
El día que nos tocó libre nos fuimos Rosita y yo a la Central de Autobuses. Compré los boletos para visitar el Kibutz Ein Gedi (asentamiento colectivo rural de población judía), que está muy cerca del mar Muerto (creo que el Kibuts, pertenece a Palestina. Cerca del mar Muerto estuvieron Sodoma y Gomorra), y ahí desayunamos un jugo de naranja, huevos con tocino, mantequilla, una cestita con pan de centeno y café con leche.
El recorrido en autobús, algo así como 50 km., lo hicimos en más de una hora, en medio del desierto de Judea que es espantoso, sin vegetación, entre cerros escarpados inhóspitos y carpas de familias de beduinos. Cerca de nuestro destino alcanzamos a ver desde la carretera las aguas del mar Muerto, que en vez de azules, se perciben de un color acerado.
El mar Muerto está a cerca de 400 metros bajo el nivel del mar, lo que lo hace la depresión más profunda del planeta. A mí me llamó poderosamente la atención, los retenes del ejército que no nos detuvieron, pero vimos tanques de guerra y distintos vehículos del ejército israelí con tropas de hombres y mujeres portando ametralladoras. Los judíos confrontan conflictos bélicos perpetuos con sus vecinos: Jordania, Egipto, Siria, Líbano, etc. No han encontrado la paz desde que se escuchó el grito estridente: ¡Sí, crucifícale!
Con Rosita nos preparamos para bañarnos en la playa del mar Muerto. Hay una estructura turística a la orilla con todas las comodidades. Miré el termómetro y marcaba 42 grados a la sombra, ya se pueden imaginar. Unas señoras alemanas se estaban bañando en la playa, eso me dio valor para meternos sin pendiente. Una vez adentro una señora nos recomendó que no abriéramos los ojos dentro del agua. Cuando traté de bucear no pude, el agua me aventaba hacia arriba. En la superficie sin esfuerzo me podía sentar encima del agua. Terco como soy, no resistí la tentación de abrir los ojos adentro del agua: ¡Qué pendejada! Me ardían tanto los ojos, que tuve que salirme a lavármelos. Por fortuna para mí, había regaderas muy cerca del agua, me lavé los ojos y me quité la sal del cuerpo y ya no me volví a meter.Nos vestimos en medio de un calor agobiante y nos fuimos al restaurante a tomarnos sendas cubas de Bacardí con un chingo de hielo. Ahí permanecimos hasta la hora de la comida, porque el restaurante tenía clima.
La comida: Una ensalada verde, que aderezamos con aceite de oliva y un chorrito de limón; falafel, unas bolitas fritas de garbanzo en un caldillo de jitomate y pan de pita; el kebab, carne de cordero con papas cocidas rebanadas, mostaza, una jarrita con yougurt agrio y un plato con requesón; de postre, mus de chocolate, café exprés y dos copas de cognac. Tuvimos que salir al calorón a esperar el autobús. ¡Qué martirio! Entre tanto, seguían pasando tanques enormes, vehículos del ejército y tropa. Abordamos el autobús con clima, llegamos a Jerusalén como a las 6 de la tarde, nos fuimos en taxi al hotel, nos dimos un regaderazo y caímos rendidos en la cama.Belém, Cisjordania.
Esta ciudad se menciona por primera vez en el Antiguo Testamento como el lugar en el que fue sepultada Raquel, primera mujer del patriarca Jacob. Con excepción de Marcos, los otros autores de los evangelios mencionan a Belém como el lugar de nacimiento de Jesús. El rey David también nació en Belém. Por esto los cristianos lo tienen por un lugar santo.
En Belém se visita una de las iglesias más antiguas del mundo: La Iglesia de la Natividad, construida por Constantino I el Grande, emperador de Roma, en el año 330. Ahmed, nuestro guía, oriundo de Beersheva, nos llevó a dicha iglesia, conduciéndonos por todo el recinto sagrado, por cierto, repleto de peregrinos conducidos por sus guías, hablando en diferentes lenguas: francés, inglés, alemán, italiano, etc. Esta iglesia siempre está así –nos informó Ahmed.
Vimos el lugar donde se supone que nació Jesús. Es un recinto muy pequeño casi a ras del suelo protegido con un cristal. Adentro, el piso es de mármol veteado, con una especie de agujero al centro que termina en una estrella de varios picos; hay muchas veladoras. Pequeños grupos de peregrinos se mueven por todo el interior de la iglesia: Unos oyendo misa, otros esperando turno para ver el lugar donde nació Jesús, otros caminando hacia el bautisterio, algunos viendo las reliquias en una nave adyacente a la nave principal. Un coro formado por hombres y niños le imprime un toque celestial al recinto, con sus voces acopladas acompañadas por un antiquísimo órgano, cuyo director del coro es el mismo que lo toca. Los guías hablan fuerte en sus propios idiomas sin importarles que el sacerdote cante la misa. No los traigo –le dije a la señorita-.
–No se apure, señor Montaño, tiene 3 días para recogerlo.
Como queras y gustes conseguí los dólares y se los llevé al Correo con todo el dolor de mi corazón. ¡Más merezco por pendejo!
El camello lo puse en un separador en La Quinta Chingada. Ahora está en una caja de cartón para tiliches
La ciudad de Belém está muy cerca de Jerusalén. Nos sorprendió –a mi señora y a mí-, que en algunos edificios guardias armados con ametralladoras estuvieran en las azoteas.
Ahmed, nos llevó a un Moshav. Se trata de una comunidad de 100 familias que colaboran para solventar sus necesidades y comercializar los productos que se fabrican en la aldea: Aceite de olivo, telas de algodón, pinturas enmarcadas, productos agrícolas, miel de colmena, panecillos en cajitas de madera de olivo, mandolinas, embutidos de cordero, vestidos regionales, rollos con la Torá (Tora), etc. Rogelio Montaño
