Recuerdo haber visto por primera vez su cara de niña buena en un disco que era la máxima sensación en la casa de mi tía Guille. Ellos siempre tuvieron una situación económica mucho más desahogada que la nuestra (lo cual era muy fácil dadas las apabullantes carencias nuestras.) Y así, un día apareció en su casa una hermosa consola estereofónica que destilaba melodiosamente la música que todos queríamos oir.
Me miraba de frente con una dulce media sonrisa en su carita regordeta y enfundada en un sueter de cuello alto, de un color rosa muy sutil, y unos pantalones estampados que parecía tener adheridos a las piernas. Era toda una paradoja escuchar esa singular voz de niña consentida narrando una soledad que sólo podía compartir con su eco y su sombra.
Me miraba de frente con una dulce media sonrisa en su carita regordeta y enfundada en un sueter de cuello alto, de un color rosa muy sutil, y unos pantalones estampados que parecía tener adheridos a las piernas. Era toda una paradoja escuchar esa singular voz de niña consentida narrando una soledad que sólo podía compartir con su eco y su sombra.La riqueza de mi tía Guile y su familia iba mucho más allá de consolas y discos. Estaba anclada en un lugar muy profundo de su corazón y tenía mucho que ver con la bondad y la solidaridad. Mi tía fue, durante mucho tiempo, el apoyo incondicional que mi familia necesitaba desesperadamente y que ella nos ofrecía de manera natural a pesar de sus propias carencias y su muy numerosa prole.
A Brenda Lee la escuché por primera vez en la casa que mis tíos rentaron allá por los rumbos lejanos de la Plaza de Toros. Me gustaba sentarme frente a la consola y pedir que me pusieran su disco (porque sólo los mayores tenían permiso de hacerlo.) Después, todo era disfrutar cómo se iban desgranando las canciones de un lado, una tras otra, para pedir que lo voltearan y escuchar el otro lado.
Hay recuerdos que llevo anclados en la memoria. Mí tía Guille y su familia ocupan un lugar especial en el recuento de mis añoranzas, en la gratitud de mis nostalgias y en el cielo de la memoria. Y curiosamente, su imagen está unida indisolublemente al sonido de unos pasos que caminan con ritmo suave rumbo a New Orleans.
Luis David
Luis David
