Por Judith Bravo.
A 30 minutos de Colima (la capital) está Comala; hay un enorme letrero al entrar que reza: “Bienvenidos a Comala, Pueblo Mágico”
Cuando bajé de la camioneta, me pasó lo que seguramente le sucede a la mayoría de los que llegan hasta acá: empecé a caminar por las calles empedradas buscando a Juan...
“conoce usted a Pedro páramo?-le pregunté
me atreví a hacerlo porque vi en sus ojos una gota de confianza
-quién es?-volví a preguntar
-un rencor vivo-me contestó el
y dio un pajuelazo contra los burros, sin necesidad, ya que los burros iban mucho mas adelante que nosotros, encarrerados por la bajada...”
este lugar es muy diferente al que yo “conocía”: hay montones de plantas de papagayo, plátano y mamey, flores amarillas, moradas, azules, anaranjadas y mariposas que vuelan sin miedo alrededor de ti, sin ese miedo que les da acercarse en ciudad grande.
Tanta vida en las calles, tanta luz, mientras nos llegan noticias de las brigadas que recorren Quintana roo y que les ha tocado en suerte vivir los efectos del huracán.
A ratos Celso se me empareja y me intenta explicar lo que le ocurre al mar con un huracán.
-Cuéntame cómo es un huracán- le pregunto
-es una lluvia de esas bien fuertes y no puedes salir, ni hacer nada, solo dan ganas de estar llorando.
Mi paso se aleja de Celso para seguir observando el lugar: las casas de paredes blancas y techos de tejas rojas; se escucha los cascos de un caballo y ladrar de perros y entonces me propuse escuchar el eco de “el trote rebotado de los burros”. Para respirar la atmósfera lenta de aquel Comala que me platicaron.
Lo que buscaba se contraponía a lo que se me presentaba: niños jugando en la plaza, las palomas cayendo en desbandada a comer el maiz que les avienta el viejecito, luz, sonidos, movimiento.
“...Allá de donde veníamos ahora, al menos te entretenías mirando el nacimiento de las cosas, nubes y pájaros, el musgo ¿te acuerdas? Aquí en cambio no sentirás sino ese color amarillo y acedo que parece destilar por todas partes. Y es que éste es un pueblo desdichado; untado de desdicha...”
Era como vivir dos realidades paralelas:
el Comala que estaba frente a mis ojos y el Comala que Juan me platicó y que me dicen que en realidad ni está en Colima, sino en un pueblo que se llama San Gabriel, Jalisco.
Es fácil irse con la finta, mas, en el fondo del corazón, se siente que el engaño es solo por el inevitable ánimo de encontrar motivos para soñarse.
“...yo también soy hijo de Pedro Páramo-me dijo
una bandada de cuervos pasó cruzando el cielo vacío, haciendo cuar,cuar,cuar...”
A Comala la gente va los domingos a comer, es un motivo para reunirse, llenar la atmósfera de risas; ahí se encuentra el restaurante que Fercha me recomendó (“Don Comalón”) en donde por cada ronda de bebidas espirituosas que solicites, llenan tu mesa de una cantidad de comida, como para rellenar un elefante.
Caminar las calles en Comala es saber que no vas a encontrar “eso” que buscas..como si viajaras en el tiempo y “algo” conociera el pasado que nunca fue, como si de pronto fueras capaz de “ver” los murmullos de los que tanto hablaba Juan...
“-Qué pasó por aquí?
-un correcaminos, señor, así les nombran a esos pájaros
-no, yo preguntaba por el pueblo, que se ve tan solo, como si estuviera abandonado...”
Mientras en Comala, la explosión de colores, olores y sabores es motivo de eterna fiesta, en Comala, la vida discurre en voz baja, en el encuentro con la propia alma, saboreando las tristezas interiores, pero sabiendo que no todo ha de ser drama.
Y que nos llega la hora de partir y alejarnos de Comala...con la luna anaranjada de octubre que nos acompañó en el camino de vuelta a la rutina
Regresaron las sonrisas, el buen ánimo y el gusto de vivir, mientras yo miraba a través de la ventana, lejos, perdido en la oscuridad, la silueta de un zopilote que solitario parecía mirarnos pasar, con sus ojos mudos a una distancia de siglos
“...hasta pronto Juan” le digo, que siempre habrán maneras de caminar por cualquier Comala, en este espacio sin tiempo
A 30 minutos de Colima (la capital) está Comala; hay un enorme letrero al entrar que reza: “Bienvenidos a Comala, Pueblo Mágico”
Cuando bajé de la camioneta, me pasó lo que seguramente le sucede a la mayoría de los que llegan hasta acá: empecé a caminar por las calles empedradas buscando a Juan...
