miércoles, 29 de junio de 2016
Puras Bellas
viernes, 4 de enero de 2013
viernes, 19 de noviembre de 2010
Árbol de Navidad en La Fortuna

No sabemos qué encontremos la próxima semana pues el sol, las hormigas y los pájaros pueden darse un banquete.
* El huizache es un árbol mexicano, tiene una gran capacidad de adaptación en distintos territorios, produce bellas flores de aroma especial, las cuales según expertos podrían generar divisas al país sabiéndolas aprovechar.
Pasado histórico Esta especia tiene un bello pasado simbólico enraizado en la mitología náhuatl, hoy en día está siendo deforestada y maltratada por todo México, por lo que vale la pena conocerla, rescatarla y cuidarla.
El huizache fue adorado por los pueblos de Aztlán, con él se identifica uno de los puntos cardinales, protector del universo prehispánico, representa el lugar ceremonial del “fuego nuevo”, encarna a la madre diosa del sustento, Xochiquetzal, quien según la leyenda está encargada de amamantar a los bebés muertos en la cuna.
Por ser tan común en el paisaje mexicano, muchos escritores nacionales lo han descrito y utilizado en sus obras, entre ellos: Mariano Azuela, Victoriano Salado y Rafael Delgado, también ha sido mencionado por compositores musicales en letras de canciones y coplas.
Multiples beneficios
El huizache o también llamado acacia farneciana, tiene una numerosa variedad de usos, cuenta con un potencial que aún no ha sido explotado en México, en cambio hoy en día es cultivado en Argelia, en el sur de Francia, en la India e Italia para aprovechar su flor de aroma particular, se extrae una esencia para fabricar aceites y pomadas, es conocida con el nombre de “cassié”.
viernes, 25 de junio de 2010
Norma en La Fortuna
jueves, 24 de junio de 2010
Relato de una invitación muchas veces diferida
La casa de ella está muy bien equipada, hasta tiene dos perros llamada Prici una perrita de ojos muy expresivos y con las vertebras ligeramente arqueadas. La perra, Perci, de la raza Dóberman, muy madreada por cierto, cuando se me acercó por vez primera, se me encueró el chino, digo, se me enchinó el cuero, luego comprendí que era mansita, pues me permitía rascarle la cabeza y alisarle el lomo. En la casa, ya estaban: María, Yolanda con Mike y Norma. Hacía un calorón y, en cuanto pudimos, nos fuimos a La Fortuna.
A poco de conducir por la carretera, a los lados, aparecieron unos llanos inmensos, improductivos, salitrosos y blanquecinos que, con el reflejo del sol, me encandilaban los ojos. Una hora después, de conducir por la carretera poco sinuosa, llegamos a La Fortuna. Subimos por una vereda empinada y empedrada. Al bajar del Chevy, con asombro, vi los corredores muy amplios con macetas por todos lados. Una mesa con sillas de fierro aquí, y otra con dos equipales allá. De mampostería, en el mismo lugar, adosados a la pared, dos grandes sofás.
La puerta principal de ingreso a la casa, es de madera fina, adornada con clavos con cabezas negras y ribetes arriba y abajo del mismo color.
La residencia consta de dos plantas. En la planta baja, entrando por la puerta de servicio, se da a la cocina muy amplia y moderna. Con una mesa de centro traída de Tlaquepaque de pino, redonda, labrada con adornos de enredaderas, cubiertas con un cristal que no reposa encima de los adornos labrados, sino que queda a una pulgada arriba de los multicitados adornos. La cocina, está perfectamente equipada y con un refrigerador muy grande como para recibir muchos invitados. En seguida, se sitúa el comedor formal, con una enorme mesa y ocho sillas alrededor, todo, sillas y mesa, trabajado en madera de pino.
La sala está en ése mismo salón, decorado con muy buen gusto. Dos grandes tibores preciosos situados en un nicho a ambos lados del ingreso a la sala, que Rosa Elena compró en Lima, Perú. Se ingresa a la sala por un amplio arco decorado con losetas sólo en la parte de arriba. El piso, debajo del arco, es de losetas grandes de piedra y el piso del salón, donde se ubica la sala, es de mosaico de 30 por 30, color blanco ostión, rodeado con una cenefa de losetas como de 10 por 5, también de piedra. La sala, reitero, está decorada con muy buen gusto: los cuadros, exactamente donde se ocupa, tres velas muy grandes, de diferentes tamaños, adornan un rincón; una especie de sarape tejida, de vivos colores, que Rosa Elena compró en Quito, Ecuador; 12 nichos pequeños con distintas figuras, iluminadas con foquitos de 40 wats y, en el medio, un gran nicho con no me acuerdo que es lo que estaba allí; una mesa de centro labrada en madera que, por lo pesada y dura, me pareció que era de cueramo. Todo este gran salón, donde se ubican el comedor y la sala, en el lado sur, lo decora la puerta principal y tres ventanales a manera de celosías con cristales.
