
-Muy bien, ¿cuándo vamos a verla?
-Mañana mismo. Vente en la tardecita, aquí te quedas a dormir, para, mañana tempranito, irnos. ¿Estás de acuerdo?
-Sí, a las 6 estoy ahí, en tu casa.
-Ándale, pues, aquí te espero. Maneja con mucho cuidado. –Mi hermana me hizo la observación, porque yo ya estaba mal.
-Bueno, en eso quedamos.
Para dar con la señora fue un cuete. Vivía en un rancho al oriente de Irapuato, preguntamos y dimos con el famoso rancho, brecha de por medio.
El ancho zaguán estaba abierto y había una señora barriendo el corredor. Al estacionar el coche, la señora dejó de barrer. Nos bajamos y casi gritando Laura preguntó por doña Chagua.
-Yo soy –le dijo- qué se le ofrece, pero pase, pasen ustedes, a ver en qué les puedo servir. –La señora muy atenta. Yo diría que hasta modosita.
La casa estaba muy grande, con un patio en donde había una caballeriza, un guayabo, un naranjo y un limón; y, por todos lados macetas, pájaros enjaulados y un periquito muy hablador trepado en una percha de fierro.
La señora nos causó muy buena impresión, no sólo por su afabilidad, sino porque, además de guapa, en el cabello negro y ondulado lucía en las sienes dos seises que le quedaban muy bien.
-Pasen, ustedes, buenos días, ¿qué se les ofrece?
-Buenos días –dijo Laura-. Mi hermano Rogelio no puede caminar y queremos que usted lo vea. Venimos desde Morelia recomendados con usted.
-Ah, qué bueno, pasen a mi consultorio, en la otra pieza veo a su hermanito. ¿Me trajo el retrato del señor?
-No, no sabíamos que usted necesitaba un retrato.
-No se apure, a´i luego me lo mandan por correo. Es para que surta efecto lo que le voy a hacer a su hermanito. Mire, aquí está mi tarjeta. –Cuando vi que la tarjeta entre otras cosas se anunciaba como psíquica, dije para mí: en la madre, esta pinche vieja no me va a sacar de mis apuros.
Permitió que entrara Nacho conmigo al cuarto de consulta. Alumbrado con un foco rojo como de burdel. En el cuarto había un altar con foquitos navideños que la señora no prendió. Dos retratos ovalados muy antiguos, pienso yo que de sus padres o abuelos, a los lados de una virgen de Guadalupe enmarcada, y, por todo el cuarto, pegados a los muros, un chingo de retratos de cuanto santo te puedas imaginar, primita querida. Además, había velas, veladoras y musgo en la mesa en donde tenía el altar, con papel de china colgando a los lados de la mesa, bien bonito, jejé.
Yo iba pensando en qué me haría esta señora como para recuperar mi modo de caminar. Dio Comienzo la sesión. Para esto que te cuento, la señora cogió un huevo de una mesa chiquita, se me acercó rezando, le olía la boca a la viva mierda, el huevo me lo pasó por todo el cuerpo. Una vez que hubo terminado, metió el huevo en un vaso con agua y no pasó nada, el huevo flotó. Doña Chagua me dijo:
-El primer percance lo pasó usted muy bien, señor Rogelio. Vamos bien.
Enseguida, en aquella penumbra, doña Chagua prendió una vela. Nos pidió que miráramos fijamente un papel aluminio pegado al muro, justo enfrente a la puerta cerrada con aldaba. Nacho y yo nos quedamos viendo el pliego de papel aluminio:
-Mírenlo muy fijamente sin “parpadiar” y me dicen qué es lo que ven. –Yo no veía nada, sólo las sombras del aluminio. De pronto, la doña nos dijo:
-Ya apareció el angelito, ¿lo ven? Mírenlo, yo lo veo muy clarito. Acá, a la derecha, de este ladito. ¡Ah, miren, ya apareció don Rogelio!, se ve clarito, nomás que no lo reconocen porque trae sombrero. ¡Miren, va caminando hacia el angelito! ¿Lo ven? –Yo pensé: Esta pinche vieja nos está viendo las babas en la pechera. ¿Cuál angelito, cuál Rogelio? En eso, interviene Nacho:
Sí, veo que camina Roge, pero no veo el angelito. –¡En la madre, pensé yo, Nacho ya cagó la chamarra! pues yo no veía ni madre de nada, pero sí veía las sombras del aluminio. Doña Chagua, desesperada, nos dijo:
-Pues miren bien, se ven re te claritos. ¿Están ciegos o qué? Eso quiere decir que, don Rogelio, se va a soliviantar de sus piecitos. En ocho días, a lo más, estará hasta corriendo. Me lo está marcando la Guadalupana. –Me cai que estuve a punto de soltar la carcajada. Pero Nacho me distrae, diciéndome:
-Ya oíste, que te vas a curar, dice la virgencita –Ya no me pude aguantar. Me puse la mano en la boca para contener la risa, pero no pude y solté la carcajada ante la mirada atónita de doña Chagua. La reprimenda que me dio, la pintó como lo que era: una hipócrita charlatana maloliente. Acercándose a mí, me dijo:
-Si no cree usted en la Guadalupana, váyase mucho a la chingada. Son 200 pesos.
Le pagué a doña Chagua, nos salimos del cuarto como el que chingó a su madre. Para ya en el coche miarnos de la risa con Laura, por como me trató la señora y por la actitud asumida por Nacho.
Pues a´i tienes tú, querida Rosa Elena, que no obstante el fracaso estrepitoso, todavía fuimos a Nurío a consultar a otro curandero, con semejantes resultados. Y, para rematar la chingadera, Laura y Nacho todavía tuvieron arrestos para llevarme a Zacapu, ¡dos veces!, a ver a una curandera.
Total, luego de ver a estos charlatanes, aquí me tienes… padeciendo por merecer.
No cabe duda que el que se quema con leche hasta el jocoque le sopla.
Perdóname por el lenguaje que me vi obligado a usar, pero es que más o menos así se presentaron los acontecimientos. Doña Chagua resultó ser una engaña pendejos inescrupulosa.
Gracias, primita, por acordarte de mí, gracias por tus innumerables muestras de afecto hacia mi persona, gracias por ser lo que eres, gracias por aceptarme decirte que te quiero y que has dejado una impronta imborrable en mi corto camino.
Rogelio Montaño