“conoce usted a Pedro páramo?-le pregunté
me atreví a hacerlo porque vi en sus ojos una gota de confianza
-quién es?-volví a preguntar
-un rencor vivo-me contestó el
y dio un pajuelazo contra los burros, sin necesidad, ya que los burros iban mucho mas adelante que nosotros, encarrerados por la bajada...”
este lugar es muy diferente al que yo “conocía”: hay montones de plantas de papagayo, plátano y mamey, flores amarillas, moradas, azules, anaranjadas y mariposas que vuelan sin miedo alrededor de ti, sin ese miedo que les da acercarse en ciudad grande.
Tanta vida en las calles, tanta luz, mientras nos llegan noticias de las brigadas que recorren Quintana roo y que les ha tocado en suerte vivir los efectos del huracán.
A ratos Celso se me empareja y me intenta explicar lo que le ocurre al mar con un huracán.
-Cuéntame cómo es un huracán- le pregunto
-es una lluvia de esas bien fuertes y no puedes salir, ni hacer nada, solo dan ganas de estar llorando.
Mi paso se aleja de Celso para seguir observando el lugar: las casas de paredes blancas y techos de tejas rojas; se escucha los cascos de un caballo y ladrar de perros y entonces me propuse escuchar el eco de “el trote rebotado de los burros”. Para respirar la atmósfera lenta de aquel Comala que me platicaron.
Lo que buscaba se contraponía a lo que se me presentaba: niños jugando en la plaza, las palomas cayendo en desbandada a comer el maiz que les avienta el viejecito, luz, sonidos, movimiento.
“...Allá de donde veníamos ahora, al menos te entretenías mirando el nacimiento de las cosas, nubes y pájaros, el musgo ¿te acuerdas? Aquí en cambio no sentirás sino ese color amarillo y acedo que parece destilar por todas partes. Y es que éste es un pueblo desdichado; untado de desdicha...”
Era como vivir dos realidades paralelas:
el Comala que estaba frente a mis ojos y el Comala que Juan me platicó y que me dicen que en realidad ni está en Colima, sino en un pueblo que se llama San Gabriel, Jalisco.
Es fácil irse con la finta, mas, en el fondo del corazón, se siente que el engaño es solo por el inevitable ánimo de encontrar motivos para soñarse.
“...yo también soy hijo de Pedro Páramo-me dijo
una bandada de cuervos pasó cruzando el cielo vacío, haciendo cuar,cuar,cuar...”
A Comala la gente va los domingos a comer, es un motivo para reunirse, llenar la atmósfera de risas; ahí se encuentra el restaurante que Fercha me recomendó (“Don Comalón”) en donde por cada ronda de bebidas espirituosas que solicites, llenan tu mesa de una cantidad de comida, como para rellenar un elefante.
Caminar las calles en Comala es saber que no vas a encontrar “eso” que buscas..como si viajaras en el tiempo y “algo” conociera el pasado que nunca fue, como si de pronto fueras capaz de “ver” los murmullos de los que tanto hablaba Juan...
“-Qué pasó por aquí?
-un correcaminos, señor, así les nombran a esos pájaros
-no, yo preguntaba por el pueblo, que se ve tan solo, como si estuviera abandonado...”
Mientras en Comala, la explosión de colores, olores y sabores es motivo de eterna fiesta, en Comala, la vida discurre en voz baja, en el encuentro con la propia alma, saboreando las tristezas interiores, pero sabiendo que no todo ha de ser drama.
Y que nos llega la hora de partir y alejarnos de Comala...con la luna anaranjada de octubre que nos acompañó en el camino de vuelta a la rutina
Regresaron las sonrisas, el buen ánimo y el gusto de vivir, mientras yo miraba a través de la ventana, lejos, perdido en la oscuridad, la silueta de un zopilote que solitario parecía mirarnos pasar, con sus ojos mudos a una distancia de siglos
“...hasta pronto Juan” le digo, que siempre habrán maneras de caminar por cualquier Comala, en este espacio sin tiempo