Al ingresar al medio baño, para mi desgracia muy amplio, cuyo lavabo está terminado en cantera, aparecen dos enormes como garzas labradas en madera, pintadas, con el pico hacia abajo y las alas hacia arriba, bellísimas. Desde la planta baja, se aprecian los jardines muy bien cuidados, con algunos árboles y riego por manguera. Desde esta planta, se ve el volcán de Colima, un lago y montes que rodean la residencia. Al ocultarse el sol por las montañas, se ve el disco enorme del astro rey.
Par subir a la otra planta, se hace por medio de una escalera de dos tramos, Rosa Elena, me cuidaba la espalda y, Víctor, me jalaba para subir los altos peldaños. El tramo final, tiene barandal, subirlo, fue hilar y tejer, así de fácil.
Entramos a la recámara de Yolanda y Mike, preciosa y espaciosa; con una ventana que da hacia Ciudad Guzmán. La recámara de Rosa Elena y José Luis, está de ensueño; cuenta con una terraza que, desde lo alto, se miran, otra vez, el lago, las altas montañas y, de remate, otra vez el volcán. ¡¡¡Bellísimo el paisaje!!! En seguida de la recámara principal, se ubica el salón de meditación de la pareja, convenientemente adornado de cuados y lemas. Un sillón, un Cd y una suave aroma, invitan a meditar. La ventana está orientada hacia el sur, es decir, hacia Ciudad Guzmán. Para terminar el periplo por la planta alta, está la recámara de huéspedes, que consta de dos literas, las de abajo, con cama matrimonial y, las de arriba, con camas individuales. Como la residencia está en lo alto, el calor se atempera, pues el viento circula por doquier.
Estoy convencido, de que en la descripción de la casa, me salté muchos detalles y carecí de técnica para nombrar los adornos, pisos y cuadros. Cometí el error de no anotar dichos detalles, todo lo describo confiado en mi flaca memoria. Espero sinceramente no haberla regado y les pido, además, que sean generosos conmigo, al juzgarme.
Atención, raza de víboras, no se ofusquen, ya que la descripción que hago de la residencia toda, la diseñó, decoró y dirigió mi querida prima Rosa Elena, de manera que todo el crédito es de ella.
El sábado, con ella, se dio este diálogo:
-Rogelio, en Ciudad Guzmán, está Jesús, por si quieres ir a verlo.
-Déjame pensarlo, ¿sí?, a ver si me animo.
José Luis, Víctor y yo, nomás milando, estaban conversando de fútbol, tema que dominan los dos. No me acuerdo cómo es que, José Luis, cogió el tema de Jesús y sus curaciones maravillosas. José Luis es muy culto y carismático, y, como si esto fuera poco, tiene una charla que fascina; no le espanta el lenguaje soez, pues de vez en cuando, él lo usa. Al escucharle los relatos de las curaciones de Jesús, como por arte de magia, dije para mí, de aquí soy, me convenció, diciéndole a Rosa Elena:
-Sí, prima, quiero in con Jesús.
-Te convenció José Luis, ¿verdad?
-La neta sí, -le contesté.
-Muy bien, Rogelio, en la tarde te llevo. Ciudad Guzmán, queda a escasos 15 minutos de la Fortuna.
Llegamos al consultorio y la recepcionista no indicó que hasta dentro de 20 minutos me atendían. Rosa Elena, Víctor y yo, nos fuimos a conocer la ciudad, primordialmente el centro. Vi la estatua de José Clemente Orozco, ¿El Hospicio Cabañas es obra de él? No estoy muy seguro; en una esquina, donde ya comienza el portal, aprecié la enooorme casa de Consuelito Velázquez, famosa por sus bellas canciones; más adelante, en otro portal, se sitúa la panadería del eximio poeta Juan José Arreola. Me llamaron poderosamente la atención, los pilares terminados en cantera de los portales. Los pilares aún no los cubre la pátina del tiempo.
Volvimos otra vez al consultorio. La escalera de dos tramos, tenían barandal, de manera que la subida fue fácil. Me sentaron en una silla muy cómoda. Cuando me llamaron, hay tienen ustedes que, al levantarme Rosa Elena y Víctor, no sé cómo me fui resbalando, resbalando hasta que caí de nalgas. Ya nos atacábamos de la risa. Al segundo intento, me levantaron muy bien.
Rosa Elena y yo, ingresamos al consultorio, adornado con algunos cuadros de esqueletos y la columna vertebral. Dije para mí: mmmh, este cabrón sí sabe. Había cuatro camillas donde nos acostábamos una señora, mi prima, yo y otra señora. Comenzó, Jesús, por la primera señora, luego siguió mi prima, yo les escuchaba muy bien los ayes de dolor. Dije otra vez para mí: Si ellas se quejan, a mí me va a descuadernar este cabrón degenerado. Cuando llegó mi turno, yo ya estaba nervioso, ligeramente nervioso, pues pensé: sea macho, cabrón. Me cogió de la cabeza y de la barba, al darme el jalón, nomás vi lucecitas y me bajó la regla del méndigo dolor. El siguiente jalón, yo creí, me cai, que sería menos, cómo decirlo, traumático. Ah qué equivocado estaba. ¡Fue lo mismo! Pero ya sin regla, porque estaba avisado. Hubo otro jalón más, qué te queda, tienes que aflojar el cuerpo cooperando. Allí cesó la función. Jesús me cogió el cerebro, de tal modo, que sus pulgares me daban en la frente.
Pensé, a ver cómo me bajan de la camilla. No, Rosa Elena y Jesús, me apearon sin problemas. A mi querida prima, Jesús, le dijo:
-Sí lo puedo ayudar. Que me vea el próximo sábado.
Pensé, está fácil, yo no tengo centavos para estar yendo y viniendo a Ciudad Guzmán o a Guadalajara. De modo que, si la milpa se me da bien y no la dañan las heladas o las tormentas, ya con centavitos, mi Chuy, te veré otra vez.
Gracias, querida prima, gracias Víctor, por haberme acompañado a esta jocosa aventura.
Bromas aparte, de regreso a La Fortuna me sentí muy bien, caminaba mejor y subía los escalones con mayor facilidad. Ah, olvidaba decirles que me sentí menos espástico (tullido) y eso fue muy bueno.
Mi problema en La Fortuna, es que no me bañaba, en primer lugar; luego, casi no podía dormir, porque me asignaron un sofá, del que se me dificultaba pararme para orinar. Esos dos fueron los únicos inconvenientes.
El domingo conocí otras facetas de José Luis: baila muy bien y con mucha gracia. Parece que lo estoy viendo. Con el caraoque, él también canta, pero como escoge canciones muy difíciles, se le dificultan las notas agudas, pero a él valiéndole madre, sigue como si nada, ante el beneplácito de sus fans: Rosa Elena. José Luis goza las melolías, digo, las melodías, las vive con una pasión digna de mejor encomio. Él es tan vigoroso, que puede estar escuchando y cantando los temas… durante horas. Verbi gracia: comenzó con los temas musicales, como a las tres de la tarde, para terminar cantando, a tambor batiente, a eso de las diez de la noche. Es un tipazo que, con Rosa Elena, forman una pareja formidable. Que el Altísimo los bendiga.
Esto que voy a relatar, raza de víboras, yo no lo sabía, ustedes sí. Me voy a referir única y exclusivamente, a mi querida prima Yolanda:
Resulta que canta muy bonito, con entonación y cuadratura. Y, saben qué, ella sabe hacer segunda en las canciones rancheras. Pero cuando la vi balar, no, no, no, me quedé pasmado. Yolanda va por los 61 años y tiene una soltura y una gracia artística, increíbles, ya que conoce diferentes ritmos, que baila a la perfección. A Mike también lo vi bailar, pero baila muy pausado, su peso no le ayuda. Pero también canta y lo hace muy bien. Desde mi modo de ver a mi prima Yolanda, es un encanto de señora.
Como les llevo dicho, de cama me dieron el sofá, era un cohete vestirme. Antes de eso. Yolanda bajó de su recámara, y espontáneamente, se fue a sentar conmigo, en el dichoso sofá, a charlar. Asómbrense ¡tal como lo hacía mi tía Amalia, cuando teníamos el gusto de tenerla en la casa de Uruapan! Posteriormente, llegó Rosa Elena, uniéndose a la plática.
Víctor, aún posee las ocurrencias de antaño. Él me hizo el favor de lidiar conmigo. En La Fortuna, nunca pude defecar; hice 2 intentos infructuosos. La última vez, me senté en el escusado, pidiéndole a Dios que me permitiera cagar, siquiera un churrito. Él no me escuchó:
-¡Víctor! –le grité.
-Dime, qué te pasa.
-Levántame, por favor.
Víctor hizo el intento de levantarme, pero ésta vez, me fallaron las piernas, y, poco a poquito, me fue dejando caer de nalgas.
-Pérame –me dijo-, déjame ir por Mike. Entre los dos te vamos a levantar. Víctor me acomodó sentadito en la pared. Dije para mí: ¡Qué pinches cuijas ando haciendo por aquí!
Cuando llegó, Mike me preguntó:
-¿Rogelio, pero que haces aquí tirado en el suelo?
-Nada –le contesté-, yo solito me “callí”.
María, nos hizo un caldo de camarón, de poca madre. Es muy linda. Ella me hacía el favor de sentarse junto a mí, pues se convirtió en mi intérprete oficial, ya que entendía muy bien mi manera de hablar.
Norma, la de Puerto Vallarta, es muy platicadora y expresiva, pero cuando baila, lo hace muy bien. ¿Cantar? Canta. Con voz dulce y entonada. No representa los añitos que tiene, pues es un torbellino de energía. Me cai que me calló muy bien.
Por las noches jugábamos viuda: Mike, Norma, María, Manos de Seda (Víctor) y yo. Nunca gané un puto juego. Amanecía con el pie… dorro hinchado, de tanto estar sentado.
Fin de fiesta:
El Cuau, tuvo coito con Lyn Mey, del que nació una niña. El Cuau, no quiso darle su apellido a la niña, por lo que, la madre, tuvo que bautizarla, con el nombre de:
Alma Mey.











